En las calles empañadas de Viena, donde la niebla del Danubio se enreda como dedos fríos alrededor de los antiguos edificios, Viktor Hartmann se movía como una extensión más de la piedra y el hormigón. A sus cuarenta y tres años, era un hombre de hombros anchos y manos callosas, marcado por décadas de demolición y reconstrucción. Sus ojos, hundidos bajo cejas espesas, guardaban una oscuridad que pocos notaban... hasta que era demasiado tarde.
El edificio en Josef Stadt, un monstruo neoclásico de finales del XIX con fachadas agrietadas y pasillos que olían a humedad y historia olvidada, había sido encomendado a su cuadrilla para una remodelación profunda. En el tercer piso convivían siete estudiantes de la Universidad de Viena: Anna Schmidt y su pareja Lukas Berger, Elena Voss, Sophia Müller, Clara Weber, Max Hoffmann y Félix Klein. Cuatro mujeres y tres hombres, llenos de vida, risas y esa arrogancia inconsciente de la juventud.
Viktor los observaba mientras instalaba tuberías, reforzaba tabiques y raspaba yeso viejo. Pero su mirada se clavó en Anna: cabello castaño que caía como una cortina de sombra sobre su piel pálida, labios que se curvaban con facilidad y una voz que cortaba el aire cargado de polvo. Al principio fue cortés. Le ofrecía café, comentaba el clima con una sonrisa torcida, arreglaba pequeñas cosas "por cortesía".
Pronto las palabras se pudrieron. Insinuaciones viscosas, roces deliberados, comentarios sobre cómo una mujer como ella merecía manos más fuertes que las de un estudiante inclenque. Anna, una tarde, lo enfrentó en el pasillo:
—Tengo pareja, señor Hartmann. Respete eso o tendré que hablar con el propietario.
El rechazo fue una fisura profunda en su psique. Esa noche, solo en su apartamento sórdido de los suburbios, Viktor se sentó frente a una botella de Shampagne barato y sintió cómo la cosa que vivía dentro de él aquella sombra antigua y hambrienta se despertaba del todo.
La oportunidad llegó con una llamada del propietario, Herr Kleinmann: arreglos urgentes en el departamento de los estudiantes. Humedad en las paredes, enchufes defectuosos, revisión completa de la instalación eléctrica. Viktor pasó tres días memorizando cada detalle: distribución de habitaciones, rutinas, puntos ciegos de las cámaras del edificio.
La noche del 17 de octubre, los jóvenes organizaron una fiesta ruidosa. Música electrónica retumbaba contra las paredes, risas ebrias y olor a alcohol se filtraban por debajo de las puertas. Viktor esperó en la azotea entre andamios y lonas, vestido con su mono oscuro, guantes de trabajo y una máscara de pintor que ocultaba su rostro. Llevaba un martillo de albañil de mango largo, un cuchillo de hoja serrada profesional, alambre de acero fino y una soga.
Entró poco después de las dos de la madrugada. La puerta principal estaba entreabierta.
Comenzó en la habitación de la pareja.
Anna y Lukas yacían desnudos y entrelazados sobre las sábanas revueltas, ebrios de alcohol y deseo. Viktor cerró la puerta con un clic casi inaudible. El primer golpe del martillo destrozó el cráneo de Lukas con un crujido húmedo y nauseabundo; fragmentos de hueso y materia gris salpicaron la pared y el rostro de Anna. Ella despertó gritando, pero Viktor ya estaba encima. La sujetó por el cuello con una mano mientras la otra descargaba golpes salvajes.
No se limitó a matar. La rabia acumulada se convirtió en una orgía de profanación. Le abrió el abdomen con el cuchillo serrado, extrayendo intestinos calientes que se enredaron en sus guantes. Cortó sus pechos con saña, mordió y desgarró su carne mientras ella aún se convulsionaba. La sangre empapó el colchón, goteó al suelo formando charcos espesos que reflejaban la luz mortecina de la lámpara. Lukas recibió puñaladas post-mortem en el rostro y genitales, un mensaje de posesión enferma.
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Asesinos Seriales
AcciónTras estudiar distintos casos de asesinos seriales reales, mi mente ha ido creando escenarios y asesinos ficticios, pero con una crueldad y falta de empatía muy real. Todas las historias que se publiquen en este libro son mías y así mismo sus person...
