23

264 17 1
                                        

KILLIAN

Por primera vez en mis veinticinco años de vida, alguien me había dejado sin palabras.

—¿Piensas quedarte mudo toda la vida? —preguntó, con burla. Esta no era la Sienna que yo había conocido. No sonaba para nada inocente, pulcra e ingenua, no. Era letal. Sonaba como una asesina—. Bien, entonces hablaré yo. Quiero un rescate. Y lo quiero ya. Si no, me cargaré a todos los secuaces de tu padre. Tú eliges.

Se me paró el corazón. Lo sabía. Ella lo sabía, joder.

—¿De qué hablas, Sienna? —pregunté, intentando aparentar tranquilidad, mientras cerraba aún más los dedos alrededor del arma que aún sostenía. Si aparecía alguien, quien fuera, juro que dispararía sin siquiera pararme a verlo.

Ella soltó una carcajada, propia de una lunatica. Dios, ¿qué la había hecho ese puto depravado ahí dentro?

—¿De qué hablo? -preguntó con tono burlón—. Hablo de ti, de tu padre y de tu... prometida.

Mierda. Cerré los ojos con fuerza y apreté los labios hasta crear una fina linea con ellos. Se había enterado.

—Al parecer Jade también está en el ajo, ¿eh? —comentó, con un deje molesto en la voz. Bueno, al menos sabía que la importaba, aunque fuera un poco—. ¿El plan siempre había sido terminar casado con alguien o es que ella te ha obligado mientras estábais echando un polvo?

Chistó la lengua y continuó hablando, sin dejarme si quiera explicarle nada.

—La verdad es que no me importa lo más mínimo. Lo único que hice fue utilizarte para devolvérsela a Francesco. Gracias por sus servicios, capitán. Ha sido todo un placer.

No supe por qué, pero ese último comentario me molestó mucho más que cualquier cosa que me hubiera dicho mi padre para joderme. Noté una punzada en el pecho, pero conseguí aguantar y pagarle con su propia moneda. Esa mujer se me podría haber metido entre ceja y ceja, pero Killian Vólkov era, ante todo, orgulloso de cojones.

—Estás invitada a la ceremonia.

Sonreí de lado cuando se hizo el silencio al otro lado de la línea.

—¿De verdad quieres que se monte un espectáculo cuando entre por la puerta? —espetó. Entrecerré los ojos en la dirección donde estaba apuntando con la pistola, pensando en realidad en sus palabras.

Cogí algo de aire, pasando la lengua por mi labio inferior. Si seguía provocándola, quizá, y solo quizá, diría algo que la delatase. Sabía que la gustaba, y también que no estaba dispuesta a admitirlo.

—Eso solo depende de ti.

—Yo creo que no —respondió rápidamente—. Jade no se quedará callada si me presento al enlace. En todo caso, el numerito lo montaría ella. Después de todo, soy una invitada del novio.

Por poco se me escapa una carcajada. Estaba celosa, por muy pocas ganas que tuviera de admitirlo. Me acomodé en la silla y bajé el arma, se me estaba cansando el brazo. No apareció nadie, pero la dejé a mi alcance por si tenía que ponerme a reventar la vidriera con balas si venía alguien a atacarme. Me imaginé a Sienna, vestida de fiesta y con la ropa ensangrentada, una expresión siniestra y una pistola en la mano. Empecé a notar unas presión en los pantalones y tuve que darme una palmada mental en la frente por ello.

Ninguno de los dos dijo nada. No quería ni imaginarme subido a un altar esperando a la rubia loca que estaba arruinándome la vida.

—¿Te pondrás un vestido rojo? —pregunté, con una sonrisa maliciosa.

SIENNA CARUSODonde viven las historias. Descúbrelo ahora