Todo empieza cuando algo se rompe

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El edificio donde vivía Izuku era algo modesto, pero era acogedor. Como en muchos apartamentos antiguos, la lavandería común era una zona pequeña, con dos lavadoras destinadas a dividir ambos lados del edificio. Sin embargo, hacia una semana, una de las lavadoras se había descompuesto, sin fecha fija para su reparación, cambiando la rutina de todos.

Izuku no era mucho de salir: prefería emplear ese tiempo en estudiar o ver alguna película. Pero la montaña de ropa sucia acumulada en su piso tras días sin lavar ya era imposible de ignorar.

Aquel lunes por la noche, Izuku bajo al cuarto de lavandería con la esperanza de poder aprovechar su turno habitual.

Sin embargo, al abrir la puerta de aquel lugar, se dio cuenta que eso no seria posible. En el pequeño cuarto, junto a la única lavadora que aun servía, una joven estaba colocando su ropa en la máquina. Tenia el cabello corto, de un color castaño. Sus ojos avellana eran gentiles, y sus mejillas estaban marcadas por un sonrojo permanente. Midoriya no la reconocía de vista, probablemente era la primera vez que se cruzaban.

—Ah... Hola —dijo él, sonriendo tímidamente—. Yo... creía que era mi turno para lavar.

La chica se giro para verlo, y los ojos de ambos brillaron al encontrarse. Ella le dio una sonrisa amable, con una mezcla de disculpa y confianza.

—Lo siento, la otra lavadora se rompió la semana pasada—señalo la maquina destartalada—, así que todos tenemos que compartir esta. Yo ya estaba aquí hace un rato, así que supongo que te gane por unos minutos.

Izuku miro su reloj, y luego el interior de la lavadora.

—Claro, entiendo. Supongo que tendré que esperar.

Ella asintió, y sin mediar más palabra, apoyo su canasto en un rincón. El ambiente era un poco incomodo; dos extraños, uno frente al otro, compartiendo un espacio pequeño y una rutina que ninguno esperaba.

Izuku se sentó en una banca cercana, tratando de no hacer mucho ruido mientras sacaba una barra de dulce de su mochila. Nervioso, se la extendió a la chica.

—Para... pasar el rato —explico, ofreciéndosela.

La chica sonrió, con gratitud.

—Gracias —dijo, tomando el dulce.

Los minutos pasaron, y gracias a la acción de Izuku, las miradas se volvieron menos tímidas, más curiosas. Ninguno sabia bien como comenzar una conversación, pero ambos sentían una necesidad creciente de saber más del otro.

—Así que... ¿Cómo te llamas? —finalmente, la castaña rompió el silencio. Lo miraba con ojos curiosos, llenos de inocencia y tranquilidad.

—Me llamo Izuku Midoriya —se presento el peliverde, nervioso ante la mirada de la chica. Por algún motivo, aquella mirada hacia que su estomago se sintiera más liviano. Como si perdiera la gravedad—. ¿Y tú?

—Soy Ochako Uraraka. Estudio en la academia de artes, en el centro de la ciudad —Aquella presentación hizo que la timidez de Izuku se desvaneciera por un momento.

—¿En serio? ¡Yo estudio finanzas, al oeste! —la repentina energía del peliverde sorprendió a Uraraka, pero logro que la conversación se volviera más amena.

Gracias a eso, lograron conocerse tras un rato. Conversaron sobre sus estudios, de donde venían y que hacían tan lejos de sus hogares.

Los días siguientes, el ritual de lavar ropa juntos se repitió. Sin la otra lavadora funcionando, Izuku y Ochako comenzaron a coincidir en aquel pequeño cuarto.

Al principio no hablaban demasiado, pero poco a poco empezaron a compartir pequeños detalles.

—¿Sabias que doblar la ropa rápido puede evitar que se arrugue? —comento Izuku una noche, mostrando una camiseta verde que parecía impecable.

💚 𝙊𝙣𝙚 𝙎𝙝𝙤𝙩𝙨 𝙄𝙯𝙪𝙤𝙘𝙝𝙖 🩷Donde viven las historias. Descúbrelo ahora