Capitulo 13 °El precio de la corona

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El aire estaba cargado de tensión y el olor metálico de la sangre impregnaba la entrada de las catacumbas

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El aire estaba cargado de tensión y el olor metálico de la sangre impregnaba la entrada de las catacumbas. Cyran sintió un peso sofocante sobre sus hombros mientras observaba a los soldados heridos y a los cuerpos de los traidores caídos. A su lado, Zhephyra apenas se mantenía en pie, su respiración irregular, el sudor y la sangre cubriéndola.

No sabía qué lo perturbaba más: el hecho de que habían sido traicionados desde dentro o la visión de Zhephyra en ese estado, al borde del colapso pero con la mirada aún llena de determinación.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Marcus, con la voz ronca.

Cyran asintió, pero sus ojos seguían fijos en Zhephyra.

—¿Puedes caminar? —preguntó, sabiendo que la respuesta sería una burla o un comentario sarcástico.

—Por supuesto —respondió ella, enderezándose a pesar de la herida en su costado—. ¿Acaso me ves hecha polvo?

Cyran arqueó una ceja.

—Sí.

Zhephyra soltó una risa seca y rodó los ojos.

—Pues qué lástima. No tengo tiempo para caerme.

El grupo comenzó a moverse por los pasadizos secretos que llevaban fuera del palacio. Cyran iba al frente, con su mano sobre la empuñadura de su espada, sintiendo la presión de cada decisión en sus hombros.

No podía confiar en nadie más que en los que estaban con él en ese momento. Su propia corte estaba llena de serpientes, y ahora lo sabía con certeza.

—¿En qué piensas, Cyran? —preguntó Darius en voz baja, caminando a su lado.

Cyran no respondió de inmediato. Sus ojos viajaron hasta Zhephyra, que se mantenía unos pasos detrás, intercambiando comentarios con Marcus y Dorian. A pesar del cansancio, su actitud no mostraba debilidad.

—Pienso en que nos han estado manipulando durante más tiempo del que imaginamos —respondió al fin—. Pienso en que casi todos terminamos muertos esta noche.

Darius suspiró.

—Y también piensas en ella.

Cyran le lanzó una mirada afilada.

—No es el momento.

—¿Cuándo lo será? —Darius sonrió de lado—. No soy ciego, majestad.

Cyran apretó los dientes y siguió caminando.

Cuando finalmente salieron a la superficie, Cyran sintió una punzada en el pecho al ver su reino.

El palacio, que había sido símbolo de estabilidad, ahora era un desastre. Las llamas habían consumido parte de las estructuras, y los cuerpos de los guardias fieles caídos yacían en los patios.

El caos aún no terminaba.

Un grupo de soldados enemigos intentaba tomar control de la zona, pero los leales a la corona estaban resistiendo.

—¡Vamos! —rugió Cyran, desenfundando su espada y corriendo hacia la batalla.

Zhephyra no se quedó atrás. A pesar de sus heridas, se lanzó contra los atacantes con la misma ferocidad de siempre.

Cyran peleaba con rabia, su espada abriéndose paso entre los traidores, su ira alimentada por la traición, la desesperación y la certeza de que esta guerra apenas comenzaba.

Cuando la batalla terminó, su reino seguía en pie, pero apenas.

Zhephyra se dejó caer sobre una fuente de piedra, limpiando su espada con un paño.

—Bueno —dijo con sarcasmo—. Esto fue divertido.

Cyran soltó un suspiro.

—Si esto es divertido para ti, necesito reconsiderar mi percepción de la locura.

Zhephyra sonrió de lado, pero su expresión se tornó seria cuando miró el palacio destruido.

—¿Qué sigue, majestad?

Cyran la miró fijamente, con el peso del mundo sobre sus hombros.

—Ahora, terminamos lo que empezamos.

Este era solo el principio.

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