-No,no es cierto...no puedes hacerme esto!?
-verdad zhephyra?..
-Dejate de bromas,no es divert-
-NO ES NINGUNA BROMA!"
-SOLO ME UTILIZASTE PARA CONSEGUIR EL TRONO NO ES ASI??!
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El aire en el palacio se tornó pesado, cargado de tensión y murmullos. Los acontecimientos recientes, desde las acusaciones de Lady Alina hasta su abrupta partida, parecían ser solo el preludio de algo mucho más siniestro. El caos, como una sombra, se extendía desde los muros del castillo hasta los rincones más alejados del reino.
Las primeras señales llegaron al amanecer: un destacamento de soldados fue hallado envenenado en el campamento del norte, sus cuerpos dispuestos como un macabro mensaje. Sobre la escena, grabadas en una tabla de madera con un cuchillo, estaban las palabras: "Todo reino debe caer."
Cyran reunió a su consejo en el salón del trono. Zhephyra estaba a su lado, su rostro impasible como siempre, pero sus ojos grises eran dos tempestades contenidas.
—Esto no es un accidente —dijo Cyran, su voz firme, rompiendo el murmullo del consejo—. Es una declaración de guerra contra mi reinado.
Un general anciano asintió.
—Majestad, nuestras fuentes indican que un grupo rebelde conocido como "Las Sombras de Fuego" está detrás de estos actos. Pero su alcance es mayor de lo que creíamos.
—¿Mayor? —intervino Zhephyra, con un toque de sarcasmo—. ¿Qué tan "mayor" como para infiltrarse en nuestro territorio sin que nadie lo note? ¿O acaso tenemos traidores entre nuestras filas?
El silencio cayó como un peso en la sala. Cyran observó a su emperatriz de la Alta Guardia y sintió una mezcla de admiración y frustración. Su franqueza era tan necesaria como peligrosa.
—Zhephyra tiene razón —admitió finalmente—. Investigaremos todas las posibilidades. Pero primero, reforzaremos las defensas. No habrá piedad para quienes desafíen este trono.
Dos días después, un convoy real que transportaba suministros para las tropas fue atacado en las afueras de una aldea. Los caballos fueron degollados, los soldados torturados y los suministros quemados.
Cuando Cyran y Zhephyra llegaron al lugar, el hedor de la sangre y la ceniza era insoportable. Las marcas en los cuerpos indicaban un nivel de crueldad calculado.
—Es un mensaje para ti, Majestad —dijo Dorian, examinando una de las inscripciones en la madera.
Zhephyra se agachó junto al cadáver de un soldado, su expresión más sombría de lo habitual.
—Esto no es solo una rebelión. Es un intento de sabotear el reino desde dentro.
Cyran apretó los puños, sintiendo cómo la rabia crecía en su interior.
—No permitiré que destruyan todo lo que hemos construido.
Esa misma noche, las alarmas resonaron en el palacio: cuatro sirvientes habían desaparecido, junto con dos guardias reales. Sus pertenencias fueron halladas en una de las bodegas, pero no había rastro de ellos.
Cyran convocó una reunión inmediata.
—¿Qué clase de seguridad estamos manejando? —rugió, su paciencia agotada—. ¡Exijo respuestas!
Zhephyra, en un rincón de la sala, estaba más calmada, pero sus palabras eran afiladas.
—No hay fallos en la seguridad, Majestad. Esto es algo diferente. Los secuestradores sabían exactamente a quién llevarse y cómo hacerlo. Esto fue planeado desde dentro.
El capitán de los guardias, incómodo bajo la mirada de Zhephyra, se adelantó.
—Hemos iniciado una búsqueda por todo el palacio y el territorio cercano. Si hay traidores, los encontraremos.
—Asegúrate de hacerlo —respondió Zhephyra con una frialdad que hizo que el hombre tragara saliva.
La Tortura
Al amanecer, los cuerpos de los sirvientes y guardias secuestrados fueron encontrados colgados en la plaza principal del pueblo cercano. Sus rostros estaban cubiertos, pero sus torsos desnudos mostraban cicatrices y quemaduras, prueba de que habían sido torturados antes de morir.
Una nota, escrita con sangre, colgaba de uno de los cuerpos:
"Tu reino caerá, como cayeron ellos."
Zhephyra arrancó la nota y se la entregó a Cyran.
—Están jugando con fuego.
Cyran la miró, su mandíbula apretada.
—Entonces quemaremos todo lo que encuentren sagrado.
Esa tarde, Zhephyra y Dorian encabezaron un operativo para capturar a uno de los espías que se creía estaba infiltrado en el palacio. La operación fue un éxito: un cocinero que trabajaba desde hace meses para la familia real confesó bajo presión su vínculo con las Sombras de Fuego.
En el calabozo, Cyran y Zhephyra lo interrogaron personalmente.
—¿Quién es tu líder? —preguntó Cyran, su tono glacial.
El hombre, ensangrentado y apenas consciente, levantó la mirada hacia el rey.
—El líder... está más cerca de lo que crees.
Zhephyra inclinó la cabeza, su mirada perforando al hombre.
—Si vas a morir, al menos hazlo con dignidad. Dinos lo que sabes.
Pero el hombre sonrió, mostrando dientes ensangrentados.
—El caos apenas comienza.
Sin más, mordió una cápsula oculta en su boca y cayó muerto ante ellos.
Esa noche, Cyran y Zhephyra discutieron los próximos pasos.
—Esto no es solo una amenaza —dijo Cyran, mirando por la ventana del salón del trono—. Es el comienzo de una guerra.
Zhephyra asintió, su voz baja pero decidida.
—Entonces preparémonos para enfrentarla. Y cuando encontremos a quienes están detrás de esto, que rueguen por la muerte antes de que lleguemos a ellos.
El caos reinaba, pero en medio de la tormenta, Cyran y Zhephyra demostraron ser dos fuerzas implacables, dispuestas a proteger su reino a cualquier costo.