Acero y lodo.

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Hay cosas que los niños saben antes de tener palabras para nombrarlas. Hydra Targaryen siempre supo más de lo que decía, y decía más de lo que la mayoría se atrevía.

La daga pesaba poco, pero Hydra la sostenía como si pudiera romperla.

La hoja era de acero valyrio, fría y perfecta, con ese brillo oscuro que tenía el metal antiguo, el que había sido trabajado con fuego de dragón y no con las manos torpes de algún herrero del sur. El mango era hueso de dragón, suave al tacto, casi cálido comparado con la hoja. Era una pieza extraordinaria. Hydra lo sabía, y precisamente por eso la miraba con sospecha.

Harwin Strong no era un hombre pobre, pero tampoco era el tipo de hombre que gastaba su fortuna en regalos. Eso lo había aprendido con el tiempo, observándolo con esa atención silenciosa que aplicaba a todo lo que le parecía importante. Harwin era generoso de otras formas: con su tiempo, con su paciencia, con esa disposición suya de aparecer exactamente cuando hacía falta sin que nadie se lo pidiera. Pero una daga de acero valyrio era otra cosa. Una daga de acero valyrio era una declaración.

Lo miró de frente.

—Aprecio mucho su regalo, ser —dijo con la cortesía justa y necesaria—. Aunque no quisiera ofenderlo, dudo que pueda comprar una daga tan costosa. ¿De dónde la obtuvo?

Rompehuesos se rio. No era la risa de alguien al que habían sorprendido, sino la de alguien que esperaba exactamente esa pregunta y la encontraba, de todas formas, encantadora. Se arrodilló a su altura con la lentitud de un hombre grande acostumbrado a doblar el mundo para ponerse al nivel de quienes le importaban.

Hydra dio un paso atrás. Cruzó los brazos sobre su pecho sin soltar el arma.

—Agradecería que me respondiera, ser —insistió.

—Es un obsequio, mi princesa —respondió él, con una voz que no tenía prisa—. Usted se convertirá en una gran luchadora. Lo que traerá, inevitablemente, muchas complicaciones. —Sus ojos no se apartaron de los de ella mientras hablaba, y había en ellos algo que Hydra no terminaba de clasificar, algo demasiado cálido para ser solo lealtad—. Lamentablemente, dudo que pueda cargar una espada con la misma libertad que cualquiera de nosotros. Aun así, tendrá que saber protegerse. A usted y a su familia. —Se puso de pie y tomó una espada de madera del suelo—. Además —añadió con una sonrisa amplia—, una daga se puede ocultar fácilmente en un lindo vestido.

Hydra no respondió de inmediato. Guardó la daga despacio, con más cuidado del que solía usar para cualquier cosa, y tomó la espada de madera. La balanceó entre sus manos, sintiendo el peso, calibrando el equilibrio.

—Sería más prudente regalarle esto a Jacaerys, ser —murmuró, sin estar del todo segura de querer abrir ese tema. Vio cómo las manos de Harwin se movieron en un gesto pequeño, casi imperceptible, y se apresuró a continuar—. No me malinterprete. Todos sabemos la realidad de Laenor. —Una pausa—. Aegon dice que es un marica. A mí no me importa lo que sea. Y no me importan los apellidos de mis sobrinos. Su madre es Rhaenyra, y eso es lo único que debería importar.

Harwin la miró durante un momento sin hablar. Había algo en su expresión que Hydra había aprendido a reconocer pero que todavía no sabía qué hacer con ello: una ternura que era demasiado específica, demasiado intensa para ser solo la de un caballero hacia su princesa.

—La aprecio, princesa —dijo finalmente—. La aprecio como si fuera mi propia hija.

Recibió el primer golpe de la niña sin moverse.

Hydra no respondió. Atacó de nuevo, con más fuerza esta vez, y Harwin bloqueó el golpe con una facilidad que no la humillaba sino que la desafiaba. Así era siempre con él: nunca la dejaba ganar, pero tampoco la dejaba perder del todo. Le enseñaba con la paciencia de alguien que cree genuinamente en lo que está construyendo.

𝐂𝐎𝐋𝐃 𝐇𝐄𝐋𝐋 , 𝐇𝐎𝐔𝐒𝐄 𝐎𝐅 𝐓𝐇𝐄 𝐃𝐑𝐀𝐆𝐎𝐍 [𝑬𝑵 𝑬𝑫𝑰𝑪𝑰Ó𝑵]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora