capitulo 10 ° las serpientes atacan el nido

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La atmósfera en el palacio era densa, cargada de una tensión que parecía crecer con cada día que pasaba

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La atmósfera en el palacio era densa, cargada de una tensión que parecía crecer con cada día que pasaba. Zhephyra lo notaba, lo sentía en cada mirada esquiva, en cada susurro que se detenía al pasar. Había aprendido a confiar en su instinto, y ahora gritaba que algo no estaba bien.

Aquella noche, mientras supervisaba los preparativos para una incursión en las fronteras, un mensajero llegó jadeando al salón de guerra.

—¡Mi señora! ¡El Rey está en peligro!

Zhephyra no dudó. Dejó caer los mapas que sostenía y salió corriendo hacia los aposentos de Cyran, su espada resonando contra su armadura con cada paso.

Al llegar, la escena la golpeó como un balde de agua helada. La guardia real, su guardia, estaba en medio de una pelea brutal. Los traidores, hasta ahora ocultos, habían revelado sus colores. Algunos soldados que Zhephyra había considerado leales luchaban codo a codo con hombres desconocidos.

En el centro del caos, Cyran peleaba con una ferocidad que igualaba su rango, pero estaba rodeado.

—¡Protéjanlo! —rugió Zhephyra, lanzándose al combate.

Su espada se cruzó con la de un traidor, un hombre al que había entrenado personalmente. Sus ojos ardían de odio, pero su voz era fría como el acero.

—Eras una inspiración para mí, Zhephyra, pero estás del lado equivocado de esta guerra.

Ella no respondió con palabras, sino con un golpe que lo obligó a retroceder.

—¡Si crees que traicionar al Rey te salvará, eres más estúpido de lo que pensé!

La pelea escaló rápidamente. Los gritos de los traidores se mezclaban con los insultos de los leales. Zhephyra avanzaba como un torbellino, su espada danzando con precisión mortal. Uno a uno, los traidores cayeron, pero entonces, un enemigo más formidable apareció: Bastian, un excomandante de la alta guardia que había sido desterrado por Cyran.

—Siempre supe que eras peligrosa, Zhephyra —dijo él, con una sonrisa torcida mientras desenvainaba una espada negra como la noche—. Pero ahora veremos si esa fama es merecida.

Zhephyra apretó los dientes.

—¿Tú? Siempre tan cobarde que preferiste el exilio antes que aceptar tus errores.

—¿Y tú? —replicó él, con un tono burlón—. Una marioneta que no puede ver que sirve a un rey condenado.

Sin más palabras, se lanzaron el uno contra el otro. Bastian era fuerte, más de lo que Zhephyra recordaba, y sus ataques eran implacables.

El primer golpe de su espada cortó la parte superior de su armadura, y un hilo de sangre comenzó a correr por su brazo.

—¿Te rindes? —preguntó él, sonriendo con desprecio.

Zhephyra se limpió la sangre de la mejilla con el dorso de la mano.

—Cuando estés muerto, tal vez lo considere.

La batalla continuó. Cada golpe que recibía era un recordatorio de lo que estaba en juego, pero no se permitió flaquear. Finalmente, con un giro inesperado, logró desarmar a Bastian, clavando su espada en su abdomen.

—Esto... no termina aquí —susurró él, antes de desplomarse.

Zhephyra, ahora herida y jadeando, buscó a Cyran entre el caos. Lo encontró luchando contra dos hombres al mismo tiempo.

—¡Cyran! —gritó, su voz cortando el ruido.

Él giró la cabeza hacia ella, sus ojos celestes llenos de rabia y preocupación.

—¡¿Estás bien?!

—No importa. Tenemos que irnos.

Zhephyra lo agarró del brazo, ignorando el dolor en su costado, y comenzó a guiarlo hacia la salida secreta del palacio.

—Hay un pasaje en las catacumbas —dijo, sin detenerse—. Es el único lugar seguro ahora.

Los soldados leales que quedaban los siguieron, cubriendo su retirada mientras Zhephyra se aseguraba de que Cyran no se detuviera.

Finalmente, llegaron a una entrada oculta detrás de un tapiz desgastado.

—¡Adentro! —ordenó Zhephyra, empujando al Rey y a los soldados.

Ella fue la última en entrar, cerrando la puerta tras de sí mientras los gritos de los traidores resonaban en los pasillos del palacio.

Una vez dentro, Zhephyra se dejó caer contra la pared, su respiración entrecortada y su armadura ensangrentada. Cyran se arrodilló a su lado, sus ojos recorriéndola con preocupación.

—Estás herida.

—Nada grave —respondió ella, con un tono firme que no admitía discusión.

Pero el dolor en su costado le decía lo contrario. Aun así, no se permitió mostrar debilidad.

—Esto no ha terminado —dijo ella, levantándose con dificultad—. Pero al menos estamos seguros por ahora.

Cyran la miró, su rostro endurecido por la gravedad de la situación.

—Te debo la vida, Zhephyra.

Ella esbozó una sonrisa cansada.

—No me debes nada. Esto es solo el comienzo.

Mientras los soldados se asentaban en las catacumbas, Cyran y Zhephyra intercambiaron miradas llenas de determinación. El reino estaba bajo ataque desde adentro, y ambos sabían que no podían confiar en nadie más que en ellos mismos.

Pero incluso en ese momento de aparente calma, Zhephyra sentía que algo más estaba por venir. Algo peor.

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