Capítulo 15. Muñecas

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Elena creció en una casa sombría donde el eco de los gritos de su padre ahogaba cualquier atisbo de risa. Su única compañía eran las muñecas antiguas que su madre, Clara, le entregaba en secreto.

"Lulú", su favorita, tenía ojos de vidrio que brillaban con una luz fría y extraña bajo la penumbra. Todo se quebró la noche en que su padre, ebrio y poseído por la furia, estrelló a Lulú contra la pared mientras rugía:

—¡Son solo trozos de porcelana! ¡Nadie te querrá como yo!

Horas después, Elena encontró a Clara flotando en la bañera, con los ojos tan vacíos y vidriosos como los de sus muñecas rotas. La policía lo llamó "suicidio". Elena lo llamó perfidia.

Internada en un orfanato gris y frío, Elena aprendió a coser. Restauraba muñecas abandonadas, devolviéndoles una sonrisa que nunca fue suya. Las otras niñas murmuraban a sus espaldas: "Está loca, habla con ellas como si respiraran".

Hasta que una noche, la más cruel de todas, Romina, desapareció. Solo quedó su diario, con una última entrada: "Elena me invitó a su taller...". Nadie investigó. Nadie extrañó a la chica problemática. Durante los años que Elena pasó en aquel lugar, varias niñas se desvanecieron en la oscuridad. La administración jamás se molestó en indagar; preferían creer que eran simples fugas de jovencitas descontentas.

Cuando alcanzó la mayoría de edad y salió del orfanato, Elena tomó cursos de porcelana y costura. Fue una alumna sobresaliente, aunque inquietantemente extraña: hablaba con sus creaciones como si estuvieran vivas. Aun así, logró terminar los estudios. Tras años de trabajo duro en talleres de ropa, consiguió abrir su propia tienda: "El Jardín de Porcelana", un lugar donde las muñecas restauradas parecían esperar en silencio.

Los clientes admiraban su arte con un escalofrío que no sabían explicar.

—Parecen vivas... —decían en voz baja. Y tenían razón.

Mariana Garland, una madre de veintiocho años, entró un día con la intención de comprar una muñeca de porcelana para el cumpleaños de su hija. Regateó el precio con Elena, dueña y única habitante de aquel jardín siniestro.

—Es solo porcelana —dijo la mujer con desprecio.

Ahora, cada vez que sus hijos pasaban frente a la tienda y miraban por la vitrina, señalaban con dedo tembloroso una muñeca de tamaño real que llevaba la etiqueta "Bella Durmiente" y susurraban:

—Mamá está ahí.

Varias semanas después, Daniel, un niño de nueve años, visitó la tienda con su madre. Por accidente, mientras corría entre los pasillos, hizo caer una muñeca que se hizo añicos contra el suelo. Cuando Elena lo reprendió con calma helada, el niño gritó sin respeto:

—¡Es solo una muñeca de porcelana!

Días más tarde, Daniel desapareció a la salida de la escuela. Su cuerpo fue encontrado cinco días después, convertido en un niño de cuerda. Tornillos incrustados en las articulaciones, rostro pintado con una sonrisa grotesca que se estiraba hasta las orejas, ojos rígidos sin párpados y, en la espalda, un enorme perno de cuerda. Los medios lo llamaron "el niño mecánico".

Valeria, una joven universitaria y apasionada coleccionista de muñecas de porcelana, visitó la tienda por recomendación de una profesora. Había visto más de lo que debía. Nadie volvió a saber de ella. Ahora forma parte de la colección privada de Elena, vestida con un delicado encaje, con ojos de cristal perfectamente colocados.

—Ahora vives, Valeria —le susurró Elena mientras la sentaba junto a las demás.

En la delegación de policía se acumulaban más de cuarenta denuncias de desapariciones de personas de distintas edades. El detective Samuel Jackson, un hombre de mirada cansada y olfato para lo macabro, fue asignado al caso. Al principio parecían desapariciones aisladas: una madre que regateó demasiado, un niño que rompió una muñeca, una coleccionista curiosa. Pero cuando Jackson ordenó cruzar los datos, el patrón emergió como una sombra que se estiraba lentamente sobre la ciudad.

Todas las víctimas habían visitado "El Jardín de Porcelana" en las semanas previas a su desaparición.

Los testimonios comenzaron a llegar, cada uno más inquietante que el anterior. Una vecina de Mariana Garland juró haber visto a la mujer discutir acaloradamente con Elena junto al mostrador. "La dueña la miró... como si ya estuviera muerta. Sus ojos no parpadeaban", declaró con voz temblorosa. El profesor que recomendó la tienda a Valeria contó que la joven salió eufórica, diciendo que "había encontrado la pieza más viva que jamás había visto", pero que al día siguiente parecía nerviosa, como si algo la observara desde las sombras. Una madre de Daniel recordó el olor dulzón y nauseabundo que impregnaba la tienda: "Alcanfor... como en los viejos ataúdes abiertos. Me dio ganas de vomitar".

Jackson pasaba las noches en la sala de evidencias, rodeado de fotografías que se multiplicaban sobre las paredes. Las grabaciones de las cámaras de seguridad de la calle mostraban a todas las víctimas entrando sonrientes... y nunca saliendo. El análisis de residuos en la puerta trasera reveló trazas elevadas de formaldehído y alcanfor concentrados, como si el aire mismo estuviera preservando algo que no debía moverse. Cada nuevo informe forense añadía peso al silencio: huellas parciales en el suelo de la tienda que no coincidían con ningún calzado conocido, fibras de encaje antiguo adheridas a la ropa de una desaparecida.

La prueba que realmente heló la sangre del equipo llegó una tarde gris. En una venta privada, confiscaron una muñeca de porcelana impecable cuya boca entreabierta revelaba una hilera perfecta de dientes humanos reales, con obturaciones dentales que coincidían con los registros de una de las víctimas. Jackson sostuvo la figura bajo la luz fría del laboratorio. Los dientes parecían sonreírle.

—No son muñecas —murmuró al equipo, con la voz baja y ronca.

—Son trofeos. Y ella sigue coleccionando.

La tensión crecía con cada hora. Las reuniones se volvían más cortas y nerviosas; los agentes evitaban mirar demasiado tiempo las fotos. Jackson sentía que algo los observaba desde el otro lado de las pruebas. Ordenó la orden de allanamiento para esa misma noche, antes de que la dueña pudiera "terminar" otra pieza.

La policía irrumpió en el taller trasero de la tienda poco después de la medianoche. El aire estaba cargado de un olor espeso a químicos y algo más antiguo, más podrido. Allí encontraron a Elena, vestida como una muñeca del siglo XIX, acariciando con ternura enfermiza a "Clara", su obra maestra: una réplica perfecta de su madre, confeccionada con partes muy reales.

—Siempre quisiste que fuera perfecta, ¿verdad, mamá? —susurró Elena con voz dulce y rota, mientras se inyectaba formaldehído directamente en las venas.

Cuando el detective Samuel Jackson la alcanzó, ya era demasiado tarde. Su piel estaba fría como la porcelana, sus pupilas dilatadas y vidriosas. Una muñeca más para la colección.

El silencio que cayó sobre el taller era absoluto, como el de un mausoleo recién sellado.

En el inventario policial se registraron 42 muñecas. Solo 18 tenían etiqueta de precio.

Las otras 24... aún conservaban uñas en los dedos, mechones de cabello humano y, en algunas, los ojos originales de sus dueños, que parecían seguir mirando con un terror congelado para siempre.

Entre ellas, la última creación de Elena descansaba sentada con elegancia macabra. Una muñeca de porcelana perfecta, de cabello oscuro y vestido victoriano, con una leve sonrisa pintada.

En su nuca, grabado con delicada letra cursiva, podía leerse un nombre:

Elena.

Elena

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