Capitulo 11° Las sombras de los traidores

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Las catacumbas estaban frías, húmedas y casi sofocantes

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Las catacumbas estaban frías, húmedas y casi sofocantes. Los soldados se acomodaban en silencio, algunos limpiándose las heridas, otros compartiendo miradas llenas de duda. Zhephyra estaba sentada contra una pared de piedra, con el brazo apoyado en su costado ensangrentado, mientras Cyran caminaba de un lado a otro, su frustración y rabia evidentes.

—Esto no puede estar pasando —murmuró él, deteniéndose frente a ella—. Traidores en el palacio, hombres que creía leales...

Zhephyra lo miró, su expresión tan imperturbable como siempre, aunque el dolor era evidente en sus ojos grises.

—Bienvenido al mundo real, su majestad. La lealtad es un lujo caro, y algunos prefieren venderla al mejor postor.

Cyran frunció el ceño, pero no respondió. Sabía que ella tenía razón, aunque odiaba admitirlo.

Después de un rato, Cyran llamó a una reunión con los soldados que quedaban. Zhephyra se levantó a pesar de sus heridas, apoyándose en la mesa improvisada donde habían colocado un mapa del reino.

—Necesitamos saber cuántos hombres nos quedan —dijo Cyran, mirando a sus guardias—. Y quiénes podemos considerar aliados fuera del palacio.

Uno de los soldados habló, su voz cargada de preocupación.

—Mi señor, los traidores han tomado el control de las puertas principales del castillo. Si intentamos salir, nos detectarán de inmediato.

Zhephyra interrumpió, con un tono frío y decidido.

—Entonces no saldremos por las puertas. Las catacumbas tienen varias salidas ocultas que conducen fuera del castillo. Pero primero, necesitamos saber quiénes más están involucrados en esta traición.

Cyran asintió, aunque su mandíbula estaba tensa.

—Eso significa enviar a alguien de vuelta al palacio.

Los soldados intercambiaron miradas nerviosas, pero Zhephyra dio un paso adelante.

—Yo iré.

—¡No! —exclamó Cyran, golpeando la mesa con el puño—. Estás herida, Zhephyra. No voy a permitirlo.

Ella lo miró fijamente, su mirada desafiante.

—¿Y quién más irá, su majestad? ¿Uno de sus soldados asustados? Soy la única que conoce las catacumbas y el palacio como la palma de mi mano.

Cyran abrió la boca para protestar, pero no encontró palabras. Finalmente, suspiró con frustración.

—Muy bien, pero no irás sola.

Zhephyra soltó una risa seca.

—¿Qué pasa, Cyran? ¿Tienes miedo de que me pierda?

—Tengo miedo de que te maten, Zhephyra —respondió él, con una intensidad que la tomó por sorpresa.

Por un momento, el aire entre ellos se volvió más pesado. Pero Zhephyra se giró rápidamente hacia el mapa, rompiendo la tensión.

—Necesito un pequeño equipo. Lo demás lo manejo yo.

Zhephyra seleccionó a tres soldados para acompañarla, hombres que había entrenado personalmente y en quienes confiaba plenamente.

Mientras avanzaban por los oscuros túneles de las catacumbas, el silencio era casi insoportable. Cada paso resonaba como un eco de las dudas y temores que cargaban.

Uno de los soldados, Marcus, intentó romper la tensión.

—Mi señora, ¿alguna vez pensó que terminaríamos escondiéndonos en las catacumbas como ratas?

Zhephyra le lanzó una mirada mordaz.

—Si me hubieras escuchado hace meses, Marcus, tal vez no estaríamos aquí.

Otro soldado, Darius, se rió entre dientes.

—Es cierto. Si hay algo que aprendimos es que siempre tienes razón, Zhephyra.

Ella rodó los ojos, aunque no pudo evitar una pequeña sonrisa.

—Finalmente lo admites. Lástima que lo hagas cuando estamos al borde del caos.

Cuando llegaron al palacio, la vista era devastadora. Las llamas habían consumido parte de las torres, y los cadáveres de los leales y traidores yacían esparcidos por el suelo.

Zhephyra apretó los dientes, su ira burbujeando bajo la superficie.

—¿Qué demonios pasó aquí? —murmuró Marcus.

—La traición siempre deja cicatrices —respondió Zhephyra, con voz amarga—. Y estas son las nuestras.

Mientras se deslizaban por los pasillos oscuros, Zhephyra comenzó a escuchar murmullos. Se detuvo, levantando una mano para silenciar a los soldados.

—Hay alguien aquí —susurró.

Doblando una esquina, se encontraron con un grupo de traidores reunidos en la sala del trono. Uno de ellos estaba dando órdenes, pero lo que llamó la atención de Zhephyra fue el rostro de Edwin, un hombre que había servido como consejero cercano al Rey.

—Edwin... —susurró ella, sintiendo una mezcla de furia y traición.

Darius la miró, sus ojos llenos de confusión.

—¿Él también?

Zhephyra apretó los puños.

—Sí, y ahora pagará por ello.

Antes de que los traidores se dieran cuenta, Zhephyra y su equipo los atacaron, aprovechando el elemento sorpresa. La pelea fue rápida y brutal, pero Edwin logró escapar, dejando a Zhephyra furiosa y decidida a atraparlo.

Cuando regresaron a las catacumbas, Zhephyra informó a Cyran de lo que había descubierto.

—Edwin es uno de los líderes de la traición —dijo, con voz fría—. Y no descansaré hasta verlo muerto.

Cyran la miró, sus ojos llenos de una mezcla de gratitud y algo más profundo.

—Gracias, Zhephyra. Por todo.

Ella asintió, aunque su mente estaba en otra parte. Sabía que esto era solo el comienzo y que las sombras de la traición seguían acechando.

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