El pasillo del colegio no había cambiado. Las mismas paredes, los mismos casilleros despintados, el mismo eco de voces adolescentes y risas que se mezclaban con pasos apresurados. Pero para Andrea, todo era distinto. Como si ahora cada ladrillo estuviera envuelto en vidrio roto.
Respiró hondo antes de cruzar el umbral del salón. Las miradas se alzaron como cuchillas, algunas curiosas, otras incómodas, la mayoría bajaron la vista enseguida. Pero tres pares de ojos se quedaron fijos en ella: los de Eva, los de Camilo, y los de Álvaro.
El corazón le retumbaba en el pecho como una advertencia.
Tomó asiento al fondo. Nadie se atrevió a saludarla, ni siquiera con un gesto. Los tres que más deseaban hacerlo parecían petrificados.
Las clases pasaron como una sombra larga. Andrea miraba al frente, pero no veía. La voz del profesor le llegaba lejana, como una señal de radio en estática. Apenas podía sostener el bolígrafo entre los dedos. La ansiedad le trepaba por la espalda como un animal que nunca dormía.
Cuando la campana del receso sonó, todos comenzaron a salir, como si necesitaran escapar. Menos ellos. Eva fue la primera en acercarse. Dudó, pero caminó con paso suave hasta su lado. Detrás, Camilo y Álvaro no se quedaron atrás. Formaban una línea rota de culpa.
—Andrea —susurró Eva, con los ojos vidriosos—. ¿Podemos hablar... los cuatro?
Andrea la miró. Por un segundo, pensó en ignorarlos. Levantarse. Irse. Fingir que no existían. Pero algo en su interior —algo a lo que no sabía ponerle nombre— la obligó a asentir.
Se dirigieron a un aula vacía. Eva cerró la puerta con cuidado, como si supiera que lo que iba a pasar ahí adentro no debía escucharlo nadie más.
El silencio duró más de un minuto. Ninguno se atrevía a empezar. Hasta que Camilo, quebrado, dio el primer paso.
—No hay forma de reparar esto. No sé ni por qué estoy hablando. Solo... siento que si no te digo lo que me está comiendo por dentro, voy a pudrirme.
Andrea no lo miraba. Fijaba la vista en el pupitre, con los labios apretados.
—No dormimos desde esa noche —dijo Álvaro con la voz rota—. Y no porque estemos tristes. No. Porque fuimos cobardes. Porque nos reímos. Porque participamos. Porque te fallamos.
Eva avanzó un paso.
—Era una lección —murmuró—. Quería que vieran lo absurdo. Lo insano. Nunca pensé que tú lo descubrirías así. No pensé... que sería a costa tuya.
Andrea cerró los ojos. Su respiración se aceleró. Las lágrimas comenzaron a acumularse como una tormenta vieja.
—¿Una lección? —su voz salió ronca, baja, pero cada palabra dolía como fuego—. ¿Me usaron para aprender algo? ¿Yo soy la consecuencia que necesitaban para abrir los ojos?
—No, Andrea... —intentó decir Camilo.
—¡Sí! —gritó ella, levantando la voz por primera vez—. ¡Sí lo hicieron! Porque si yo no entraba, si no los veía desnudos en esa maldita sala, ¡todo habría seguido! ¡Nadie habría dicho nada! ¡Ustedes habrían seguido con sus bromas de mierda y su moral rota!
Las lágrimas ahora le recorrían las mejillas. Temblaba. Pero no paraba.
—Tú, Camilo... eres mi hermano. ¡Mi hermano! Se supone que deberías cuidarme, protegerme. Y estabas ahí. En ese lugar. Riéndote. ¿Sabes lo que sentí? Como si todo en lo que creía se partiera. Como si me sacaran el corazón de un tirón.
Camilo lloraba también. Álvaro ni siquiera se atrevía a mirarla.
—Y tú... Álvaro. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste mirarme a los ojos todos esos días y hacerme creer que eras diferente? ¿Que eras bueno? ¿Que no eras como ellos?
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¿Todo? -Alvaro Castro
FanfictionAndrea Granados regresa a Colombia para disfrutar de su familia y poder superarse a si misma pero creo que un pequeño nadie se convertirá en su gran todo
