capítulo 13

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Escape secreto

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Escape secreto

Antes de que pudiera hacer algo más, el sonido de una puerta abriéndose rompió el momento como un cristal hecho añicos. Era del cuarto de Félix. La sangre pareció helárseme al escuchar el chirrido inconfundible de la madera al moverse.

Mi cuerpo reaccionó más rápido que mi mente. Sin soltar su mano, lo jalé conmigo con cuidado, consciente de que no podía ver nada.

—Ven conmigo, rápido —le susurré, mientras lo guiaba a tientas hacia el refugio más cercano.

Sentía la resistencia en su mano, cómo trataba de seguirme confiando plenamente en mis indicaciones. Sus pasos eran cautelosos, inseguros, pero obedientes. Cada tanto, movía mi otra mano hacia su brazo o su hombro, asegurándome de que no tropezara.

Cuando llegamos al pilar, lo empujé suavemente contra la piedra, colocando una mano sobre su pecho para indicarle que debía quedarse quieto. Su respiración era más rápida, tal vez por la prisa, tal vez por la tensión. La mía no era mejor.

Nos quedamos inmóviles, en completo silencio. Sentía mi corazón latiendo con fuerza en mis oídos mientras escuchaba los pasos de alguien moviéndose por el pasillo. Apreté con más fuerza su mano, como si ese gesto pudiera mantenernos ocultos, aunque sabía que él no podía ver nada.

—¿Qué pasa? —susurró apenas, su voz tan baja que apenas pude oírla.

—Nada, solo espera —respondí con la misma suavidad, mi aliento casi rozando su oído.

Los pasos se alejaron lentamente, y poco a poco me permití respirar de nuevo. Sin soltarlo, me aseguré de que estuviera bien antes de apartarme un poco.

—¿Estás bien? —le pregunté, aún susurrando.

—Sí —respondió con una sonrisa tranquila.

A pesar de todo, seguía sintiendo el peso del momento anterior, como si algo hubiese quedado a medias, flotando entre los dos. Pero ahora no era el momento para pensar en ello. Nos esperaba mucho más por delante.

Era momento de salir. Caminé con él hacia la cocina, confiada en que al menos por cinco minutos nadie nos encontraría. Al entrar, inspeccioné el lugar, fijándome en cada detalle hasta dar con la pared correcta.

Pasé la mano por la superficie lisa de los paneles de madera, buscando el relieve oculto. Sabía que estaba ahí, apenas perceptible al tacto. Finalmente, mis dedos encontraron una ligera hendidura en la moldura. Presioné con firmeza.

Un leve clic rompió el silencio y una sección del panel se hundió apenas unos milímetros. Inspiré hondo y empujé con ambas manos. La madera cedió con suavidad, revelando una abertura oculta entre los gabinetes.

Una ráfaga de aire fresco se coló desde el otro lado, trayendo consigo un leve olor a piedra húmeda. La penumbra del pasadizo contrastaba con la calidez de la cocina, así que tomé una vela de la encimera y la encendí con manos firmes. La llama temblorosa iluminó el estrecho descenso: una escalera de piedra en espiral que conducía a los pasadizos subterráneos del castillo.

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