El canto de la sirena

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Todos están vigilando de frente, pero ninguno sospecha que el peligro puede estar surgiendo por detrás.

Peter pan

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Los pasillos estaban repletos de gente que iba y venía. A esa hora de la mañana, el hospital estaba lleno de vida. Muchos niños y ancianos que acudían a sus citas de rutina, gente esperando para sacarse sangre o hacerse algún que otro estudio. Ingresó como si fuera una paciente más. Se detuvo a observar a su alrededor. Interesante. Aquel lugar era enorme, con una iluminación increíble. Pisos de porcelanato blanco brillante, paredes también blancas, impecables. Frente a ella, en la mesa de entradas, las recepcionistas trabajaban sin cesar para atender a la gran cantidad de personas que habían asistido esa mañana. Sonrió. Se adentró en los pasillos, como si los conociera como conocía las calles del Reino Dorado. Él estaba ahí, sentía su esencia, casi que lo podía oler. Debía encontrar una manera propicia de acercarse a él. Observó a las personas que recorrían aquellos pasillos. Cuanto más se adentraba, cada vez menos gente caminaba a su alrededor. La mayoría, hombres y mujeres con esos atuendos tan similares, pantalón y camisa de colores claros, cabellos recogidos dentro de cofias, zapatos de goma. Observó a una jovencita, pantalón y camisa rosa pálido, decidió seguir sus pasos. Mientras caminaba tras ella, logró adentrarse en su mente. Así supo que trabajaba en el hospital, como enfermera, que compartía turnos con él. Sonrío. Ella sería su boleto al éxito.

La siguió, con cuidado, para no ser descubierta. La joven recorrió los pasillos, hasta adentrarse en una zona de acceso restringido. Quizás pecó de inexperta al no notar que la seguía. Era joven, una novata, podía olerlo. Eso la hacía la candidata perfecta, por eso la escogió. La vio ingresar a la zona de vestuarios, el lugar donde médicos y enfermeras cambiaban su atuendo con el que salían a la calle por sus ambos esterilizados. Sonrió. Miró a su alrededor para corroborar que no haya nadie. Luego miró hacia arriba, recorrió con su mirada la unión de los techos con las paredes. Allí en una esquina estaba el aparato, era una cámara de seguridad. La miró fijamente unos segundos. Entonces, un humo blanco comenzó a salir del aparato. En ese mismo instante, la imagen que esa cámara enviaba a los monitores en la cabina de seguridad desapareció. Ingresó al vestuario y cerró la puerta detrás de ella.

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Sentía que cada día estaba más pálida, el surco alrededor de sus ojos cada vez era más profundo y oscuro, su cara estaba más chupada. Sin dudas, había perdido mucho peso, ¿unos diez kilos? Le dolía tanto verla así, ella que siempre había sido tan alegre, tan llena de vida. Permanecía sentado a su lado. Acarició sus cabellos con dulzura.

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Habían estado toda la mañana haciendo compras en las tiendas de centro de Juuban. Le había comprado algo de ropa, realmente disfrutaba mimarla como si fuera una niña pequeña. Quizás, algún día, haría lo mismo con Chibiusa. También habían comprado varias cosas para la boda, materiales que Makoto les había pedido para hacer los centros de mesa y los souvenirs. Y habían estado viendo tiendas de vestidos de novia, sólo para buscar algunas ideas, ya que sería Minako la diseñadora. Para cuando las manecillas del reloj daban las doce del mediodía, la feliz pareja, con unas cuantas bolsas encima, se encontraba buscando un lugar donde almorzar. La había notado algo callada las últimas cuadras, como si toda la emoción y energía que había tenido durante la mañana se hubiera desvanecido de un momento para otro.

 La había notado algo callada las últimas cuadras, como si toda la emoción y energía que había tenido durante la mañana se hubiera desvanecido de un momento para otro

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