Desde el Inframundo

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"El tiempo es como una tormenta que arrastra todo a su paso, y nosotros somos simples hojas en su camino" - La Momia

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•.¸¸•'¯'•.¸¸.ஐ Dos meses antes ஐ..•.¸¸•'¯'•.¸¸.

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El sol brillaba con tal intensidad que hacía que la arena de aquel desierto se sintiera como lava ardiente bajo sus pies. Levantó la vista para observar el paisaje a su alrededor, mientras secaba con su antebrazo el sudor de su frente. Aquella excavación realmente era un oasis en medio del basto desierto, más allá sólo había arena y más arena, arena que parecía brillar con el reflejo de los rayos de sol. Observó a sus compañeros, trabajaban arduamente, sin descanso. Había perdido la cuenta de cuánto tiempo había estado bajo el extenuante sol, ni recordaba la última vez que había dormido ocho horas. En El Cairo amanecía temprano, se levantaba cuando asomaba el primer rayo del sol y allí permanecía hasta que las penumbras de la noche le impedían ver con claridad. Pero el cansancio no le importaba. Aquella excavación era el primer proyecto del que estaba a cargo, era un proyecto ambicioso, que estaba segura de que daría sus frutos. Según sus cálculos, bajo sus pies se encontraba un antiguo cementerio egipcio con cientos de cámaras funerarias. Sería su primer gran descubrimiento, por fin su sueño se haría realidad, su nombre quedaría grabado en la historia.

Suspiró. Acomodó su sombrero de paja y se dispuso a volver al trabajo. Pero fue interrumpida por uno de los hombres que había estado excavando para ella.

-Disculpe, señorita Nishimura.- tímidamente, el joven se acercó a ella, mientras se quitaba el sombrero y lo sostenía con ambas manos a la altura de su pecho. Ella volteó con esa elegancia que solía caracterizarla. Elegancia que no perdía ni siquiera frente al caluroso y seco aire del desierto. El joven se sonrojó al verla. Ella tenía esa habilidad de provocar suspiros en los hombres que la rodeaban. Era una joven muy hermosa, las curvas de su cuerpo podían apreciarse a pesar de su ropa de trabajo. Su pequeña cintura y grandes caderas lucían aun en aquellos viejos pantalones blancos, manchados por la árida arena del desierto. Sus grandes pechos resaltaban en aquella camisa básica, también blanca. El blanco era el único color que lucía en los atuendos de los trabajadores de aquella excavación, era la mejor forma de darle batalla al extenuante calor. Llevaba su largo cabello castaño atado en una gruesa trenza, su sombrero de paja completaba su atuendo ese día. Ese día y casi todos los días desde que había llegado a El Cairo. Sonrió con amabilidad.

-Si, dime, Adom.

-La hemos encontrado...- Ella abrió los ojos con sorpresa, un escalofrío recorrió su cuerpo. Ni siquiera dejó al joven continuar, rápidamente se dirigió al sector de la excavación principal. El joven fue tras ella.

El lugar de la principal excavación estaba a unos cuantos metros de allí. No había estado errada en poner énfasis allí. Algo le había dicho que en ese lugar estaba la entrada al antiguo cementerio. Su intuición no había fallado.

Observó el pozo en el árido suelo del desierto. Los trabajadores estaban apuntalando el túnel que tanto trabajo les había costado. Miró hacia adentro, con algo de recelo. El joven que le había dado aviso logró alcanzarla. Se paró tras ella.

-Esta allí, señorita Nishimura. La entrada está tres metros por debajo...

-La arena debe haber sepultado la entrada. Son miles de años de tormentas de arena intensas. - Volvió a mirar hacia el interior del pozo. Estaba oscuro, pero se veía bastante profundo. Sintió algo de temor por lo que estaba pensando hacer. Pero estaba a un paso de cumplir su sueño más grande, no podía dejarse doblegar por el miedo. – Traigan el arnés, voy a bajar.

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