38. Paraíso

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Ari

Salimos temprano, yo iba al volante de Wanda, como siempre, y Sam se acomodó en el asiento del copiloto con su playlist especial para viajes.

Era una mezcla entre canciones que amamos y otras que me hacen burlarme de ella, hoy descubrí su gusto culposo por Maluma... verla sonrojarse cuando inició una canción de él fue divertido.

Para aligerar su pena, me puse a cantar la canción de "Junio" a todo pulmón, Sam me siguió unos segundos después, durante el camino hablamos de nuestros gustos musicales culposos, los viajes en carretera siempre te dan la oportunidad de descubrir cosas nuevas.

El camino a Huasca siempre tiene algo mágico, la neblina tempranera entre los árboles, los rayos del sol apenas cruzando las hojas... es de esos paisajes que te hacen sentir que vas directo hacia una historia que recordarás para siempre.

Antes de llegar a la cabaña, hicimos una parada en el centro del pueblo, Huasca nos recibió con sus calles empedradas, casas de colores cálidos y ese olor inconfundible a café de olla y pan recién horneado.

—¿Te parece si desayunamos aquí? —le pregunté mientras aparcaba Wanda frente a una linda cafetería con terraza de madera.

—¿Me estás invitando a una cita dentro de nuestra escapada romántica?—respondió Sam, arqueando una ceja y sonriendo con esa mezcla perfecta entre ternura y picardía.

Desayunamos enchiladas, pan dulce y café, todo sabía mejor con nuestras risas entre sorbos y las miradas largas que nos lanzábamos sin darnos cuenta.

Después de comer, caminamos al pequeño mercado local, Sam quería comprar algo para cocinar en la cabaña por la noche, mi chica llevaba la lista mental: pasta, verduras, un buen queso, pan artesanal, una botellita de vino de frutas y algo dulce para el postre.

La vi sostener una bolsita de hierbas aromáticas y olerla como si fuera la cosa más delicada del mundo.

—Todo esto se siente como... la vida que quiero tener contigo siempre —dijo bajito, con esa voz suya que no necesita decir mucho para desarmarme.

Me detuve. La miré con el corazón estrujado por dentro.

—Entonces estamos en el camino correcto —Nos sonreímos, así como si todo lo demás dejara de importar.

Después de eso, volvimos a Wanda con el corazón más lleno que el maletero, la cabaña nos esperaba, y con ella nuestra propia burbuja.

La cabaña estaba justo como la había descrito Sam: de madera clara, rodeada de árboles altos que dejaban pasar la luz en manchones dorados, había un pequeño porche con un columpio viejo, una chimenea apagada, y el sonido de las hojas moviéndose con el viento, olía deliciosamente a pino, tierra húmeda.

Sam me miró con esas hermosas esmeraldas que brillan de una forma especial cuando está feliz de verdad.

—Bienvenida a nuestra burbuja —Comenta con entusiasmo.

Desempacamos rápido, organizamos la comida que habíamos comprado y dejamos el vino para la noche, nos miramos un momento sin decir nada, y luego Sam propuso lo obvio:

—¿Salimos a explorar un poco?

Caminamos por el bosque, tomadas de la mano, sin prisa; la tierra crujía bajo nuestros pasos y los pájaros parecían cantarnos una bienvenida discreta. A veces hablábamos, otras simplemente caminábamos en silencio, disfrutando del sonido del otro respirando cerca.

—¿Escuchas eso?

Agucé el oído, agua... un pequeño burbujeo.

Seguimos el sonido entre árboles y arbustos, hasta encontrarlo: un arroyo delgado pero vivo, con agua cristalina corriendo sobre piedras lisas, la luz se filtraba entre las ramas, y todo ahí parecía estar esperando por nosotras.

Chispa de amor (Correcciones en curso)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora