38.|Días tristes.|

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M-El avión aterrizó con un ligero golpe que me sacó de mis pensamientos. Abrí los ojos lentamente, sentía la cabeza pesada porque había llorado durante gran parte del vuelo. A mi lado, mi mamá sonrió con ese gesto forzado que siempre usaba cuando quería tranquilizarme.

Elizabeth: Ya llegamos, hija... -me susurró mientras acomodaba su bolso de mano-.

Miami. La ciudad que desde ahora sería mi nuevo hogar. La escuchaba nombrar en películas, en series, en canciones... pero jamás imaginé que yo llegaría aquí con un corazón partido en dos.

El calor me abrazó en cuanto bajamos del avión. Era diferente al de Los Ángeles, más húmedo, más pegajoso, pero también tenía un aire vibrante, lleno de movimiento y voces en español por todos lados. Sentí por un momento que no estaba tan lejos de casa.

Nos dirigimos al área de equipaje, cada paso mío se sentía extraño, como si estuviera caminando en un sueño que no podía controlar. Y fue justo ahí donde ocurrió: mi teléfono desapareció.

Lo tenía en la bolsa de mi mochila, revisé dos veces, tres... lo vacié todo en el suelo sin importarme la mirada de la gente.

Michelle: ¡No puede ser! -exclamé, casi llorando otra vez.

Mi mamá trató de calmarme, asegurando que quizá lo había dejado en el avión, pero no... estaba segura de haberlo guardado. Preguntamos en objetos perdidos, pero no hubo respuesta. Era como si el destino me lo hubiera arrancado de las manos.

Y con él, mi última conexión hacia Robert.

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M- Esa tarde llegamos a la casa que mi mamá había conseguido en Miami. Cuando el taxi se detuvo frente a la entrada, mis ojos se abrieron de par en par. Era una casa de dos pisos impresionante, con paredes blancas y ventanales enormes que reflejaban la luz del sol. Tenía un pequeño jardín al frente con palmeras y flores coloridas, y una entrada amplia con escalones de mármol.

Por dentro, la casa era todavía más increíble. El recibidor tenía un candelabro moderno que caía desde el techo alto, iluminando todo con un brillo cálido. A la izquierda estaba la sala, con sofás grises enormes y una televisión de casi toda la pared. A la derecha, un comedor de madera clara con sillas elegantes, perfecto para cenas largas.

Lo que más me impactó fue el patio trasero: una alberca rectangular rodeada de plantas tropicales, y un espacio de descanso con sillones blancos y una mesa de vidrio. En ese instante pensé: "Esto parece de revista".

Mi habitación estaba en el segundo piso. Tenía un balcón privado que daba al patio y un vestidor que parecía una mini tienda. El baño incluía una tina que apenas creía real.

Todo era perfecto, demasiado perfecto... pero al mismo tiempo se sentía vacío. Era un lujo frío, porque dentro de mí nada brillaba.

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M- Los primeros días fueron un caos. Yo no tenía teléfono, y me sentía atrapada en una especie de silencio forzado. Si Robert había intentado escribirme, jamás lo sabría.

Al tercer día, mi mamá llegó a mi cuarto con una sonrisa y una bolsita de tienda.

Elizabeth: Sorpresa.

M- Me entregó una caja con un celular nuevo. Al abrirlo sentí una mezcla rara entre alegría y angustia. Sí, era nuevo, brillante, perfecto... pero tenía algo devastador: era un número diferente.

Michelle: Gracias, Pero....¿Y mi número viejo? -pregunté con un hilo de voz.

Elizabeth: Lo perdiste junto con el teléfono, hija -explicó mi mamá-. Mejor empezar de cero, ¿sí? Este es un nuevo comienzo para ti.

𝓓𝓮𝓵 𝓸𝓭𝓲𝓸 𝓪𝓵 𝓪𝓶𝓸𝓻-.𝓟𝓻𝓸𝓯.𝓓𝓸𝔀𝓷𝓮𝔂Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora