Olvidada por Afrodita

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"No permitas que tus heridas te transformen en alguien que no eres." -

Paulo Cohelo

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Las cortinas danzaban al compás de la brisa matutina de la mañana, permitiendo que los primeros rayos del sol se filtren por la ventana. Despertó enredada entre las sábanas de seda blanca, siendo estás su única vestimenta. Abrió los ojos con algo de dificultad, pues la luz de aquella habitación hacía que su dolor de cabeza se haga aún más intenso. Miró al hombre que dormía a su lado. Suspiró. Era el tercer compañero de cama que había tenido en lo que iba de la semana. Lo más llamativo era que el jueves apenas comenzaba.

Se sentó en la cama, llevando su mano derecha a su cabeza. El alcohol nunca era buen consejero. Era algo que solía recordar en las mañanas de resacas intensas. Miró el reloj de su mesa de luz. Apenas daban las 8. Tenía suficiente tiempo para darse una ducha y desayunar antes de ir a cumplir con sus responsabilidades laborales. Cubrió su cuerpo desnudo con las sábanas y se dispuso a despertar al hombre que dormía en su cama. Lo movió un par de veces antes de lograrlo. Al parecer a él también le había pegado el exceso de alcohol.

-¡Buenos días! - le dijo, con una sonrisa en su rostro.

-Buenos días, preciosa...- Minako se puso de pie, junto la ropa del joven que había quedado desparramada por el piso, tras una noche de pasión intensa, y la puso sobre la cama.

-Aquí tienes... Vístete y vete. - dijo con una dulce sonrisa, como si no estuviera echándolo sin rodeos.

-Oye, espera... preciosa... ¿ni siquiera nos daremos un baño juntos? - Ella sonrió.

-No...- contestó secamente.

-Pero...

-Tengo muchas cosas que hacer... será un día muy agitado...- dijo, dirigiéndose al baño. - Por favor, cierra la puerta al salir...

Se metió bajo la ducha, intentando despejar su mente. Se prometió a sí misma no volver a tomar, al menos no en esas cantidades. Pero, la realidad era que cada mañana de intensa resaca, se hacía esa promesa, sólo para volver a romperla en la noche.

Las noches de baile y alcohol se habían vuelto una constante en su vida. Aun cuando sabía que al día siguiente debía trabajar. El alcohol la ayudaba a olvidar sus problemas, quitarse, aunque sea por un rato, la mochila que llevaba sobre sus hombros, acallar el dolor de su corazón.

Ni siquiera recordaba el momento de su vida en el que había dejado de soñar con encontrar a su príncipe azul. Muchas habían sido las veces en las que había intentado encontrar al hombre correcto, pero parecía que el amor no era para ella, que los hombres sólo la buscaban para divertirse, para pasar el rato. Que ironía que la guerrera del amor haya sido olvidada por Afrodita. Por eso se había prometido así misma jamás volver a derramar ni una sola lágrima por un hombre. Ahora era ella la que los buscaba sólo para pasar el rato, los llevaba a su casa y dormía con ellos, para luego echarlos sin remordimientos.

Al salir del baño, el joven ya no estaba allí. Suspiró. Miró a su alrededor. Su cama desarmada, un pequeño escritorio con algunos libros. Su departamento se encontraba en un noveno piso, el ventanal de su habitación tenía una espléndida vista de la ciudad. Lo había comprado con ayuda de su padre. Desde entonces, se mantenía a ella misma con el dinero de su trabajo en una empresa de modas, y las ventas de sus primeros diseños. Quizás, algún día, su marca de ropa vestiría a grandes personalidades. Esa era su plan B, en el caso de no cumplir de sueño de convertirse en una cantante famosa.

De repente, sintió que la soledad le pesaba. Esa soledad que había elegido en el momento en que decidió dejar la casa de sus padres para forjar su propio camino. Esa soledad que se acentuaba con el pasar de los años, cada una de sus amigas tenía sus propias obligaciones, ya no tenían tanto tiempo para estar juntas, no como antes. Y ni siquiera Artemis estaba esa mañana en su departamento. Ni esa mañana ni ninguna otra, de hecho. El pequeño gato blanco sabía a la perfección que, cuando ella salía por las noches, volvía a su casa en compañía de algún joven, con el cual pasaba la noche. Por eso acostumbraba a ir a dormir a casa de Usagi, con su amada Luna.

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