Siempre estuvo ahi.

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Hay personas que descubren la verdad y se rompen. Hydra Targaryen la descubrió y se recompuso, que era, a su manera, mucho más peligroso.

La habitación estaba quieta.

Hydra se sentó en el borde de la cama con las manos cruzadas sobre las rodillas y se permitió, por primera vez en horas, no hacer nada. No observar, no calcular, no guardar la expresión correcta para la persona correcta. Solo estar quieta y dejar que las piezas siguieran acomodándose en su interior con la lentitud de las cosas que uno ya sabía antes de saber que las sabía.

Rhaenyra al borde del exilio por haberla acercado a Daemon. Alicent con esa ferocidad suya que a veces se sentía más culpa que amor. Viserys justificándola siempre, con esa paciencia que no le tenía a ninguno de sus otros hijos, como si cargara una deuda que nadie había nombrado en voz alta. Harwin con sus miradas demasiado específicas, demasiado cálidas para ser solo las de un caballero.

Las señales habían estado ahí toda su vida. No las había visto porque no había querido verlas, o porque había algo más cómodo en no verlas, en ser simplemente la segunda hija de Viserys y Alicent, la que no encajaba pero al menos sabía dónde estaba parada.

Ahora sabía dónde estaba parada, y el suelo era completamente distinto.

Sonrió levemente, casi sin quererlo, al recordar los años que había pasado preguntándose por qué le resultaba tan difícil ser lo que se esperaba de ella. Por qué los vestidos le incomodaban, por qué le importaban más las espadas que los bordados, por qué su primer instinto ante cualquier problema era resolverlo con las manos en lugar de con palabras suaves. Había creído durante años que algo estaba mal con ella. Que era demasiado, en todos los sentidos, para el lugar que ocupaba.

No había nada malo. Solo era su padre, reflejado en cada cosa que hacía.

Era hija de Daemon Targaryen.

Lo pensó despacio, dejando que las palabras tuvieran el peso que merecían. No con miedo, no con la euforia fácil de los que descubren algo que los hace sentir superiores. Con esa calma particular de quien finalmente entiende algo que su cuerpo había sabido desde el principio.

Un golpe suave en la puerta interrumpió el silencio.

Harwin entró con una bandeja y la expresión de un hombre que sabe exactamente lo que se viene y ha decidido enfrentarlo de todas formas.

Hydra lo dejó dejar la bandeja. Lo dejó sentarse. Esperó hasta que él levantó la vista y entonces habló.

—Lo sabías.

No era una pregunta. Harwin no intentó tratarla como si lo fuera.

—Sí —dijo.

—Toda mi vida.

—Sí.

Hydra lo miró durante un momento. Había aprendido, con los años, que el silencio era una de las herramientas más útiles que existían: la mayoría de las personas no podían soportarlo y llenaban el espacio con cosas que no habrían dicho de otra forma. Harwin Strong no era la mayoría de las personas, pero tampoco era inmune.

—Era el secreto de Rhaenyra —dijo finalmente, con una voz que tenía el peso de alguien que ha cargado algo durante mucho tiempo y todavía no sabe si aliviarse de haberlo soltado—. No era mi lugar decirlo. Juré guardar silencio, y lo hice. No porque no quisiera contártelo. —Se detuvo—. Sino porque te quería demasiado como para hacerlo sin su permiso.

—Me querías demasiado —repitió Hydra, con un tono que no era frío sino exacto, como un filo que no necesita ser levantado para ser notado—. Y mientras tanto yo crecí sin saber quién era.

𝐂𝐎𝐋𝐃 𝐇𝐄𝐋𝐋 , 𝐇𝐎𝐔𝐒𝐄 𝐎𝐅 𝐓𝐇𝐄 𝐃𝐑𝐀𝐆𝐎𝐍 [𝑬𝑵 𝑬𝑫𝑰𝑪𝑰Ó𝑵]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora