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KILLIAN

La última palabra siempre la había tenido mi padre. Sus exigencias eran tan imposibles como peligrosas, y que ni se te ocurriera desobecerle. La última vez que lo hice... bueno. Terminé con la cara rajada de un lado a otro y no me quedé ciego de milagro, tuerto por muy poco. A Vitali Vólkov no se le podía desafiar, y menos desobedecer.

—Cuando seas padre hablamos —me dijo una vez—, hasta entonces da gracias que deje que te quedes bajo mi techo. Sabes por qué estás aquí, ¿verdad? Tu madre no te soporta.

Tuve que mantenerme callado. Me mordí la lengua hasta que el sabor a cobre invadió mi boca.

—¿De verdad crees que eres alguien? —preguntó con esa voz que dejaba claro que habia estado bebiendo. Arrastraba las palabras y apenas podía mantener los ojos abiertos. Con suerte querría librarse rápido de mí y me dejaría en paz el resto del día—. No eres nada. No eres nadie. Ni siquiera tenías que haber nacido. Pero aquí estás. Y eres una vergüenza.

No pude aguantarlo más, me levanté de la silla y abandoné el despacho a paso ligero. Ese fue mi gran error. Escapar, eso era lo que mi padre odiaba con todas sus fuerzas. A los cobardes. Por eso estuvo tan enfadado al día siguiente, y por eso terminé con la cara desfigurada para el resto de mi vida.

—¡Vólkov!

Elevé la cabeza tan rápido que por poco me dio un tirón en el cuello. Tuve que contener una mueca de dolor mientras me fijaba en Reid.

—Comandante —respondí, un tanto airoso. Él entrecerró los ojos en mi dirección.

Me había sentado en una silla, en la sala de reuniones, justo cuando terminó la prueba de Caruso. Apoyó las manos sobre la mesa, hundiendo la cabeza hacia abajo con gesto derrotado, soltando un largo suspiro.

—Usted no puede estar aquí —dijo—. Ya lo hemos hablado.

Me encogí de hombros, sin moverme de la silla. No respondí y me limité a mirarle a los ojos para que entendiera de una vez por todas que no pensaba irme de allí. La reunión continuó. Tuvieron que mover algunos hilos para que Caruso pudiera entrar en el helicóptero de rescate.

—Partiremos mañana por la mañana, a las seis y media, ¿alguna duda?

Todos nos quedamos en silencio. Miramos al comandante esperando la orden de irnos. Los que participarían en el rescate eran las amigas de Sienna, los capitanes de cada una, el ex novio y su padre.

<<Y yo, ¿qué? Joder>>, pensé.

Nuestro superior levantó la mano, esa fue la señal para levantarnos e irnos a por la cena. Cuando salí de la sala vi como Caruso se concentraba en su teléfono movil y Vettori se acercaba a él. Leone le hizo un gesto con la mano, llevándose el teléfono a la oreja. El resto de personas ya se habían retirado al comedor de la central, en ese pasillo solo quedábamos nosotros tres. Vettori me vio y caminó hacia mí con el mentón en alto. Me apoyé contra la pared, con los brazos cruzados.

—¿Y ahora qué quieres? —pregunté.

—Que te alejes de mi suegro.

Se me escapó una pequeña carcajada. Me puse una mano en el oído, haciendo como que no le había escuchado bien.

—Perdona, ¿tu qué?

Vettori soltó un bufido. Estaba consiguiendo cabrearlo. Bien, con suerte lo pondría de mal humor y terminaría la noche con un ojo morado.

—Es el padre de mi novia, imbécil —respondió elevando aún más la barbilla. <<Ojalá se rompiese el cuello>>, pensé. Entonces, vi de reojo que Leone colgaba la llamada y venía hasta nosotros. Vettori, al estar de espaldas a él, ni se inmutó-. Un poco más de respeto.

SIENNA CARUSODonde viven las historias. Descúbrelo ahora