Andrea Granados regresa a Colombia para disfrutar de su familia y poder superarse a si misma pero creo que un pequeño nadie se convertirá en su gran todo
No sé en qué momento me di cuenta. Tal vez fue cuando lo vi parado junto a Salcedo, como si lo que estaban a punto de hacer fuera cualquier cosa, una aventura más, una anécdota graciosa para contar. Ahí fue cuando algo en mí se quebró. Porque no solo fue el acto en sí. Fue que él creyera, sin una pizca de duda, que Eva era una puta.
Mi amiga. La misma con la que compartí confianza, risas, secretos. Y él, que decía amarme, que decía respetarme... ¿qué clase de persona acepta algo así de alguien tan cercano a mí? ¿Qué clase de persona participa sin preguntar, sin pensar, sin detenerse? Él sabía. No sabía toda la verdad, claro, pero sí creyó la peor parte. Y lo aceptó. Como si fuera normal. Como si no fuera un límite cruzado brutal.
Lo que más me duele no es lo que pasó, sino lo que reveló. Esa facilidad con la que se dejó llevar por lo que todos decían. Esa falta de criterio, de empatía, de respeto. Siempre pensé que él era diferente, ¿sabes? Que no era de esos hombres que ven a las mujeres como una cosa para usar y tirar. Me lo juró tantas veces, me hizo creerlo. Me hizo sentir segura. Y ahora, de golpe, se cae toda esa fachada y me doy cuenta de que nunca fue real.
Siento como si me hubieran arrancado algo del pecho. Como si hubiera estado sosteniendo una imagen de él con las manos temblorosas, sin querer mirar bien. Y ahora que por fin lo vi, solo siento frío. Desamor. Desconfianza. Asco. Tristeza. Porque no importa cuánto lo quise... ya no puedo verlo igual.
Y no dejo de pensar en por qué no me importó que ella fuera mi amiga. De todas las personas en el mundo, ¿por qué Eva? ¿Por qué alguien tan cerca de mí, alguien que conocía mi historia, mis miedos, mis inseguridades? Me pregunto si fue por eso mismo... por lo cerca. Por lo fácil. Porque no tenía que esforzarse, porque ya estaba ahí. O tal vez fue peor: tal vez siempre la vio de esa manera. Tal vez mientras yo hablaba de ella, él fantaseaba con cosas que yo nunca imaginé. ¿Y si nunca fue solo un error? ¿Y si lo pensó, lo planeó, lo deseó desde antes? Me duele solo pensarlo. Me hace sentir como si nunca hubiera sido suficiente, como si siempre estuviera compitiendo sin saberlo, como si me hubieran puesto al margen de una historia que me pertenecía, pero en la que me usaron de espectadora. Me siento invisible. Ridícula. Como si lo que hubo entre nosotros fuera solo una pausa mientras él pensaba en ella. Mientras la imaginaba. Mientras decidía cuándo, cómo, con quién. Y duele. Duele tanto porque yo lo amaba. Porque confiaba. Porque jamás, en mil versiones de esta historia, creí que él iba a elegirme a mí... para después elegir estar con ella.
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No pensé. No esperé. Solo corrí.
Salí de esa casa como si me quemara la piel, como si el aire ahí dentro fuera veneno. Tenía la garganta cerrada, el pecho explotándome por dentro y las lágrimas bajándome como si no tuvieran fin. Ni siquiera sabía a dónde iba, solo que tenía que alejarme, escapar de él, de todos, de eso. Sentía las piernas flaquear, pero no me detenía. Corría con los ojos nublados, con la cara empapada y el corazón hecho trizas.