Nunca fui parte de ese mundo.
Las luces, las joyas, los rostros perfectos escondiendo mentiras...
Todo me asfixiaba.
Nunca era requerida en los eventos de la alta sociedad, nadie me miraba dos veces,
y yo lo agradecía.
Prefería existir en silencio...
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Día de locos
—Lucy —dije al llegar a su lado—. Perdón, tuve que quedarme un rato más.
Señalé las puertas con un gesto apenado. Realmente no esperaba que me esperara. Pero ella no dijo nada. Simplemente se lanzó a abrazarme, fuerte, sin soltar una sola palabra.
—Gracias —susurró Lucy.
—No tienes que agradecerme, era tu derecho —aseguré, devolviendo el abrazo.
Al separarnos, mi mirada se posó en el chico que estaba detrás de ella. Lo recordaba de la fiesta. Había ayudado a Lucy aquella vez. Era el asistente de Félix… pero su nombre se me escapaba.
—¿James ya se fue? —pregunté al no verlo cerca.
—Se lo llevaron casi a rastras —respondió Lucy, terminando el abrazo.
Parecía no querer decirme con quién. Dudó por un segundo, pero el chico castaño detrás de ella no tuvo la misma discreción.
—Fue la princesa —comentó con cierta diversión—. Se fue hecha una furia, quiso reclamarle algo a la chica —señaló a Lucy—. Ambos intentamos interponernos, pero él no tuvo la misma suerte y se lo llevó.
Lo dijo con una pequeña sonrisa, como si recordar la escena le hiciera gracia.
—Cada demonio tiene que ir con su igual, ¿no? —intervino Félix con tono burlón.
Hice una mueca de desagrado al escucharlo. El chico había dicho que también defendió a Lucy, pero no podía evitar que me quedara un mal sabor de boca al saber que se habían llevado a James.
¿A dónde? ¿Por qué? ¿Tenían algún tipo de relación? Esas preguntas empezaron a girar en mi cabeza.
—Podrías avisarme antes la próxima vez que tengamos una crisis, ¿sabes? —El chico de cabello castaño cruzó los brazos y fulminó a Félix con la mirada, como si lo estuviera regañando.
—Vamos, Caster, ni siquiera nosotros lo sabíamos —intervino su hermana, dándole un pequeño golpe en el hombro.
—Un solo día libre y ya se meten en suficientes problemas como para hacerme volver —bufó él—. El tío me matará cuando se entere.
—¿Cómo te enteraste? —preguntó Félix, ignorando los regaños—. Y deja de dramatizar, no se enterará.
—Si me dieran una moneda por cada vez que intentamos ocultarle algo a tu papá y al final se enteró, sería rico —respondió con sarcasmo—. Y respecto a lo otro, me enteré como todos los demás… por el periódico.
Lo dijo con evidente molestia.
—Casi escupo el café que estaba tomando. Volví al palacio lo más rápido que pude, pero cuando llegué, ya todos estaban encargándose del desastre. Al menos esta vez moviste el trasero para solucionarlo.