Calle Astral, número 77

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Calle Astral número 77 era el lugar donde Jonás Borth e Inés Summer vivían. Un edén a las afueras de Eclipsis, se alzaba con majestuosidad y elegancia. Su arquitectura imponente, combinando elementos clásicos y modernos, se erigía como un faro de tranquilidad del bullicio de la ciudad. Desde la calle Astral, la residencia se presentaba como un monumento a la comodidad y la serenidad.

La verja que rodeaba la propiedad era una obra de arte en sí misma. Con elegantes adornos forjados que entrelazaban motivos solares y lunares, la entrada principal llevaba el nombre "Lumisol" con letras esculpidas con precisión. La verja proporcionaba un toque de privacidad sin ocultar la belleza del jardín que se extendía más allá. Era un reflejo del amor, estabilidad y prosperidad que ambos habían alcanzado en sus respectivas carreras a lo largo de los años.

En las mañanas, la luz del sol acariciaba la fachada de la casa, iluminando las historias que se tejían en su interior. Jonás, prestigioso historiador, con su barba cuidadosamente recortada y su vestimenta clásica, dedicaba sus días a impartir conocimiento en la Universidad Autónoma de Eclipsis. Cada rincón de la casa llevaba la impronta de su pasión por la historia, con estantes repletos de libros que contaban relatos de civilizaciones antiguas y eventos que habían dado forma al mundo.

Por otro lado, Inés, una mujer distinguida y elegante que emanaba una confianza serena. Su cabello castaño se entrelazaba con mechones plateados, una marca del tiempo que llevaba con gracia, manejaba las riendas del mundo financiero desde su posición como directora de finanzas en "El Banco central Luminar", uno de los bancos más grandes de todo Luminara, el país que abrazaba su hogar. Su oficina en casa era un espacio donde la astucia financiera se mezclaba con la comodidad de su entorno familiar.

La mañana del 15 de marzo de 2078, en la Casa Lumisol, encontraba a Jonás y a Inés sumidos en las rutinas que tanto amaban. Jonás, en su estudio impregnado del aroma de libros añejos, preparaba material para sus próximas clases, mientras que Inés, con elegancia, estudiaba casos de inversión desde la comodidad de su oficina en casa.

La tarde prometía ser especial. A tres días del cumpleaños de Saúl, su único hijo, los padres estaban sumergidos en la planificación del regalo perfecto. Sabían que debía ser algo significativo, algo que reflejara el amor y el orgullo que sentían por el joven que estaba a punto de cumplir 28 años.

En medio de sus quehaceres, Inés se retiró momentáneamente a la habitación de Saúl, ese rincón que aún conservaban con cariño para los días en que él los visitaba. Se detuvo frente a la cómoda, donde reposaba una foto enmarcada. Se sentó en la cama mientras veía la imagen que capturaba a un joven Saúl, apenas un niño, entre Inés y Jonás. Los tres compartían gozo y complicidad, con el fulgor de la juventud iluminando sus rostros.

Inés, con la foto entre sus manos, se sumió en una ola de nostalgia. La foto hablaba de momentos compartidos, de risas y de los desafíos superados juntos. Mirando la foto, Inés dejó que sus pensamientos tomaran forma en palabras.

—Cómo ha crecido mi pequeño —susurró, con una sonrisa melancólica. En su mente, el tiempo parecía haberse deslizado entre los dedos como arena fina. Recordó los días de juegos, las historias antes de dormir y cómo Saúl, en un abrir y cerrar de ojos, se había convertido en un hombre.

Las palabras flotaban en el aire mientras Inés continuaba contemplando la foto con cariño. La promesa de un regalo especial para Saúl resonaba en su mente, y entre planes y memorias, los padres de Saúl se preparaban para una tarde que, sin sospecharlo, llevaría consigo los primeros ecos de un cambio imprevisible en sus vidas.

El sol brillaba radiante sobre la Casa Lumisol cuando Inés decidió dirigirse al estudio de Jonás. La luz jugaba entre las hojas de los árboles del jardín, y la promesa de una tarde tranquila para planificar el regalo de Saúl colmaba el aire. Inés caminaba con pasos ligeros, anticipando la charla con Jonás sobre los detalles de la sorpresa.

—¡Jonás!, ¡amor!, a que hora vamos a ir al—

El estruendo retumbó, un rugido apocalíptico que sacudió los cimientos de la tranquilidad que hasta ese momento había reinado en la Casa Lumisol. El día se volvió oscuro. La luz del sol se desvaneció, como si una sombra imponente hubiera cubierto el cielo en un abrir y cerrar de ojos.

El mundo exterior se convulsionó en una tormenta carmesí. Inés, atónita, dejó de caminar y alzó la vista hacia el cielo, mirando hacia uno de los grandes ventanales de la casa, la lluvia roja comenzaba a caer, tiñendo el paisaje de un tono siniestro. El corazón latía desbocado, y un nudo se formó en su garganta al comprender que algo terrible estaba ocurriendo.

Corrió hacia el estudio de Jonás, donde el estruendo del caos se mezclaba con la confusión. Abrió la puerta con premura, y lo que encontró dentro estaba lejos de la apacible escena que conocía. Jonás, con el ceño fruncido y la mirada perdida en la ventana, también intentaba comprender la magnitud de lo que estaba sucediendo.

Inés, con la voz entrecortada por el miedo, se dirigió a Jonás en un susurro tembloroso.

—¿Qué está pasando, Jonás? —preguntó, buscando respuestas en los ojos de su esposo.

Jonás, con la misma confusión reflejada en su rostro, respondió:

—No lo sé, Inés. Esto no puede ser normal.

La desesperación los envolvía como un manto. La Casa Lumisol, testigo de tantos momentos felices, vibraba ahora con la incertidumbre del desconcierto apocalíptico.

Reflejos del apocalipsis: un diario en ruinasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora