Setiembre 1980
Richard Carballo presenció la fragilidad de la justicia desde niño. Recordaba, desolado, cómo dos policías ebrios que habían matado a su familia fueron liberados por un tecnicismo legal. Esa impotencia sembró una semilla oscura en su alma. Creció taciturno, observador, con una aversión palpable hacia quienes burlaban la ley, alimentada por los años en un orfanato donde el personal abusaba impunemente de los menores, pese a las innumerables denuncias.
Al crecer, estudió leyes con un propósito: enviar a la cárcel a todo infractor. Pero un día, el fuego en su interior estalló al enterarse de que excarcelarían a Víctor Cerdas, un abusador de menores y mujeres, gracias a una fianza alta y la falta de antecedentes.
Esa noche, una sombra siguió a Cerdas. En un callejón oscuro, Paradox se convirtió en verdugo. Lo golpeó hasta dejarlo inconsciente, lo encerró en la cajuela de su auto y lo llevó a un lugar apartado. Allí, lo desnudó y lo ató de brazos y piernas a cuatro árboles.
—¿Dónde estoy? —preguntó Cerdas al despertar, mirando alrededor con los ojos desorbitados.
—Víctor Cerdas —declaró Paradox
—Has sido juzgado por violación a menores y a mujeres desvalidas. Tu sentencia es muerte. Una muerte acorde a tus crímenes —
Sin piedad, Paradox introdujo un bastón con púas retráctiles en el ano de Cerdas. Un grito desgarrador llenó el aire. Al presionar un botón, las navajas internas se desplegaron, destrozando sus entrañas.
—¡No, basta! ¡Por favor! —suplicó Cerdas, temblando.
—Tú no te detuviste cuando tus víctimas te lo pidieron —replicó Paradox, con voz glacial.
—Ni esos niños, ni esa mujer que se suicidó por no soportar el dolor.
—¡Jamás lo haré otra vez! ¡Te lo juro!
—Lo sé.
Y sin vacilar, Paradox continuó hasta que Cerdas dejó de moverse. Una escalofriante sensación de justicia lo invadió al ver el cadáver. Junto al cuerpo, dejó un recorte de periódico sobre la libertad condicional de Víctor.
Al día siguiente, unos senderistas encontraron el cuerpo. El caso fue asignado a los inspectores Adriana Cabezas y Jorge Smith, veteranos tenaces. La brutalidad del crimen los desconcertó, pero al identificar a la víctima, comprendieron: era un ajuste de cuentas. Solo alguien cercano a sus víctimas podía odiarlo tanto. La única pista: el recorte de periódico.
—Debemos interrogar a los padres que lo acusaron —propuso Smith.
—Y al viudo de la mujer que se suicidó. Yo me encargo —añadió Cabezas.
Tras descartar las coartadas de los sospechosos, el caso se estancó.
Hasta que llegó Romario Amaia. Paradox leyó su expediente: el dueño de una constructora que sobornó a jueces para evadir la cárcel tras el derrumbe de su edificio, que mató a diez personas. Esperó frente a su mansión y, en una curva, lo embistió, haciéndolo salir de la carretera.
—Llévame al hospital —murmuró Amaia, semiinconsciente, cuando Paradox lo arrastró a otro auto.
—Te llevaré a un lugar mejor.
Al despertar, Amaia estaba atado a una viga defectuosa, idéntica a las de su edificio, con un trozo de cemento en la boca. Las cargas explosivas alrededor iniciaron una cuenta regresiva. Intentó gritar, pero el cemento lo ahogó. Las explosiones comenzaron, y los pisos colapsaron sobre él uno a uno.
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Asesinos Seriales
ActionTras estudiar distintos casos de asesinos seriales reales, mi mente ha ido creando escenarios y asesinos ficticios, pero con una crueldad y falta de empatía muy real. Todas las historias que se publiquen en este libro son mías y así mismo sus person...
