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Dereck

Aún tengo los ojos cerrados cuando los golpes retumban una y otra vez en algún sitio de la habitación, fuertes como martillazos. Un murmullo suave roza mi oído, pero mi cabeza late con fuerza y el dolor se clava en las sienes. Quiero abrir los ojos, pero el peso de los párpados es más fuerte. Quiero seguir durmiendo.

Me giro hacia un lado, buscando una posición más cómoda para poder seguir durmiendo, pero los golpes suenan con más desesperación y empiezo a caer en la idea de que no es normal que a las... que a la hora que sea estén llamando a la puerta así.

Me paso la mano por el rostro e intento prestar más atención. Hay un murmullo al final de los golpes que me cuesta distinguir, pero entre más me despierto, más noto que suena como mi nombre.

Es mi padre. Mierda.

Me siento de un tirón. No sé muy bien qué ha pasado, pero estoy muy seguro de que está enojado como pocas veces lo he visto y que va a explotar apenas abra la puerta.

Quizás podría no abrir la puerta, quedarme acostado para siempre y así me evito todo esto ¿No?

Aunque la idea me parece muy atractiva, termino pateando las sábanas que se me enredan en los pies cuando me paro y busco con la poca luz que entra a la habitación mis zapatillas. Me las pongo como puedo y entonces escucho un murmullo suave detrás de mí.

Leila.

No había olvidado que estaba allí. De hecho, quizás mi primer pensamiento fue saber si ella también se había despertado por los ruidos. Pero una parte de mí se lo tomó con tanta normalidad que incluso pensé que podía estar soñando.

Otro golpe. Más fuerte.

Joder, qué impacientes nos levantamos hoy.

Me incorporo, el suelo frío mordiéndome los pies. La camiseta se me pega y me cuesta agacharme a ponerme las zapatillas. Leila se gira, su pelo desparramado en la almohada.

Vuelve a murmurar algo entre sueños y me apresuro a acercarme a ella, cubriéndole mejor la espalda mientras le susurro que no es nada, que siga durmiendo.

No sé si me escucha, pero espero que sí.

Camino rápido, esquivando mi chaqueta y las cosas tiradas por el suelo, y abro la puerta de un jalón.

Mi padre está parado con la cara tensa y los ojos clavados en mí. Y no puedo evitar bajar la cabeza para no tener que verlo así.

—Papá...

—¿Dónde estabas? —dice con la mandíbula tensa—. Tenías entrenamiento a las seis. ¿Y estás aquí, durmiendo, oliendo a cantina? ¿Qué mierda te pasa, Dereck?

Mi estómago se retuerce, el calor subiéndome a la cara. Cierro la puerta rápido, el clic resonando. No quiero que vea a Leila. No quiero que sea parte de esto.

El pasillo está frío, una lámpara zumbando como un insecto atrapado.

—Me quedé dormido —digo, la voz raspándome la garganta—. Fue una noche larga.

—¿Una noche larga? —Su risa es seca, cortante—. ¿Emborrachándote? ¿Durmiéndote sabe Dios a qué hora para rendir lo menos posible? Esto no es un juego, Dereck. Esto es nuestra vida. Todo lo que he sacrificado por ti, y tú no apareces en el circuito. ¿Crees que vas a ganar Zenith jugando al adolescente rebelde?

Mis puños se aprietan mientras lo miro. Quisiera que solo me mirara decepcionado y se fuera. Pero no lo hace. El calor me quema la cara, mi respiración se acelera.

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