CAPÍTULO 52

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Hurts So Good – Astrid S

Rubén

Avancé por la calle que llevaba en dirección a mi casa. Había dejado el Mercedes aparcado de cualquier manera en los aparcamientos junto a la acera que discurría hasta la verja de entrada de la urbanización.

El aire me quemaba en los pulmones.

Me pasé una mano por el pelo, ascendiendo por la empinada calle central antes de girar a la izquierda.

—¡Rubén, carajo! —gritó Antón a mi espalda.

Parecía muy enfadado, pero me importaba una mierda. Sentía que todo el mundo se me venía encima, apenas podía escuchar más allá del pitido que ensordecía mis oídos. Escuché varios pasos a mi espalda, sabiendo que Antón no había llegado allí él solo.

—¡Espera, maldita sea! —vociferó Mateo esta vez, confirmando mis sospechas.

No los escuchaba. En mi mente solo se repetía una única escena: los ojos de Olivia mirándome con desprecio. Con odio. Había odio en esos ojos, y no podía culparla en absoluto por ello. Yo también me odiaba a mí mismo. Esperaba que se cabreara, que me gritara o que incluso las cosas llegaran a las manos. Que me insultara o que me escupiera... todas esas opciones las había contemplado. En el maldito momento en el que vi entrar a Coppola en la estancia, supe que todo se había terminado más rápido de lo que me hubiera gustado.

No podíamos dejarlo escapar. Llevábamos mucho tiempo detrás de Coppola, y dejarlo huir después de haberle tenido ahí, frente a nosotros y disponible para ser arrestado... simplemente no podía ignorarlo. Así que, durante toda la conversación que tuvo con Olivia, estuve mentalizándome. Estuve recordando cada minuto de nuestra corta relación, si es que podía catalogarlo de tal forma. Lo que fuera que tuviésemos. Estuve haciéndome a la idea de que no volvería a tocarla nunca más, porque sabía lo importante que era la confianza para Olivia.

Y no pude soportar esa idea.

Por eso tuve que besarla una última vez. Cuando fue al baño, supe que era mi última oportunidad. Y después me encargué de destruirlo todo para que no quedara nada. Así sería más fácil para los dos. Si ella creía que no había sido más que un títere para mí, podría sanar más rápido. Se curaría mejor, aunque yo estuviera destruido. Eso daba igual.

Ponerle las esposas había sido lo más duro que había tenido que hacer nunca. Su mirada de estupefacción, viendo cómo se caía el pedestal que había construido para mí y sobre el que me erguía. Viendo como se destruía, poco a poco, cada una de las rocas que conformaban el puente que unía nuestras almas, impidiéndonos la posibilidad de llegar hasta el otro. Como me estaba cargando algo que sabía que jamás recuperaría. Y por mucho que el sentido del deber me gritara que la arrestara, que la llevara hacia el barco de extracción... mi corazón solo me imploraba que la soltara.

Que yo era quien le daría alas, no quien la encadenaría para volar bajo.

Me faltaba el aire.

—¿Se puede saber qué carajos es lo que ha sucedido en ese barco? —Antón llegó hasta mí, rodeándome para impedir mi camino hacia casa.

—¡Basta! —exclamó Mateo, apareciendo a mi lado—. Los dos.

—¡Solo quiero saber por qué carajos Rubén ha decidido tirar tres años de misión por la borda! —Me golpeó el hombro con una mano, dándome un fuerte empujón—. ¡Tres putos años! Hemos estado siguiendo a Cristóbal García durante tres años de mierda y tú decides que todo ese trabajo no vale nada porque su hija está buena.

Mi mandíbula se apretó con fuerza, fulminándole con la mirada.

—Sabes que jamás arriesgaría una misión tan importante por un simple polvo —me limité a responder.

Mi Condena [Bilogía Condenados I] (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora