-No,no es cierto...no puedes hacerme esto!?
-verdad zhephyra?..
-Dejate de bromas,no es divert-
-NO ES NINGUNA BROMA!"
-SOLO ME UTILIZASTE PARA CONSEGUIR EL TRONO NO ES ASI??!
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El alba apenas despuntaba cuando Cyran se adentró en la gran sala del consejo. Los estragos de la batalla aún eran evidentes: el aroma a cenizas persistía en el aire, el mármol estaba manchado de sangre seca y los tapices rasgados colgaban como espectros de una gloria perdida.
Habían pasado solo dos días desde la traición, pero el reino no tenía tiempo para lamentaciones.
Zhephyra ya estaba allí, sentada sobre la mesa de estrategia con las botas sucias apoyadas sobre un viejo mapa del reino. Su expresión, a pesar del cansancio, era la misma de siempre: desafiante, indomable.
—Vaya, majestad, qué alegría verlo en pie —dijo con sarcasmo, sin moverse de su posición.
Cyran exhaló, conteniendo el comentario mordaz que le quemaba la lengua.
—No tengo tiempo para tus bromas, Zhephyra. Hay asuntos urgentes.
Ella le dedicó una sonrisa ladina.
—Yo tampoco, pero aún así las hago.
Ignorándola, se giró hacia los soldados y nobles que habían sobrevivido a la masacre. Las miradas que lo rodeaban estaban cargadas de incertidumbre.
—Lo primero es asegurarnos de que ningún otro traidor quede con vida —declaró Cyran—. Hemos ejecutado a los cabecillas, pero sabemos que no actuaron solos.
—Interrogamos a algunos de los prisioneros —intervino Darius—. No dijeron mucho… al principio.
Cyran lo miró en silencio. Darius no era un hombre que se anduviera con rodeos. Sabía exactamente lo que quería decir: alguien había hablado… de la forma más dolorosa posible.
—Y bien —dijo Cyran con calma, apoyando las manos sobre la mesa—, ¿quién más está implicado?
Darius intercambió una mirada con Zhephyra, quien se encogió de hombros.
—Digamos que la lealtad de ciertos nobles es cuestionable —respondió ella, mirando sus uñas con fingido desinterés—. Pero, oh, qué sorpresa… algunos nombres que esperábamos aparecieron en la lista.
Cyran sintió una punzada de desagrado.
—¿Lady Alina?
Zhephyra le dedicó una sonrisa burlona.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que las mujeres con exceso de perfume y vestidos con demasiado encaje no son de fiar?
Cyran la ignoró.
—¿Tienes pruebas?
—No todavía —reconoció Darius—. Pero sí sabemos que su padre tuvo reuniones secretas con varios de los traidores en los meses previos.
Cyran cerró los ojos un segundo, sintiendo la ira acumulándose en su interior.
—Si intentó traicionarme, lo pagará.
Zhephyra rió suavemente.
—Si no lo intentó, igual lo pagará. La muy estirada lleva semanas intentando clavarme un puñal en la espalda… aunque, honestamente, lo haría con más gusto en el tuyo.
Cyran le dedicó una mirada seca.
—No me subestimes, Zhephyra. Estoy acostumbrado a serpientes como ella.
La guerrera se inclinó un poco más sobre la mesa, mirándolo fijamente.
—No, Cyran. No lo estás.
No pasó ni una hora antes de que un mensajero llegara con el anuncio: Lady Alina había regresado al palacio… con su padre.
—Perfecto —murmuró Zhephyra con sarcasmo, poniéndose de pie—. Justo lo que necesitábamos: una visita perfumada y llena de veneno.
—Haré esto a mi manera —le advirtió Cyran, alzando una ceja.
Zhephyra fingió inocencia.
—Oh, no te preocupes, majestad. Solo miraré… y me reiré cuando sea necesario.
Cuando Alina entró en la sala, todo en ella irradiaba una falsa dulzura. Su cabello dorado estaba perfectamente arreglado, su vestido azul celeste sin una sola arruga, y su expresión, esa sonrisa calculada, no ocultaba del todo la satisfacción de haber regresado.
—Majestad —dijo, haciendo una reverencia elegante—. Me temo que han llegado rumores terribles hasta mi familia… rumores que manchan mi nombre y el de mi padre.
—Rumores que parecen tener más verdad de la que te gustaría admitir —respondió Cyran fríamente.
Lady Alina sonrió, con una inocencia fingida.
—¿Acaso me acusas de algo, majestad?
Cyran no respondió de inmediato. Alina avanzó unos pasos, con la delicadeza de un depredador.
—Cyran, hemos sido amigos desde niños. ¿Acaso crees que podría traicionarte?
Él la miró sin parpadear.
—No lo sé, Alina. Dime tú.
Hubo un silencio tenso.
—Yo solo quiero estar a tu lado —susurró ella, bajando la mirada con aparente timidez—. Como siempre ha sido.
Zhephyra bufó en voz baja, cruzándose de brazos.
—Dioses, qué actuación tan barata.
Alina apretó los labios y, por primera vez, dejó ver un destello de furia en su mirada.
—¿Podrías callarte? —le espetó.
Zhephyra le dedicó una sonrisa venenosa.
—Podría… pero no lo haré.
Cyran sintió un dolor de cabeza inminente.
—Alina, deja de jugar —dijo con dureza—. ¿Viniste a defenderte o a coquetear?
La joven se mordió el labio, claramente frustrada.
—Solo quiero que sepas que siempre te he apoyado —susurró, inclinándose un poco más hacia él.
Cyran no se movió, pero sintió la incomodidad de la situación.
Entonces, antes de que Alina pudiera hacer algo más, la puerta se abrió de golpe.
—Majestad —anunció un guardia—, hemos recibido una carta.
El soldado avanzó y le entregó un pergamino. Cyran lo desplegó, su mirada endureciéndose al leer las palabras escritas con sangre.
"La traición solo ha comenzado. No confíes en nadie. Te observamos."
Silencio.
Zhephyra fue la primera en hablar.
—Bueno… esto se pone interesante.
Lady Alina palideció.
Cyran cerró el puño en torno a la carta.
—Que nadie salga del palacio —ordenó, con voz helada—. A partir de este momento, todos son sospechosos.