La plaga

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Varios días estuvo Dante en el Congo, examinando los distintos lugares buscando cualquier pista.

—¡Joder! — exclamó frustrado —¡Odio este país!¡Si tuvieran unas putas alcantarillas, sería más fácil encontrar alguna pista!

—Tu olfato es el mejor que he llegado a conocer — le dijo Jane intentando que no se enfadara.

—Cada manzana tiene un cagadero comunitario y la gente vacía la maldita fosa séptica en la calle y en los ríos. Eso camufla los olores de los homúnculos, que desprenden un olor a muerte y putridez — contestó limpiándose la nariz con un espray —. Lo único relevante que hemos encontrado han sido las fosas comunes de los narcos. Las he comparado todas, las he juntado y tampoco forman patrones o agrupaciones energéticas.

Tras quince años de una guerra civil y ocho años de guerras con sus vecinos, las infraestructuras de ese gran parte del país habían sido devastadas. Difícilmente, si la ciudad no contaba con grandes edificios de apartamentos, pues lo más seguro es que no tuviera ni el presupuesto para reconstruir las alcantarillas ni la necesidad o ganas de escuchar la voluntad del pueblo.

Dante odiaba estar en esos pueblos. El olor le molestaba mucho la nariz. En las contadas veces que llego a estar en algún país del África subsahariana, los pueblos tenía protocolos claros, lo más común era quemar todos esos excrementos en grandes fosos de hormigón armado junto a un camión entero de queroseno. Generaba un olor asqueroso, pero era mejor que contaminar los ríos o dejarlos podrir en las fosas sépticas,

Intentar quemar esas fosas era imposible, no solo por lo llamativo que sería, sino porque la mayoría podían derrumbarse los fosos, creando boquetes de varias decenas o cientos de metros de ancho si se daba el caso de que la gente conectara varias fosas, haciendo galerías de podredumbre y enfermedad.

Las fosas comunes eran huecos de hormigón armado llenos de muertos y cal, en el mejor de los casos, en el peor, es una montaña de cuerpos desnudos con ropa alrededor y una hilera de cuerpos vestidos que eran despojados de sus pocas pertenencias y dignidad; lo que servía se lo llevaban y lo que no, lo dejaban tirado.

—Lydia siempre decía, que donde huele a muerte, las moscas vuelan y los ríos se pudren...

—Hay un homúnculo cerca — interrumpió Jane.

—No, "... Nacen las enfermedades, / se escuchan suplicas/ y las madres lloran los hijos/ que el guerrero invisible segó con su hedor"— recitó mientras le dio un par de suaves golpes a su cajetilla de tabaco —. La muerte no trae a los homúnculos, los homúnculos atraen la muerte y las enfermedades. Sus olores no son reales, son metafísicos.

—No entiendo — le contestó robándole un cigarrillo.

—Los olores son señales químicas que viajan por un medio — respondió encendiendo los cigarrillos —. Puede ser por un elemento, como el hierro en la sangre; un ácido, como el hidruro de azufre del huevo podrido; una sal como el salitre; un componente alcalino como el cloro de una piscina... o lo típico, la grasa de los alimentos como el mentol de la menta o la grasa del tocino caliente.

—¿Y los olores metafísicos?

—Las personas que hemos adquirido el olfato de los perros de caza, sea por vampirismo o licantropía, como me paso a mí; por talento alquímico o por entrenamiento espiritual, pueden sentir los olores metafísicos. Estos olores son los que emite un alma ante ciertos estímulos o porque ella misma produce ese olor de manera normal... Los vampiros huelen a carne podrida, los licántropos a perro mojado.

—¿Y los estímulos?

—Eso es más complicado, usualmente lo asociamos a lo que más vemos que produce ese olor. Olor a muerte, olor a tristeza, olor a sexo...

Tras decir eso, Dante se vuelve a subir al coche, no sin antes tirar el cigarrillo, prende la radio y sintoniza la primera emisora de música.

—Los homúnculos huelen a odio y muerte, si desease encontrarlo ante toda esta combinación de olores, tendría que minimizar los olores del exterior y buscar que olores vienen mediante los canales metafísicos... El tabaco tapa un poco los olores físicos.

—Y ¿Cómo piensas encontrar y "aislar" los olores metafísicos?

—Así

Una sensación a limpieza inunda el coche, el mismo olor de una sala completamente estéril, y una onda expansiva levanta una enorme cantidad de polvo lentamente y de manera intimidante.

El mundo se ralentizó de repente. Jane lo veía claramente, Dante todavía conservaba su talento para el rastreo. Al igual que cuando vivían en la Academia, era difícil que algo se le escapara.

Se hizo un silencio sepulcral, seguido de la fuerte inhalación nasal y una sonora arcada que provoca que el polvo vuelva a caer y el tiempo tome su curso. El vómito alertó que algo muy malo estaba pasando.

—¿Los encontraste? —preguntó ella mientras veía a Dante vomitar.

—Pakistán...

—¿Qué?... ¿Qué tiene que ver Pakistán con...

—Va a pasar lo mismo que pasó en Pakistán... La plaga de Perrault... Avisare a la Academia y que se proceda a con el protocolo Gomorra.

—El protocolo Gomorra ha sido proscrito.

—Es la misma plaga que en Pakistán, por la que estuve una buena temporada en un moridero. ¡Es obvio que necesitamos activar el protocolo Gomorra!

—Procederé a informar para activar el protocolo Sodoma.

Después de haberse realizado seis genocidios de al menos treinta mil personas cada uno, las academias proscribieron el antiguo protocolo Gomorra y llegaron a una actualización de métodos para evitar la transmisión de las conocidas como "plagas", enfermedades que transgreden las capacidades físicas y cuyo control es arbitrario. ¿Única solución? El exterminio.

Plagas como "El pecado negro" que volvía solida toda la sangre y la torna de un color negro o "La peste de Lázaro del año 2020" donde una enfermedad convertía a la gente en zombis, pero sin dañar la estructura cerebral como otras enfermedades; provocaron en su momento la muerte de cerca de la mitad de la población mundial y fue su cercanía a mundo metafísico lo que provocó que diversos grupos se asociaran para crear los protocolos para el control de esas plagas, tales como el protocolo Numancia, el protocolo Jericó o el protocolo Gomorra.

El nuevo protocolo era, aparte de contundente, aterrador. Ya no eran necesarios los escuadrones de la muerte que se aseguraran que se había descontaminado la zona. El protocolo Sodoma lanzaba unas bombas luminosas e, indiferentemente de quien estuviera en su rango de acción, el ser afectado por la radiación de esta convertirá el cuerpo en una estatua de sal, a veces de forma rápida, otras veces de forma lenta y agónica.

Pero hubo algo que marco una diferencia, un cambio en la dirección del viento más allá del alcance del hechizo...

Abriendo puertasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora