10| El Sedoso y Alborotado Error

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Nada había cambiado de mi rutina diaria desde hace cuatro años, cuando se me permitió empezar a ir en misiones

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Nada había cambiado de mi rutina diaria desde hace cuatro años, cuando se me permitió empezar a ir en misiones. Al inicio acompañado y con supervisión, una falta de confianza en mis habilidades que había desvanecido con el tiempo y mis esfuerzos. Ahora lideraba las misiones con orgullo por lo que logre con tanto esfuerzo y dedicación.

Mis misiones siempre terminaban de una forma: exitosa.

La misión que se nos encargó con urgencia hace tan solo dos semanas aguriaba otra cosa. Algo a lo que no me quería detener a pensar. El fracaso no era una opción.

Al menos no para mí.

Aaron se pasea tranquilo a lo largo de la tienda buscando que comer. Nada fuera de lo común; a la primera oportunidad del día busca que hartarse.

Nego con la cabeza, esperando que el incesante pitido de espera al otro lado de la línea cese. ¿Por qué mierda no me atiende nadie? Ya he intentado llamar dos veces y se me estan terminando las monedas para usar en el teléfono público.

"Desesperante pero útil", casi logre escuchar a mi tío y su voz burlona en mi cabeza.

Después de lo que pareció una eternidad por fin escucho un sonido diferente al otro lado de la línea telefónica.

— ¿Y ahora qué? — el aburrimiento de mi hermano susurra en mi oído.

— ¿Por qué estas atendiendo el teléfono en lugar de nuestro tío? — intento ocultar la mezcla de fastidio y alegría al escucharlo.

No lo he visto desde hace dos meses.

— ¿Tu qué crees genio? Acabo de volver y en cuanto me aparecí para saludar de forma breve, el idiota de nuestro tío salió disparado abandonando su turno.

Me río, incapaz de excusar la actitud reprochable de Lorenzo. Ya hasta estamos acostumbrados a que se pierda durante meses sin explicación.

— Mejor no hubieras pasado — dije con una leve sonrisa.

— No me restriegues mis errores. Mejor dime como te va con la misión.

Mi misión.

Mi misión era una preciosura encarnada.

Mi mente divaga al momento en el que la había visto por primera vez, era hermosa, aunque no pareciera notarlo, pero extrañamente lo que no se dejaba de reproducir en mi cabeza cada vez que decía misión era nuestro pequeño recorrido por la selva.

El viento había vuelto su cabello negro como la noche en algo sedoso y alborotado, una exquisita combinación con sus mejillas sonrojadas y el leve sudor en su cuello.

Parecía un sueño húmedo hecho realidad.

Trague pesado, no quería admitir lo que esa imagen me provocaba.

— Tan bien como puede ir. Ella empezó a hacer preguntas.

Un chasqueo resonó en el otro lado.

— ¿No le dijiste nada todavía, ¿verdad?

Sus Ojos de InviernoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora