Dereck
Los faroles de la avenida se difuminaban en líneas doradas contra el parabrisas. El estéreo sonaba bajo, una canción vieja con un ritmo tranquilo que apenas se notaba. Mi codo descansaba en la ventanilla, los dedos tamborileando en el volante, siguiendo un compás que no existía.
Leila miraba por su ventana, como si el vidrio tuviera más que contar que el camino. Su cámara colgaba del cuello, rozando esa chaqueta que juraría haber visto antes, balanceándose con cada curva del coche. El viento le revolvía el fleco, y cada vez que el semáforo nos frenaba, mis ojos se escapaban hacia esos mechones sueltos, moviéndose como si tuvieran vida propia.
—¿Tienes frío? —pregunté, sin apartar la vista del camino. Mis dedos seguían su baile arrítmico—. Puedo cerrar la ventana si quieres.
—No, está bien —dijo rápido, aunque sonó a medias, como si no lo creyera del todo.
—Es que tu pierna no para —señalé, más para llenar el silencio que por otra cosa.
Bajó la mirada, sorprendida, como si apenas notara el vaivén de su rodilla contra el asiento.
—No uso vestido hace mucho —admitió tras unos segundos, casi en un susurro—. Me preocupa que sea… no sé, demasiado. O muy poco.
—¿Zara te amenazó, verdad? —bromeé, alzando una ceja.
Soltó una risa suave, apenas un soplido, y asintió. Sus dedos jugaban con el borde del vestido, estirándolo apenas, como si quisiera asegurarse de que todo estaba en su lugar. El silencio volvió, cómodo pero cargado, como si ambos supiéramos que había algo más que decir.
—Y a ti también te amenazó al parecer —me miró de reojo, como si estuviera decidiendo si burlarse o dejarme pasar con esa—. Es la primera vez que te veo sin tu chaqueta.
—¿Qué? —fingí ofenderme, llevándome una mano al pecho—. No es cualquier chaqueta, Leila. Es la del número veintiuno. Una reliquia.
Ella ladeó la cabeza, conteniendo una sonrisa.
—No eres Adam Sandler, digamos, pero hoy estás… bien.
¿Cuándo se había fijado en mí? No me molestaba, pero me pilló desprevenido.
—Tú también estás bien —dije, y sonó más suave de lo que pretendía.
—Lo sé —respondió, con un brillo en los ojos que me hizo reír.
Quise decirlo. Lo que dijo el otro día, eso de que no éramos amigos, aún me daba vueltas. No estaba enojado, pero necesitaba aclararlo. Tragué saliva, dudando. El silencio en el coche se sentía más pesado, como si el aire se hubiera espesado.
—Lo del otro día… —empecé, rascándome la nuca—. Cuando dijiste que no soy tu amigo. Creo que le diste más peso del que tenía.
Giró la cabeza, pero no habló. Su silencio me puso nervioso, como si estuviera pisando terreno frágil.
Voy a empezar a sudar.
—No me enojé —continué, encogiéndome de hombros—. Es solo que… no estoy acostumbrado a tener amigos. Siempre he sido más de estar solo. Pero contigo… no sé, Leila. Contigo no soy el número veintiuno. Soy solo Dereck. Y eso solo lo he sentido con Zara y Ethan.
El silencio se estiró. La miré de reojo, inseguro de si estaba empeorando todo.
—Solo quiero que estés cómoda conmigo —añadí, más bajo—. Como amigos. Eso hacen los amigos, ¿no?
Ella suspiró, mirando al frente, como buscando palabras en el parabrisas.
—Nunca he tenido amigos —dijo, tan suave que casi no la escuché—. Lo más cerca fue mi hermana… o Jayce, pero él es más como un padre. No sé cómo funciona esto.
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Línea de meta
Roman pour AdolescentsLo único que sabía Leila Kinsley sobre sí misma era que siempre había estado enamorada de la fotografía, y para ella eso era más que suficiente para saber quién era. Sin embargo, tras la muerte de su hermana mayor, ya no encuentra la misma emoción e...
