Ethan.
—¿Está muy mal?
—Puedo arreglarlo. Hay que cambiar el carenado y rehacer la suspensión trasera. El impacto fue ahí. El motor aguanta, que es lo que cuenta.
—¿Pero...?
—No hay “pero” Dereck. Me tomará tiempo, pero lo haré.
Sigo agachado, manos llenas de grasa, revisando las piezas esparcidas como si fueran un maldito rompecabezas. La rueda trasera está hecha trizas, metal doblado y rayado como si alguien hubiera querido destrozarla a propósito. Me incorporo, limpiándome las palmas en el pantalón, y lo miro.
Ahí está, encaramado en una mesa del taller, espalda encorvada, con esa cara de perro apaleado que pone cuando sabe que la cagó. Y tiene razones. Ha hecho pedazos la moto. Pero por una vez, me trago los comentarios y cierro la boca.
La imagen de Dereck ahogándose en el suelo me da vueltas en la cabeza, como un disco rayado que no para. Sus jadeos, su desesperación… joder, casi puedo sentirlo otra vez. Me levanto de golpe, dejando caer la herramienta con un golpe seco, y me frobo las manos con el trapo.
—¿Cómo va eso? —pregunto, más para cortar el silencio que por otra cosa.
El moretón bajo su pómulo está jodido, la verdad. Le puse hielo hace rato, pero igual se marcó, morado y negro, un recordatorio que no va a borrarse en días.
—No me duele mucho.
—¿Y el pecho?
—Un poco… bueno, bastante, en realidad —admite, dejando el hielo en la mesa con un movimiento lento. Me siento a su lado, callado. No sé hacer estas cosas. Le escribí a Zara hace un rato para contarle, pero no contesta, y eso me tiene los nervios a flor de piel. Ella siempre sabe animarlo. Yo solo estoy de relleno.
Y más cuando se trata de su carrera. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que Dereck se ha ido al suelo entrenando. Es preciso, conoce sus límites. Así que no lo culpo del todo. Algo en su cabeza se debió de romper para no verlo venir.
—¿Esto fue por lo de ayer? —pregunto, cortante.
—No, no exactamente —murmura, tomando aire tembloroso, haciendo una mueca cuando su pecho se expande—. Ya sabes cómo es mi padre. No le cayó bien que me durmiera por salir anoche. Puse una alarma, pero…
Inhalo lento, llenándome los pulmones. Tiene razón. Chris es un idiota a veces. Lo conozco desde hace años, y aunque sea medio mi jefe, sigue siendo un dolor de cabeza. Zara y yo vimos cómo se puso con Mark, esa decepción que aún apesta. Pero no quiero pensar en eso, ni en ese imbécil de Mark. Tuve que sacarlo del bar a rastras apenas entró, antes de que el idiota que lo acompañaba empezara a joder a Dereck.
—Voy a hablar con él.
—¿Con quién?
—Con Chris, tu padre —repito, mirándolo fijo. La pregunta “¿eres sordo?” se me queda en la garganta cuando veo ese moretón otra vez. Quiero soltarle algo en mi tono de siempre, pero sé que no le va a servir. Aunque verlo así me pone nervioso, y eso me hace querer saltarme los filtros.
—¿Qué? —Se tensa, y lo miro de reojo.
—Que voy a hablar con él —insisto, seco—. Con tu padre.
—Oye, Ethan. Entiendo que estás preocupado, pero él tenía un punto, ¿sabes? No estoy dando todo de mí —se froba la nuca, sus dedos temblando, los ojos clavados en el suelo, en las piezas rotas como si fueran su cabeza hecha pedazos.
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Línea de meta
Fiksyen RemajaLo único que sabía Leila Kinsley sobre sí misma era que siempre había estado enamorada de la fotografía, y para ella eso era más que suficiente para saber quién era. Sin embargo, tras la muerte de su hermana mayor, ya no encuentra la misma emoción e...
