Friends – Chase Atlantic
Conducir el Mercedes de Rubén era mucho más dinámico y cómodo que el Nissan. Era automático, lo que me facilitó enormemente el camino de regreso a casa. No tenía que estar pendiente de comprender el funcionamiento del coche ni de hacerme a él, porque era un vehículo facilísimo de manejar.
Rubén estaba sentado en el asiento del copiloto, los ojos cerrados y su cazadora negra tapando su torso desnudo. Las vendas que le había puesto protegían los puntos lo suficiente hasta llegar a casa. Allí ya me preocuparía de limpiárselas bien. Lo único que me inquietaba era la pérdida de color que había sufrido su piel, y lo fría que estaba. Sé que se debía a la pérdida de sangre, pero no sabía cómo solucionar aquello.
—Rubén —musité, los brazos rígidos por la tensión—. Rubén, despierta.
—Estoy despierto —comentó él con la voz ronca, los ojos aún cerrados.
—Háblame entonces. —El pánico se apoderó de mí, aunque intenté disimularlo.
Sí, tenía pánico porque muriera allí mismo, y sí, sabía en los problemas que me metía aquello. Solo decidí ignorarlos. Y también era consciente de que, por el momento, Rubén estaba fuera de peligro. Pero no podía evitar preocuparme por su estado, y porque empeorase.
—Últimamente quieres que te hable mucho. —Sus ojos permanecían cerrados, pero una ligera sonrisa se esbozó en sus labios al hablar—. Como sigas así voy a pensar que te gusto.
No di un volantazo porque controlé mi impulso nervioso. La respiración se atascó en algún punto de mi pecho, incapaz de avanzar hacia donde debía. No contesté, centrando toda mi atención en la carretera que tenía frente a mí. Sostuve el volante con fuerza, como si fuera mi salvavidas en un océano negro e interminable.
Rubén abrió los ojos, ladeando la cabeza hacia mí con lentitud y esfuerzo. Le vi entrecerrar los ojos, pero preferí ignorarlo. A él y lo que sabía que estaba a punto de decir.
—Dime que me equivoco, Olivia.
Quería decírselo. Aunque fuera una mentira rastrera y demasiado obvia. Quería decirlo porque sabía que era lo mejor para ambos y para la relación de trabajo que manteníamos. Involucrarte en exceso de manera romántica con la persona con la que trabajabas nunca acababa bien. Y lo sabía. Quizás era por eso que mi cuerpo se obstinaba tanto en querer decirlo.
Pero las palabras... simplemente no brotaron de mi boca.
—Necesito que me digas que me equivoco, Olivia. —Su voz se volvió un susurro, y le dediqué una mirada alarmada.
Sus ojos parecían más somnolientos, su mirada menos brillante. Incluso eché de menos su cotidiano y característico cabreo visible en su rostro. Volví mi vista hacia la carretera, pero extendí una mano hacia su frente. Tenía calor.
—Estás delirando por la pérdida de sangre —me limité a contestar con voz queda.
—No deliro. —Cuando aparté la mano de su frente, él permaneció mirándome—. Soy muy consciente de lo que estoy diciendo.
Eso me complicó las cosas. Tenía que ser un tocapelotas incluso desangrándose. Inspiré hondo, tratando de calmar mis sentimientos revolucionados. Las putas mariposas esas que echaban a volar en mi pecho cada vez que decía algo bonito, cualquier detalle que se salía de lo normal. ¿Para que servían esas estúpidas mariposas?
—Te equivocas, Rubén Soto. —Y soné bastante convencida, al parecer. Bastante desdeñosa e indiferente, porque cuando le dediqué una mirada de reojo, él había vuelto la vista al frente con una pizca de... decepción.
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Mi Condena [Bilogía Condenados I] (+18)
Romance¿Cuánto estarías dispuesto a traicionar por amor? ¿Cuánto pueden pesar los secretos? Olivia García es la hija de un millonario muy conocido en Madrid. Rubén Soto vive en los suburbios de Coruña, con el dinero justo para pasar el día. Aparentemente...
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