Nunca fui parte de ese mundo.
Las luces, las joyas, los rostros perfectos escondiendo mentiras...
Todo me asfixiaba.
Nunca era requerida en los eventos de la alta sociedad, nadie me miraba dos veces,
y yo lo agradecía.
Prefería existir en silencio...
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Periódico
Salí del cuarto en silencio, cuidando de no despertar a mamá. Se había quedado dormida de nuevo, y aunque mis visitas eran breves, atesoraba cada segundo que podía estar con ella.
Caminé de regreso a mi habitación, donde sabía que Lucy ya debía tener lista la comida. Su compañía había sido un alivio desde que llegó, aunque a veces me incomodaba que se ocupara de cosas como tender mi cama o traerme la comida. Aún discutíamos sobre cómo debía llamarme; yo le pedía que me llamara Emma, pero a veces lo hacía y otras veces no.
Cuando llegué, tal como había anticipado, todo estaba en su lugar. Llevaba días comiendo en mi cuarto, probablemente porque la Reina no quería verme, y en el fondo lo agradecía. No tenía ganas de escuchar sus reproches.
Antes de sentarme, me acerqué a la ventana y dejé que mi mirada se perdiera en los jardines del palacio. Las flores estaban en su esplendor, y pequeños pájaros volaban entre ellas. Abrí la ventana, dejando que el aire fresco acariciara mi rostro. Sentí una necesidad repentina de estar al aire libre, de respirar el aire puro y alejarme del confinamiento de las paredes.
—Lucy, creo que hoy quiero comer en el quiosco del jardín —dije, volviéndome hacia ella. La expresión de sorpresa en su rostro se suavizó rápidamente, y ella asintió.
—Por supuesto, señorita Emma. Prepararé todo y lo llevaré allí.
Sonreí, agradecida por su disposición, y salí de la habitación. Caminé por los pasillos, disfrutando de la tranquilidad del palacio a esa hora. Al llegar al jardín, me dirigí al quiosco, dejando que el aroma de las flores y el canto de los pájaros me envolvieran.
Al acercarme al quiosco, lo vi: James estaba sentado en una banca cercana, con los hombros caídos y una expresión de agotamiento en su rostro. Parecía abrumado. Sus ojos, normalmente llenos de vida, ahora estaban opacos, y su postura reflejaba una fatiga profunda, una que no se cura con solo dormir. Cada línea en su cara revelaba estrés, como si cada pensamiento lo estuviera desgastando lentamente.
Me acerqué lentamente, dudando por un momento si debería interrumpir su soledad, pero algo en su expresión me empujó a hacerlo.
—James... —susurré, al tiempo que él levantaba la mirada hacia mí, sorprendido por mi presencia.
Él se levantó nervioso, acomodando su pelo y camisa. Lucía más informal que otras veces. Solo llevaba su camisa blanca, pantalones formales y una corbata azul mal acomodada. Además, su pelo estaba revuelto, como si él mismo lo hubiera desordenado con sus manos.
—Hola —saludó, tratando de acomodar su pelo discretamente—. No te había visto estos días.
Comentó mientras ajustaba su corbata. Se veía lindo, aún desarreglado. Sonreí al verlo algo nervioso; así me sentí la primera vez que nos vimos.