Era de mañana o al menos eso era lo que el creía.
Las cortinas estaban cerradas y las luces apagadas. Ningún rayo de luz se filtraba por aquellas telas, lo que le hacía pensar que estaba equivocado.
El acariciaba su cabello, descuidado y débil.
La veía dormir en toda sus grietas. Veía cada pedazo y trataba de limpiarlo para después pagarlos con los demás.
Sus pesadillas nocturnas y su llanto matutino no salieron ese día.
Aprovechando la situación, el se concentró en contar los lunares de su espalda y en imaginar el momento en el que pudiera volver esa amarga sonrisa que un día lo hizo feliz.
Quería salvarla, aunque para salvarla a ella, primero debía salvarse el.
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