Barcelona es una ciudad que nunca duerme, y en sus calles late un ritmo que parece invitarte a perderte en el momento. Para mí, esa noche no fue la excepción. Había salido con mis amigas para distraerme del estrés de la universidad, pero jamás imaginé que esa velada me llevaría a cruzarme con alguien que cambiaría mi vida para siempre.
Alejandro Balde.
El nombre me sonaba familiar, aunque no era especialmente seguidora del fútbol. Su rostro, sin embargo, era imposible de ignorar. Lo vi por primera vez en la terraza de un club en el Raval, rodeado de amigos y con una sonrisa que iluminaba más que las luces neón que decoraban el lugar.
Yo estaba sentada al fondo, disfrutando de un cóctel, cuando su mirada se cruzó con la mía. Fue un instante, un choque de mundos, y aunque traté de mantenerme indiferente, algo en mí se encendió.
— ______, creo que tienes un admirador —dijo mi amiga Clara, dándome un codazo.
—No te flipes. Seguramente está mirando a otra.
Pero Clara no estaba equivocada. Minutos después, Alejandro estaba frente a mí, con una confianza desarmante y una sonrisa que parecía esconder un secreto.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, señalando la silla vacía junto a mí.
Lo miré, tratando de no parecer demasiado impresionada.
—¿Siempre te acercas así a desconocidas?
—Solo a las que me hacen sentir que el resto del lugar desaparece.
Me reí, porque su respuesta era tan cliché como encantadora. Y aunque mi intención inicial era mantener la guardia alta, algo en su forma de hablar me invitó a bajar la barrera.
Pasamos el resto de la noche hablando. Sobre la música que sonaba en el club, sobre la ciudad, e incluso sobre nuestras vidas. Me sorprendió lo fácil que era conversar con él, como si nos conociéramos desde siempre. Alejandro tenía una manera de hacer que te sintieras única, como si cada palabra que decías tuviera un peso especial.
—¿Entonces estudias Historia del Arte? —preguntó, inclinándose un poco hacia mí para escuchar mejor por encima de la música.
—Sí. ¿Y tú? Supongo que estás en el mundo del fútbol, ¿no?
Él sonrió.
—Algo así. Jugar es mi vida, pero no quiero que eso me defina por completo.
Me gustó su respuesta. Estaba acostumbrada a gente que hacía alarde de sus logros, pero Alejandro parecía tener los pies en la tierra, a pesar de su evidente éxito.
—¿Y tú? ¿Qué te define? —preguntó de repente.
La pregunta me tomó por sorpresa, pero antes de que pudiera responder, él extendió una mano hacia mí.
—Ven.
—¿Adónde?
—A bailar.
No soy la mejor bailarina, pero Alejandro tenía una forma de moverse que hacía que todo pareciera natural. Mientras bailábamos, me sentí libre, como si nada más importara. Había algo en él que me hacía querer arriesgarme, salir de mi zona de confort.
—Eres buena en esto —dijo, acercándose lo suficiente como para que pudiera escuchar su voz por encima de la música.
—O tal vez tú eres lo suficientemente bueno como para hacerme creerlo.
Se rió, y su risa era como una melodía que quería escuchar una y otra vez.
La noche terminó demasiado rápido, pero antes de irme, Alejandro insistió en pedirme mi número.
—Esto no puede quedarse solo en un baile —dijo, con esa sonrisa que ya empezaba a ser peligrosa para mí.
—Eso depende de ti —respondí, desafiándolo.
Los días siguientes fueron un torbellino de mensajes, llamadas y encuentros furtivos por la ciudad. Alejandro y yo compartíamos más de lo que esperaba: un amor por la música, una curiosidad por el mundo y una necesidad de encontrar algo real en medio de todo el ruido.
Una tarde, mientras paseábamos por la playa de la Barceloneta, me miró con una intensidad que me dejó sin aliento.
—No esperaba esto —dijo de repente.
—¿Esto qué?
—Que alguien como tú entrara en mi vida y lo cambiara todo.
Sus palabras me desarmaron. Quería mantenerme fuerte, no dejarme llevar tan fácilmente, pero Alejandro tenía una manera de romper todas mis defensas.
Sin embargo, no todo fue sencillo. La vida de Alejandro estaba llena de compromisos, de entrenamientos, partidos y una atención constante por parte de los medios. Era difícil encontrar momentos para nosotros, y a veces me preguntaba si realmente podía manejar esa parte de su mundo.
—¿Estás segura de que quieres esto? —le pregunté una noche, cuando nos encontramos rodeados de fotógrafos después de una cena.
—¿Qué si quiero esto? —respondió, tomándome de la mano. —Eres lo único que quiero, ______.
Su respuesta me dio fuerza para seguir adelante, aunque sabía que no sería fácil.
Con el tiempo, aprendí a adaptarme. Alejandro hizo todo lo posible por proteger nuestra relación, y yo aprendí a confiar en él. Había días en los que me sentía abrumada por la atención, pero luego estaban esos momentos en los que éramos solo nosotros dos, lejos de todo, y recordaba por qué valía la pena.
Una noche, mientras estábamos en su apartamento escuchando música.
—¿Te acuerdas de esa noche? —preguntó, refiriéndose al momento en que nos conocimos.
—¿Cómo olvidarlo? —respondí, sonriendo.
Él se levantó y extendió una mano hacia mí.
—Vamos a revivirlo.
Nos pusimos a bailar en medio de su sala, riendo como dos adolescentes. Era en esos momentos, cuando todo lo demás desaparecía, que me daba cuenta de cuánto lo amaba.
Alejandro y yo seguimos construyendo nuestra historia, con altos y bajos, pero siempre juntos. La vida nos ponía obstáculos, pero cada vez que sonaba esa canción, recordábamos cómo comenzó todo: con una mirada, un baile y una conexión que desafiaba cualquier lógica.
Porque, al final, cuando encuentras a alguien que hace que todo el ruido del mundo se apague, sabes que vale la pena luchar por ello. Y Alejandro Balde era esa persona para mí. Mi propio ritmo en una ciudad que nunca deja de bailar.
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