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T H E  B E G I N N I N G

"podía hacerlo sola"

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Siberia

El primer día siempre se manifestaba de una manera u otra, y esta vez, apenas Frost abrió los ojos por la mañana, supo que algo era diferente. Podrían haber pasado miles de años más, pero cada segundo de ese instante quedó grabado en su memoria.

Los once estaban reunidos alrededor de la mesa de cristal, con la imponente figura de Arishem erguida frente a ellos. Sin embargo, ninguno de ellos lo veía; mantenían sus ojos cerrados. Haber despertado ya significaba algo para Frost. Podía sentir de nuevo, percibir el entorno a su alrededor, oír lo que ocurría. Se sentía bien.

—Ya es hora.

La voz firme de Ajak confirmó lo que ya estaba presente en la mente de Frost. Abrió los ojos y se encontró con los demás Eternos, todos tan preparados como ella para este nuevo comienzo. Se pusieron de pie, y Frost experimentó una sensación de control sobre su propio cuerpo al respirar profundamente.

Dirigieron sus pasos hacia sus respectivos puestos, donde serían vestidos para su misión. En Frost, lo que alguna vez fue una vestimenta gris y común se transformó, gracias a hilos de oro que tejían sobre su cuerpo, en lo que sería una túnica azul ártico, casi blanca. Pantalones más oscuros y botas negras. Sin embargo, lo que captó más su atención fue el símbolo dorado que había en su traje, donde su pecho. Eso era ella, ese símbolo. Aquello que Ajak le dio.

Frost respiró hondo antes de intentar utilizar sus poderes. Con un gesto, provocó que una fina capa de escarcha brotara de sus dedos, más bien de aquellos anillos dorados que producían su poder. La magia de Arishem. La escarcha se transformó rápidamente en agua en el suelo. Una sonrisa se dibujó en su rostro, satisfecho de sentir la conexión con sus habilidades.

Sin embargo, su atención fue rápidamente atrapada por la vista a través de la ventana. La Tierra.

—Hola —un hombre moreno, de movimientos vagos y vestimenta púrpura se acercó a ella—. Mi nombre es Kingo. Es un gran honor estar junto a usted, protectora de Olimpia.

—Puedes llamarme Frost —le dijo con orgullo, sintiéndose halagada —. ¿Sabes en cuánto lle...?

—¿Es esa Thena? Disculpa, debo ir a presentarme.

Y con eso, el hombre se fue rápidamente en dirección a una mujer que vestía blanco. Sí, Frost sabía algo de la Guerrera de Olimpia, pero no mucho. Se quedó mirándola durante un par de segundos, casi riéndose por la cara amenazadora que puso cuando Kingo se acercó a hablarle por sorpresa. Quizá también debería presentarse.

—Estamos por llegar —anunció Ajak.

Era el año cinco mil antes de Cristo. La Mesopotamia. 

Un padre y su hijo estaban pescando a orillas del mar cuando un desviante amenazó con atacarlos. Aunque el hijo intentó alertar a su progenitor, la criatura ya se había abalanzado sobre él para después querer atacar al siguiente. Por fortuna, los Eternos ya habían llegado, en especial Ikaris, que con el rayo que expulsaba de sus ojos logró incapacitar al monstruo.

—Asegura a los humanos —dijo Frost a Makkari, haciéndolo en voz alta y en lenguaje de señas. La morena asintió e inmediatamente pudo ver bien su habilidad. Era veloz.

Entonces Frost entró en la pelea. Utilizó el viento polar provocado por sí misma para llegar más rápido hasta un enemigo. Con tan sólo alzar su mano un tridente de hielo se formó y lo arrojó al desviante que Thena acechaba. Su ataque fue capaz de congelar la esencia del desviante, pero para asegurarse la guerrera le cortó la cabeza con una de sus espadas.

FROST «thena»Donde viven las historias. Descúbrelo ahora