capítulo 14

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Problemas

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Problemas

De nuevo, el mismo sueño me despertó por la mañana. Me sentía sudada, como si la noche hubiera sido terriblemente calurosa, aunque no lo fuera. Los sueños se volvían cada vez más intensos, más reales, pero hasta ahora no había nada nuevo en ellos. No había una nueva parte que complementara su historia; solo podía llegar hasta el momento en que aquella criatura extraña me preguntaba si estaba bien.

Pasé ambas manos por mi cara en señal de frustración. Ese sueño siempre me dejaba con un mal sabor de boca, y esta vez no era la excepción. Miré la pared color crema frente a mí, perdiéndome en mis pensamientos, pero al mismo tiempo sin entender absolutamente nada.

-¡Buenos días, Emma! -La voz de Lucy me sacó de mi pequeño trance.

Ayer me había dado un gran susto en la habitación. Lucy era tan buena que incluso me esperó en el cuarto despierta hasta que regresé. Casi la golpeé ayer por accidente, pero pude controlar mi reacción antes de que hiciéramos demasiado ruido y alguien se percatara de que aún estábamos despiertas. Ella se acercó a las cortinas y las abrió de par en par, haciendo que mis ojos batallaran para acostumbrarse a la luz repentina.

-¡Aaaah, me muero! -grité bromeando, cubriéndome los ojos con las manos.

Lucy se rió mientras se movía rápidamente por la habitación, llegando al clóset en cuestión de segundos.

-¿Qué quieres ponerte hoy?

-Lo que sea está bien -dije, estirándome y bostezando-. ¿Por qué la prisa?

-Pensé que tal vez querrías ir con el duque cuanto antes para organizar la comida de esta tarde. No se envió ningún mensaje en estos días para avisarle.

Sacó un vestido blanco con partes azules perla, y apenas lo vi, mi pecho se llenó de una calidez nostálgica. Lo reconocí al instante. Lo había diseñado junto a mi madre, unos años atrás, en una de esas tardes en las que nos perdíamos entre telas y bordados, imaginando vestidos que jamás pensé que algún día usaría de verdad.

La parte del pecho y la espalda eran de un blanco crema, adornado con delicados bordados dorados que serpenteaban por la tela en patrones intrincados. Los habíamos cosido a mano, puntada a puntada, asegurándonos de que el diseño resaltara la silueta sin perder la comodidad. Simulaba un corset, pero sin la rigidez de uno real, permitiendo moverse con libertad.

Las mangas eran largas y ceñidas, de un azul profundo que contrastaba con el cuerpo del vestido. Los detalles dorados se extendían hasta los puños, donde pequeños hilos metálicos captaban la luz con cada movimiento. La falda, amplia y fluida, caía en suaves pliegues, dándole un aire de elegancia atemporal.

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