A pesar de su aspecto sereno, algo en su interior era un completo caos. Siempre fue así. Podía arrancarle el alma a un hombre con una sonrisa, pero frente a una mujer... No podía. No sabía por qué. Era como si algo, una energía oscura pero firme, se lo impidiera. Una barrera invisible lo detenía justo antes del golpe final, y por más que lo intentara, su cuerpo simplemente no respondía. Tal vez era su pasado. Tal vez era el recuerdo de algo que ya no podía ver con claridad. Un rostro. Una voz. O tal vez era algo aún peor: un hueco en su alma que ni siquiera su monstruosa fuerza podía llenar. Por suerte, Muzan nunca le exigió nada al respecto. Nunca lo forzó. Le permitió conservar ese extraño límite... como si también supiera que incluso los demonios necesitan una grieta. Una sola. Una que los mantenga rotos por dentro.
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Narra Akaza
Regresaba al bosque con la rabia quemándome el pecho. Le había informado a Muzan que eliminé a uno de los pilares... y aun así, fui reprendido. ¿Por qué? Porque dejé con vida a tres cazadores más.
No fue por falta de fuerza... simplemente el amanecer ya se acercaba.
Pero lo que realmente hizo hervir mi sangre fue ese maldito mocoso... Cobarde. Así me llamó.
No huía de ustedes, huía del sol.
¿Cómo se atrevía a decir algo así? Esa palabra me perforó como una espina clavada en el orgullo.
Con furia, incrusté la katana rota que aún llevaba en la mano contra el tronco de un árbol, partiéndola en pedazos. Las astillas de metal salieron volando, pero eso no calmó mi rabia.
—No olvidaré tu rostro, mocoso insolente... —murmuré con los dientes apretados—. La próxima vez, te aplastaré la cabeza contra el suelo.
Fue entonces cuando a lo lejos vi una luz...
Me acerqué sin dudarlo. Llevaba una capucha que le cubría el rostro. No podía distinguir su apariencia con claridad, pero me daba igual. Necesitaba desquitarme. Este humano sería perfecto. Lo haría sufrir... y luego me alimentaría de él.
Intentó huir. Inútil.
En un parpadeo, lo alcancé de la manga de su cuello, dispuesto a volarle la cabeza con un puñetazo.
Me acerqué, disfrutando del miedo ajeno. Quiero ver tu rostro... quiero ver cómo se retuerce al saber que está por morir.
Extendí mi mano preparando mi puño justo cuando por la gravedad su capucha cayo.
Y me detuve.
Era una joven. Una mujer. Su rostro estaba marcado por el susto, los ojos bien abiertos, la respiración temblorosa. Tenía una belleza suave, y a la vez, una fragilidad que contrastaba con mi brutalidad. Me sorprendí. ¿Cómo no noté que era una chica?
La ira me había cegado. Ni siquiera me molesté en mirar con atención.
Y ahora... me sentí ridículo. Asqueado de mí mismo.
No puedo... No soy capaz de matar mujeres, ni siquiera a los niños.
No puedo creerlo siento repulsión en mi interior ¿como me atrevi a tocarle siquiera un pelo a una mujer
Un sentimiento de rabia y arrepentimiento se apoderan de mi.
Me arrodillé frente a ella, sin comprender del todo lo que estaba haciendo. —¿Estás bien? —pregunté, la voz apenas un murmullo.
Ella asintió con miedo, llevándose una mano a su cuello acariciándolo. por suerte no la herí gravemente.
Me quedé observándola un segundo más. Tenía un aire cansado, como si hubiera durmiera bien por las noches. Y aun me parecia
Linda...
Me levanté y me alejé sin decir más. La dejé sola, sabiendo que lo mejor que podía hacer... era desaparecer.
30 Junio 2023 [Capitulo en proceso de edición, 2025]