Capítulo -2- Salma White

177 41 52
                                        


Nombre: Salma White
Edad: 22 años
Trastorno: Síndrome de Estocolmo.

Era otro día común y corriente. Tenía 18 años y empezaría un nuevo curso en la misma escuela privada donde empecé a estudiar hacía ya un par de años.

Bajé a desayunar y ya estaba sola prácticamente, solo la sirvienta y el chófer me hacían compañía. Mis padres ya estaban en su gran empresa, haciendo lo suyo. Sólo los veía media hora durante la cena, y unas tres horas en mi cumpleaños. No compartía con ellos nada más que sangre. Mi madre fingía que éramos cercanas; y mi padre solo se limitaba a darme grandes sumas de dinero y luego me acariciaba como a un cachorro luego de darle su premio. Esa era mi familia... Sin hermanos, sin abuelos, unos tíos que veía cada 5 años; solo era yo, la soledad se volvía cada vez más insoportable.

En la escuela era odiada por todos. Y como no; mis padres compraron las acciones de más de la mitad de los padres de mis compañeros y algunos quedaron en la calle. Por suerte para la mayoría de los estudiantes, tenían el colegio pago en su totalidad; pero algunos, ni si quiera podían entrar ese año. Mi madre decía que no creyera en los comentarios de la gente; pero sabía que lo que decían por ahí era verdad. Habían hecho una fina y limpia estafa: todo prácticamente "legal" y sin pruebas que los incriminaran.

Bajé del auto y la suave brisa alborotó aún más mi cabello rizado. Caminé a la entrada del colegio perseguida por cuchicheos y siendo señalada por todos a mi paso.

"Es la hija de esos ladrones", decían. Pero ninguno se atrevía a molestarme directamente.

-¡Ey! -dijo una chica que no conocía, me aló por mi brazo y me introdujo en uno de los baños.

-¿Quien eres? -pregunté extrañada; nunca la había visto.

-Eso no importa -dijo con una voz dulce y sonrió. Note su aroma al estar tan cerca una de otra por la estrechez del baño; me puse nerviosa.

-Tienes que ir cuando terminen las clases a esta dirección -me dió un pequeño papel doblado. Lo abrí de inmediato.

-¿Por qué debería ir? No te conozco.

-No seas tonta; será una sorpresa, te va a encantar -volvió a sonreír -. Tienes que ir por favor -puso sus manos en mis hombros y me dió un beso en la mejilla; me sonrojé; era muy guapa y a mí me gustaban las chicas, solo que nadie lo sabía.

Salió del baño apresurada. Yo salí tras ella, mirando el pequeño papel con dudas.

«¿Debería ir o no?». Me pregunté varias veces.

El día fue largo y molesto. Las clases al fin terminaron; para nada presté atención; intenté buscar a la chica por todas partes, pero no la volví a ver.

Al final decidí arriesgarme.

«¿Que podía salir mal?».

Rápidamente hice todo un plan para esquivar al chófer que ya me estaba esperando afuera. Aproveché una multitud de chicos que iban saliendo y me escondí entre ellos lo mejor que pude ; a penas estuve lo suficientemente lejos, salí corriendo.

Detuve un taxi y le pedí que me llevará a aquel lugar. Estaba algo nerviosa, pero se sentía bien hacer algo diferente.

-¿Está segura que éste es el lugar señorita? -preguntó el taxista un tanto preocupado.

Miré al rededor aquel lugar y mis pelos se pusieron de punta. Era un edificio antiguo, prácticamente en ruinas. Todo estaba lleno de escombros y grafitis terroríficos.

-Sí, aquí es. Eso creo -susurré dándome cuenta que algo andaba mal.

Bajé del taxi y caminé con dificultad. Exploré el lugar y no había nadie.

Culpables Inocentes Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora