Capítulo 10. Dra. Piedad©

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Ricardo Castillo POV

Corro a través del claro. No hay donde esconderme, ni una puta piedra. Corro porque es lo único que puedo hacer para salvar mi vida. Él me está siguiendo; lo escucho tras de mí. Terminaré como todos los demás...

Me levanto de golpe. Otra vez esa pesadilla. Cuando te enlistas en la academia de policía, nadie te prepara para encontrarte con lo que nos topamos la semana anterior: una fosa común donde hallamos los restos de al menos cincuenta personas de todas las edades. Fue difícil asimilar la magnitud de las torturas; eso se pudo ver en los cuerpos menos descompuestos.

La fosa estaba bien camuflada. De no ser por ese sabueso, no los hubiéramos encontrado nunca. El jefe está que se vuelve loco; ha estado presionando a los forenses desde el día uno. Los medios, y hasta el presidente, han exigido que identifiquemos la mayor cantidad de cuerpos.

Sí, pareciera el escondite de los experimentos fallidos del doctor Josef Mengele. Mi estómago se revuelve al recordar las imágenes. Me levanto para darme una ducha y espantar las malas vibras que azotan mi cuerpo.

Llego a la oficina y mi jefe ya nos espera. Soy el segundo en llegar. Sobre nuestros escritorios hay una carpeta con información forense. La hojeo mientras mis compañeros llegan. Según el informe, la cantidad de cuerpos es de treinta, en diferentes estados de descomposición; algunos estaban desmembrados. Por eso se creía que eran más.

Avanzo en la lectura y encuentro que han logrado identificar a algunos, incluso a cuatro niños que habían desaparecido cerca de un hospital. La voz de nuestro jefe nos llama la atención:

—Señores, como habrán leído en el expediente, estamos frente a un caso de un asesino en serie —nos informa.

—Leí parte del informe. Han logrado identificar a algunos, pero no indican los nombres para tratar de dar con un patrón y coincidencias que nos permitan hallar a los sospechosos. Porque no creo que esto sea obra de una sola persona —comento.

—Sí. A cada uno de ustedes se le asignarán tres nombres de las víctimas identificadas. Irán a informar a las familias y les pedirán información relevante para dar con indicios del culpable o culpables. Los detalles les llegarán por correo —explica el jefe.

En mi oficina, continúo con la lectura del expediente. De las treinta personas en la fosa, quince fueron identificadas: cuatro niños, cinco mujeres y seis hombres, todos en diferentes rangos de edad.

Los niños presentan múltiples lesiones, desde los ojos hasta los pies. A algunos hombres les faltaba el órgano viril; tenían dedos fracturados y lesiones en la cabeza. Las mujeres, sin senos ni útero; se los extirparon estando aún con vida y sin anestesia. ¡Por Dios! ¿Qué clase de persona hace esto?

Las partes desmembradas pertenecían a algunos cuerpos. Lo lamentable es que están tan descompuestos que no ha sido posible identificarlos. No hay huellas dactilares ni dientes útiles para el reconocimiento. Parece que todo fue premeditado.

Las semanas avanzan sin pistas sobre algún sospechoso. Lo más difícil fue dar la noticia a los padres de los menores. Algunos aseguraron que sus hijos desaparecieron cerca del centro médico de la ciudad; otros, del parque central. En el caso de las víctimas adultas, algunas habían estado en el hospital en buen estado de salud, pero sus familiares no sabían cómo desaparecieron.

Hemos intentado vincular a los no identificados con personas desaparecidas en circunstancias peculiares, sin éxito. Sin duda, los culpables tienen conocimientos médicos.

—Jefe, iré al hospital a hablar con el director. Estoy seguro de que el asesino sabe de medicina. Quiero ver si hay algún médico suspendido por irregularidades —le informo antes de irme.

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