Desde que Valeria era pequeña, las montañas siempre la habían fascinado. Se imaginaba cómo sería ver el sol aparecer desde su cumbre, sentir el aire fresco y ser una con la naturaleza. Había anotado en su lista de deseos ese anhelo de ver un amanecer desde lo alto, sin decirle a nadie, pensando que era uno de esos sueños que tal vez nunca se cumplirían. Sin embargo, Gabriel parecía haberlo intuido. Era como si leyera entre sus silencios, como si su cercanía le permitiera comprender los anhelos que Valeria guardaba con recelo.
Una tarde, mientras estaban sentados en la playa, Gabriel comentó casualmente la idea de ver juntos el amanecer desde la cima de una montaña. Las palabras la sorprendieron tanto que, sin poder evitarlo, sus ojos se iluminaron de emoción. El brillo en su mirada delató la profundidad de su deseo.
Así que, una madrugada de sábado, cuando la mayoría del mundo aún dormía, Valeria, Gabriel y su familia se encontraron en la base de una montaña cercana, listos para iniciar la escalada. La atmósfera estaba cargada de una energía vibrante, un sentimiento compartido de anticipación y entusiasmo. El canto de los grillos se entrelazaba con la suave brisa de la mañana, y Valeria sintió que cada paso que daba la acercaba un poco más a cumplir uno de sus sueños más preciados.
Ana, su madre, la observaba con una mezcla de orgullo y preocupación. Sabía lo frágil que podía ser su salud y temía que el esfuerzo fuera demasiado.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo, cariño? —preguntó, mientras le ayudaba a ajustar la mochila que, aunque ligera, parecía pesar más de lo normal.
Valeria le dio una sonrisa llena de determinación, una de esas sonrisas que usaba cuando no quería mostrar cuánto esfuerzo le costaban ciertas cosas.
—Sí, mamá. Quiero vivir esto de verdad. No quiero dejarlo para después —respondió con un brillo en los ojos.
Diego, su hermano menor, no pudo evitar sonreír y darle una suave palmada en la espalda, transmitiéndole su entusiasmo.
—No te preocupes, hermana. Con Gabriel y yo aquí, ¡seguro que lo lograrás! —dijo, riendo y corriendo unos pasos hacia adelante.
Valeria miró a Gabriel, buscando en su expresión un apoyo que siempre parecía encontrar. Él le sonrió de vuelta, reflejando esa complicidad que compartían sin necesidad de palabras.
—Aquí estoy, y voy a ayudarte en cada paso, ¿de acuerdo? —le susurró, dejando que el peso de sus palabras la reconfortara.
Así comenzó el ascenso. Caminaban en un silencio cómodo, roto solo por los murmullos del bosque y el sonido de sus pisadas sobre el suelo húmedo. Ana y Marco, los padres de Valeria, caminaban un poco detrás, observando con cariño cómo sus hijos crecían, enfrentando cada reto con valentía. Por su parte, Diego corría adelante y volvía, gritando emocionado cada vez que descubría algo interesante, como una roca peculiar o la sombra de un ave sobre sus cabezas.
La caminata no era sencilla, pero tampoco apresurada. Gabriel estaba siempre cerca de Valeria, extendiéndole su mano cada vez que el terreno se volvía más empinado o complicado. Cuando ella necesitaba descansar, él se quedaba en silencio a su lado, dejándola respirar y recuperar fuerzas antes de continuar. Cada gesto suyo le daba a Valeria la certeza de que, sin importar lo que sucediera, él estaría allí, apoyándola en cada paso.
A medida que subían, el cielo comenzaba a transformarse. Primero, el azul profundo de la noche dio paso a un suave tono gris, que lentamente se teñía de rosas y naranjas. Valeria, con los ojos fijos en el horizonte, sentía que el mundo entero se desplegaba ante ella. Cada cambio de color era como un recordatorio de la belleza de la vida, una belleza que, a pesar de las dificultades, quería disfrutar hasta el último instante.
Cuando finalmente alcanzaron la cima, Valeria sintió cómo una oleada de emociones la envolvía. Había logrado llegar, con esfuerzo y con la ayuda de quienes amaba. Miró a su alrededor y vio a su familia, su apoyo constante, y a Gabriel, quien había sido su roca en ese viaje. Sentados en un círculo, compartieron una manta que Ana había traído, y juntos, observaron cómo el sol emergía tímidamente en el horizonte, iluminando poco a poco cada rincón de la montaña.
—Es... increíble —murmuró Valeria, con la voz entrecortada. Las palabras apenas podían expresar lo que sentía.
Gabriel la observó con una sonrisa serena, viendo cómo el reflejo dorado del sol se mezclaba con el brillo de sus ojos.
—Sí, es maravilloso... pero más hermoso es verlo contigo —dijo, tomando suavemente su mano y entrelazando sus dedos.
Valeria cerró los ojos un momento, dejando que el aire fresco le llenara los pulmones. Cuando los abrió de nuevo, el sol ya se elevaba, y sus rayos dorados acariciaban las montañas, reflejándose en las gotas de rocío y en las miradas emocionadas de su familia.
Diego, a su lado, suspiró profundamente y, en su estilo despreocupado, exclamó:
—¡No puedo creer que esté viendo esto con toda mi familia y con mi... cuñado! —dijo, sonriendo ampliamente y causando que Valeria y Gabriel intercambiaran miradas divertidas.
Gabriel rió, revolviendo el cabello de Diego con cariño.
—Bueno, cuñado, gracias por la bienvenida oficial a la familia —bromeó, provocando las risas de todos.
Valeria, conmovida hasta el alma, sintió una profunda gratitud y apretó la mano de Gabriel, quien la miraba con una ternura que hacía que todo lo demás desapareciera. Allí, en la cima de esa montaña, rodeada de su familia y del chico que le hacía sentir que todo era posible, comprendió lo importante que era vivir cada momento intensamente, sin dejar nada para mañana.
—Gracias... gracias a todos por estar aquí, por... por hacerme sentir tan amada —murmuró, con una lágrima de felicidad deslizándose por su mejilla. Su voz temblaba ligeramente, pero no trató de ocultarlo. Aquello era parte de ella, de su lucha y de su amor por la vida.
Ana, sin decir nada, rodeó a Valeria con un abrazo firme, uno que parecía querer protegerla de todo el dolor del mundo. Marco se unió a ellas, y pronto Diego y Gabriel hicieron lo mismo, formando un círculo de amor y apoyo que rodeaba a Valeria con calidez y seguridad. En aquel instante, el amanecer se volvió testigo de un momento tan puro y perfecto que todos sintieron cómo sus propios corazones se llenaban de una paz indescriptible.
Con el sol elevándose cada vez más, llenándolos de luz y prometiéndoles un nuevo día, Valeria comprendió que su vida, aunque frágil, estaba colmada de momentos que nunca olvidaría. Cada paso que había dado hasta allí, cada sonrisa compartida y cada mirada llena de cariño, era un recordatorio de la riqueza de la vida que aún tenía por delante.
—No sé qué nos espera mañana, pero hoy es perfecto. Los amo a todos, y... —hizo una pausa para mirar a Gabriel—. Gracias por ayudarme a cumplir este sueño.
Y mientras el sol seguía ascendiendo, pintando el cielo con colores cálidos y luminosos, Valeria y su familia permanecieron abrazados en silencio, dejando que el amanecer les recordara lo efímeros y hermosos que podían ser los momentos sencillos, y lo eternos que podían volverse en el corazón.

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El último deseo
AdventureLa historia sigue a Valeria, una joven de 22 años a quien le acaban de diagnosticar una enfermedad terminal. Al principio, siente que su vida ya no tiene propósito; se encuentra atrapada entre el dolor de lo inevitable y la tristeza de no poder cump...