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KILLIAN

Unas horas antes.

El techo de la habitación era blanco, reflejado por la luz de la luna. La central y toda la ciudad estaban en silencio. Aún era de noche, todo estaba en calma, y yo no podía pegar ojo.

No me dejarían ir al rescate, pero pensaba colarme en el helicóptero, costase lo que me costase. Me levanté de la cama y me froté la cara con las manos, mirando al exterior. Estaba bastante alto y mi ventana daba al exterior.

En mi mente, el plan que había elaborado para colarme era bueno. Pero siempre había incovenientes, como, por ejemplo, la mujer que venía cada día a buscarme para desayunar, creyéndose la reina de la central solo por ser la falsa prometida de un hombre solo a cambio de su silencio. Me parecía patético. Acaricié la cabeza de Ulises antes de empezar a vestirme y coger las armas que guardaba bajo la cama. No estaba permitido, pero las cogí justo después de dejar al coronel tumbado en la cama del edificio médico, dispuesto a hacer lo que fuera con tal de traer a Sienna de vuelta.

Me puse unos pantalones cargo verdes de camuflaje y una camiseta térmica negra de manga larga. En Rusia hacía mal tiempo y las probabilidades de coger un refriado o una hipotermia eran altas. Me calcé las botas militares y me enganché la metralleta en el cuerpo, con las suficientes balas alrededor del cuerpo como para ponerme a disparar en cuanto viera a Alek. Antes de salir por la puerta, me quedé sentado en la cama con el móvil en la mano, mirando la pantalla. Las probabilidades de que Sienna volviera a llamar eran bajas, pero no inexistentes.

De repente, unas patas de animal se posaron en mi pierna derecha, la que no me había dado cuenta hasta ese momento de que no paraba de temblar. Mi perro siempre había tenido una especie de sexto sentido para ese tipo de cosas. Le acaricié debajo de la oreja, haciendo que moviera la cola en el suelo.

—Buen chico —dije, intentando memorizar su rostro—. No sé si volveremos a vernos, así que gracias por todo.

Le di un beso en la cabeza, escuchando el sonido de unas hélices procedente de fuera. Miré la hora, ellos partirían a las seis de la mañana y aún eran las cinco y cuarto, así que podría colarme en el helicóptero sin ser visto. Me despedí de mi perro, dejándolo dormido de nuevo sobre la alfombra, y atravesé el pasillo, pegado a la pared, intentando no hacer ruido. Salí del edifico de dormitorios masculino, escuchando de vez en cuando algún golpe dentro de alguna de las habitaciones, así que deduje que los capitanes se estarían preparando para la misión. Cuando salí, me escondí en una esquina al ver al comandante tomando un café con el que sería el piloto del helicóptero. Pude observar, a través del gran ventanal que daba al comedor del edificio principal, a las amigas de Sienna junto a Liam, desayunando con rápidez, callados y serios. Estaban nerviosos, y era normal. Yo estaba acojonado, joder.

Vi al comandante pasar el peso de su cuerpo de un pie a otro, mientras hablaba con el piloto. Entonces, su mirada se posó en algún punto en el que me encontraba, pero era imposible que me estuviera viendo, pues me había ocultado bien entre las sombras de la noche. Aún así, contuve la respiración todo lo que pude porque, de alguna manera, pensaba que podría fundirme con la pared de ladrillo.

Entonces, el piloto llamó la atención del comandante. Éste se giró hacia él de nuevo, negando con la cabeza. Ambos se encaminaron de nuevo hacia el interior de edificio, así que aproveché para moverme rápido y colarme en el helicóptero. Pero, cuando di un paso, un carraspeo me frenó en seco.

—¿A dónde crees que vas?

Me giré rápidamente, apuntando a quien fuera que estaba detrás de mí. El padre de Sienna me observaba con los brazos cruzados, apoyado contra la pared. Bajé el arma, con el corazón desbocado y la respiración agitada.

SIENNA CARUSODonde viven las historias. Descúbrelo ahora