capitulo 9°sombras del pasado

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La noche envolvía el palacio en un manto inquietante

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La noche envolvía el palacio en un manto inquietante. Los corredores estaban en silencio, pero en las sombras acechaban los demonios internos que cada uno de sus habitantes cargaba. Cyran, aunque siempre estoico, no podía escapar de los recuerdos que se alzaban como un espectro tras los recientes eventos.

Se encontraba en sus aposentos, observando un antiguo mapa del reino, sus dedos tamborileando sobre el borde del escritorio. Las palabras del espía moribundo resonaban en su mente: "El líder está más cerca de lo que crees."

Esa noche, Cyran cayó en un sueño agitado. En su mente, el pasado y el presente se entrelazaron de manera cruel. Soñó con la noche en que su familia fue asesinada: el fuego consumiendo las paredes del castillo, los gritos de su madre y la fría mirada de su padre mientras lo empujaba para que escapara.

Se vio a sí mismo como un niño de diez años, escondido en un carruaje mientras su mundo ardía. Despertó con un sobresalto, el pecho subiendo y bajando violentamente, la cicatriz en su brazo, el único recuerdo físico de esa noche, ardía como si el fuego aún estuviera allí.

Cyran se pasó las manos por el rostro, su mandíbula apretada.

—No puedes permitirte debilidades —se dijo a sí mismo en un susurro—. El pasado ya no importa.

Pero, en el fondo, sabía que no era cierto.

En otra parte del palacio, Zhephyra recorría los pasillos vacíos. Su rostro era una máscara de serenidad, pero sus pensamientos eran un caos. Los cuerpos colgados en la plaza, las marcas de tortura... todo eso había revivido memorias que prefería mantener enterradas.

Entró en los aposentos de entrenamiento, su refugio, y desenvainó su espada. Cada golpe que daba al muñeco de práctica era un intento desesperado de silenciar las voces de su pasado. La voz de su madre, rogando por piedad antes de ser ejecutada; las risas crueles de los soldados que la capturaron cuando era una niña; el dolor de cada golpe que recibió en su cuerpo joven e indefenso.

Dorian apareció en la puerta, observándola en silencio antes de hablar.

—Sigues castigándote por cosas que no fueron tu culpa.

Zhephyra se detuvo, respirando con dificultad, su espada temblando en su mano.

—No estoy castigándome —respondió con un tono más frío del que pretendía—. Estoy asegurándome de que nadie pueda tocarme de nuevo.

—Esos recuerdos no desaparecerán por más que luches contra ellos —dijo Dorian, acercándose lentamente—. Lo sé porque he estado ahí.

Ella lo miró, sus ojos grises llenos de tormenta, pero no respondió.

Más tarde, Cyran decidió caminar por los jardines para despejar su mente. No esperaba encontrar a Zhephyra sentada bajo un árbol, su espada a un lado y una mirada perdida en sus ojos.

—No sabía que buscabas compañía en la noche —dijo él, acercándose con cautela.

Zhephyra levantó la mirada, esbozando una sonrisa apenas perceptible.

—No la busco. Pero parece que la encuentro igual.

Cyran se sentó a su lado, cruzando los brazos sobre su pecho.

—¿Pensando en los muertos?

—Siempre —respondió ella, su voz carente de emoción—. ¿Y tú?

El rey se tomó un momento antes de responder.

—En los vivos. En los que aún pueden ser salvados. Pero el pasado... nunca me deja.

Zhephyra lo miró de reojo, su expresión suavizándose apenas.

—No es algo que puedas ignorar, Cyran. Lo que somos ahora se forjó en lo que sobrevivimos.

Cyran asintió, su mirada fija en el cielo estrellado.

—A veces me pregunto si sobrevivir fue un regalo o un castigo.

Zhephyra dejó escapar un leve suspiro.

—Tal vez ambos.

Los días siguientes estuvieron llenos de informes de nuevos ataques y sabotajes. Zhephyra y Cyran trabajaron juntos sin descanso, pero el peso de sus recuerdos los seguía como una sombra.

En una noche particularmente silenciosa, Zhephyra decidió romper esa barrera invisible.

—Prométeme algo —dijo, mientras revisaban un mapa estratégico.

Cyran levantó la mirada, intrigado.

—¿Qué cosa?

—Prométeme que, pase lo que pase, no dejaremos que nuestro pasado controle nuestro futuro.

Cyran la miró fijamente, comprendiendo la profundidad de sus palabras.

—Te lo prometo.

Ambos sabían que esa promesa sería difícil de cumplir, pero en ese momento, bajo el peso de sus traumas, encontraron una chispa de esperanza que iluminó brevemente la oscuridad que los rodeaba.

Sin embargo, las cicatrices no desaparecen fácilmente. Cada pesadilla, cada recuerdo doloroso, cada sombra en los pasillos del palacio les recordaba que el caos que los rodeaba no era nada comparado con el caos dentro de ellos mismos.

Y mientras el reino se tambaleaba al borde de la guerra, ambos se preparaban para enfrentar no solo a sus enemigos, sino también a los fantasmas de su propio pasado.

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