CAPITULO: 31

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LA CAÍDA DE LOS DIOSES: EL VACÍO DESCONOCIDO

En los confines más profundos del Inmaterium, donde ni siquiera las mareas de la disformidad osaban fluir, surgió un susurro. No era un sonido, sino una ausencia de todo – un vacío tan absoluto que hacía parecer lleno al vacío mismo. Los Dioses del Caos, entidades de poder inconmensurable, sintieron una perturbación en sus dominios que jamás habían experimentado.

Khorne, sentado en su trono de cráneos, notó que la sangre que fluía eternamente en sus dominios comenzaba a coagularse y ennegrecerse. Tzeentch percibió que sus intrincados planes, tejidos a través de milenios, comenzaban a desmoronarse sin razón aparente, como si los hilos del destino fueran cortados por tijeras invisibles. Nurgle observó con creciente inquietud cómo sus plagas más virulentas se marchitaban y morían, consumidas por una esterilidad antinatural. Slaanesh, el más joven de los Dioses del Caos, sintió que el placer y el dolor se desvanecían, reemplazados por una indiferencia absoluta.

 Slaanesh, el más joven de los Dioses del Caos, sintió que el placer y el dolor se desvanecían, reemplazados por una indiferencia absoluta

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En Terra, el Emperador, confinado en su Trono Dorado, se agitó por primera vez en milenios. Sus ojos, cerrados durante eones, se abrieron de golpe, revelando un terror tan profundo que los mil psíquicos sacrificados diariamente para mantenerlo murieron instantáneamente, sus almas consumidas no por el poder del Emperador, sino por algo más antiguo y hambriento.

En las vastas estrellas, los C'tan fragmentados sintieron una presencia que evocaba recuerdos anteriores incluso a su propia conciencia. Los Eldar, en sus diversas facciones, experimentaron visiones de un fin que no habían previsto ni siquiera en sus más oscuros presagios.

Y en el espacio entre los espacios, en la no-realidad dentro de la no-realidad, el Qliphoth comenzó a manifestarse – no como una invasión, sino como una revelación. Siempre había estado allí, esperando, durmiendo en los pliegues de la realidad que ni siquiera los dioses habían contemplado.

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El Señor de la Calavera, un Lord Inquisidor que había servido al Imperio durante siete siglos, fue el primero en registrar lo que más tarde se conocería como "La Malformación". En su diario, que se convertiría en el último documento imperial coherente antes del colapso, escribió:

"Los astropáticos están muriendo. No al ritmo usual –ese sacrificio sagrado que mantiene las comunicaciones del Imperio– sino de una manera nueva y profana. Sus cuerpos permanecen físicamente intactos, pero sus mentes... sus mentes se convierten en receptáculos de algo que no puedo describir. Antes de morir, el último de ellos dibujó un símbolo en la pared con su propia sangre. Un árbol invertido, con diez nudos principales. Cuando lo vi, sentí que miraba algo que no debería existir en nuestra realidad. Algo que corroe no solo la carne, sino los fundamentos mismos del ser."

LA TORRE DEL DRAGONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora