Nervioso (1)

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Kim se alejó dejando atrás al dragón y al vampiro, y se dirigió con paso tranquilo hacia la mesa llena de dulces, dispuesto a disfrutar de aquel pequeño descanso.

—Joven maestro-nim.

Una figura envuelta en una túnica negra, con la voz distorsionada y fría como el metal, se acercó hasta detenerse frente a él. Kim la observó con calma; sabía perfectamente quién era: Mary, la nigromante que había perecido en medio de la guerra. A su alrededor, las miradas de desprecio y asco no tardaron en llegar. Muchos murmullos y maldiciones flotaban en el aire, convencidos de que cualquier desgracia o revelación oscura que apareciera se debía a la presencia de una “existencia maldita”. Solo los elfos oscuros la miraban con un atisbo de comprensión, una especie de simpatía silenciosa que nadie más parecía capaz de ofrecer.

—¿Sí? —preguntó Kim con voz neutra, sin rastro de rechazo ni curiosidad excesiva.

Mary temblaba levemente por la tensión; sus ojos se fijaron en él por unos instantes, mientras sentía sobre sí la presión de cientos de miradas escrutadoras y hostiles. También percibió cómo Tasha, al reconocerla o al menos sospechar quién era, se ponía rígida como una estatua, con el cuerpo en guardia.

—¿Puedo sentarme a su lado? —preguntó ella con dificultad, como si temiera recibir una negativa inmediata.

Kim reflexionó brevemente antes de asentir con la cabeza. Sabía que, en cuanto se confirmara su identidad, las miradas se volverían más feroces y los insultos no tardarían en caer sobre ella como una lluvia pesada. Pero no veía razón para añadir más carga a quien ya llevaba una vida marcada por el rechazo.

Tomó algunos dulces con la mano libre, y luego, con un gesto inesperado, extendió la otra y tomó la mano de Mary con suavidad pero firmeza.

—Vamos —le dijo con naturalidad.

Mary parpadeó varias veces, sorprendida, y no apartó la vista de él en ningún momento. Era la primera vez que un humano que no habitaba en la ciudad subterránea, ese refugio olvidado, se atrevía a tocarla sin mostrar miedo ni repulsión.

—¿Dónde vives? —preguntó Kim mientras caminaban—. Si quieres, puedes pasar por mi territorio cuando quieras. Tengo el mejor vino de toda la región; estoy seguro de que te gustará.

Bajo la túnica y la máscara, Mary tenía los ojos muy abiertos por la incredulidad. No lograba comprender por qué alguien que todos consideraban un joven maestro, alguien de una posición privilegiada, le hablaba con tanta normalidad. Su vida entera se había convertido en un enredo de peligros y prejuicios, y de pronto encontraba algo que no esperaba.

—Ya me lo contarás después de ver lo que sigue —añadió Kim con calma—. ¿Entendido?

Mientras hablaba, un recuerdo cruzó su mente: las palabras de un elfo oscuro, momentos antes de que dieran por muerta a Mary, había dicho que su mayor sueño era conocer el mundo exterior, ver lo que había más allá de las paredes que la encerraban. Kim compartía esa sensación en el fondo de su ser; se sentía como ella, atrapado en una jaula, movido por hilos invisibles como si fuera una simple marioneta en manos de otros.

—Sí… y gracias —respondió ella en un susurro casi inaudible.

Kim no añadió nada más, solo la guio hasta su propio asiento y le indicó que se sentara a su lado. Por supuesto, ni bien se acomodaron, Eruhaben y Fredo ocuparon cada uno un lugar a sus costados, formando una barrera silenciosa pero protectora.

—Es una nigromante… —le transmitió Eruhaben por medio de un mensaje mágico, en voz baja para que nadie más pudiera escucharlo.

Kim lo miró de reojo y simplemente se encogió de hombros, como si aquello no fuera más que un detalle sin importancia. Al ver esa reacción, los ojos del dragón se curvaron en forma de media luna y dibujó una sonrisa tranquila y amable; Fredo, a su vez, imitó ese gesto, entendiendo perfectamente lo que significaba para el joven.

—El otro humano también es una persona muy buena —le dijo Raon a Cale directamente en su mente.

Cale solo asintió con la cabeza, sin expresión visible; ya había observado toda la escena y comprendía muy bien el motivo detrás de las acciones de su contraparte.

—¡Muy bien, ya estamos todos listos! —resonó entonces la voz de estela —. ¡Comencemos con la siguiente parte!

En el centro del espacio apareció de nuevo la ruleta mágica, que comenzó a girar con fuerza y velocidad, brillando con una luz tenue pero constante. Al cabo de unos segundos, el movimiento se detuvo con un sonido claro y agudo: ¡Ding! ¡Ding!

El nombre que se iluminó fue el de billos.

Un hombre de aspecto sencillo, con una mirada que parecía inocente y hasta un poco débil, se puso de pie con nerviosismo.

—E… eso… he… el número es el 79 —alcanzó a decir, tartamudeando por la presión de todas las miradas.

¿el final? (TBOH React To TCF)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora