SIENNA
Una vez te metes en el mundo de la milicia, sabes perfectamente que tu vida puede acabar en cualquier momento. Te encontrabas en la cuerda floja. En cada misión, cada circunstancia, tenías la incertidumbre de no saber si podrás volver a casa para ver a tu familia y seres queridos. Elegí ese oficio por amor al arte. La oportunidad de ayudar a otras personas, de luchar contra la injusticia y de obligar al enemigo a cumplir con la ley. Ese había sido siempre mi objetivo. Pero los militares no éramos invencibles. No éramos inmortales, y pude comprobarlo en el mismo instante en el que Alek Novikov se levantó de la cama con fuerza, con la furia irradiando por cada uno de sus poros y con un arma apuntando a mi frente.
Mi cuerpo estaba contra la puerta, cerrada. No había escapatoria. Iba a morir. Me iba a matar la mano derecha del Vor de la Bratva y no podía remediarlo. Había una neblina en mi cerebro que cegaba todas y cada una de las ideas de escape que podía llegar a ejecutar. Tenía miedo. Todo el mundo lo tenía, los militares lo tenían, incluso Novikov podía llegar a tenerlo. Pero, en ese momento, la que estaba entre la espada, o más bien la pistola, y la pared, era yo.
Se acercó a grandes zancadas, primero rápido, luego más despacio, hasta que el cañón del arma que empuñaba intentaba atravesarme el cráneo y su rostro estaba a escasos centímetros del mío.
-¿De verdad creías que podías engañarne? -susurró contra mi boca. Negué con la cabeza, con la vista en el suelo-. Tenías una orden. Una sola orden, que era volver a la habitación. En cambio, me encuentro a dos de mis compañeros muertos en medio del pasillo.
Tragué saliva, sin atreverme a abrir la boca. Sabía que, si lo hacía, dispararía y todo se acabaría. En realidad, la idea suicida de escapar, de que todo terminase de una vez, a través de un disparo en la cabeza era la idea más tentadora en la que podía pensar en ese momento. Y la única. Porque me había quedado en blanco.
-No vas a salir -comenzó Alek empujando mi cabeza hacia atrás con el arma. Me dio un cabezazo contra la puerta, fuerte, doloroso, que me hizo cerrar los ojos y me dejó bastante aturdida-. No volverás a desacatar una orden. Harás lo que yo te diga, unica y exclusivamente dentro de estas cuatro paredes.
Se alejó, cogiéndome del brazo. Me arrastró hasta la cama y me tiró sobre ella. Abrí la boca para hablar, pero no me salían las palabras. Era como si las tuviera atascadas en la garganta, como si un nudo evitase que se deslizaran y salieran por mi boca. Tragué saliva, respirando profundamente para no cometer otra estupidez que me llevase directamente a la tumba.
-Voy a arreglar el desastre que has causado -informó, abriendo la puerta. Sus ojos azules intensos y eléctricos se clavaron en los míos-. No voy a ser tan bueno la próxima vez. A la próxima, yo mismo te pegaré un tiro en la frente.
Dicho eso, cerró de un portazo, dejándome con la palabra en la boca y los oídos casi taponados de la furia que mi cuerpo emanaba. Me levanté lentamente, quitándome los tacones y andando con cuidado hacia la puerta. Escuché a Alek hablar con los gorilas de la puerta, no me hacía falta saber ruso para entender lo que les había dicho: no la dejéis salir de aquí.
Me quité la ropa, asqueada por la forma en la que me había visto obligada a rebajarme delante del líder de la Bratva y sus secuaces. Además, el hecho de que Novikov estuviera tan obsesionado conmigo era algo que le causaba demasiada gracia al Vor. Tuve tentación de arrancarme el vestido y hacerlo trizas, coger unas tijeras y dejarlo hecho jirones sobre la cama como símbolo de revelación contra Novikov. El pecho se me encogió al imaginarme aquel vestido completamente destrozado, pero ese conjunto estaba pagado con sangre, lágrimas y todas las cosas turbias e ilegales con las que consiguiera dinero esta gente. Saqué el plano que conseguí en la habitación de antes, el cuál había escondido entre mi ropa interior. Una vez fuera, enterré el conjunto en el armario ropero que ocupaba una pared completa del dormitorio. Lo arrugué y lo metí de cualquier forma en el mueble, zapatos incluidos, cerrando las puertas antes de que me cayera encima. No era lo que yo había imaginado, pero al menos podría contar como un acto de rebeldía ante Alek, teniendo en cuenta lo pulcro y arreglado que solía ir siempre. Me desnudé completamente, dejando la ropa interior tirada por el suelo, me hice un moño aprovechando la coleta que ya tenía hecha y me metí en la ducha, cogiendo el monomando con la mano y dirigiéndolo por mi cuerpo.
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SIENNA CARUSO
Teen FictionLibro II de la saga "Tentación Italiana". Teniente Sienna Caruso. Hija del mafioso más temido de la Sacra Corona Unitá, cosa que ella no sabe. A su parecer, solo es la hija del multimillonario más poderoso de Italia. Decidió cumplir su sueño: formar...
