Andrea Granados regresa a Colombia para disfrutar de su familia y poder superarse a si misma pero creo que un pequeño nadie se convertirá en su gran todo
Dos días encerrada en mi cuarto. Dos días sin ver la luz del sol, sin comer más que lo mínimo, sin escuchar música, sin hablar con nadie. Solo yo, mis pensamientos y ese dolor estancado en el pecho que no me dejaba respirar del todo.
No bajé. No quise saber si ellos volvieron a venir. No me interesaba. No tenía fuerzas.
Camilo tocó un par de veces. Me dejó notas, incluso mi comida favorita. Y aunque quise odiarlo, no pude. Porque era mi hermano. Porque él también lloró. Porque cuando lo escuché al otro lado de la puerta, me dolió más a mí que a él.
Y Álvaro... Dios.
Cada noche sentía como si su voz se quedara en mi mente, repitiendo cada palabra de esa disculpa rota que me dijo afuera de mi cuarto. Parte de mí quería borrarlo de mi historia. Pero otra... otra solo quería abrazarlo y llorar con él. Porque todavía lo amaba. Porque ese era el problema. Porque a pesar de todo, había una parte de mí que lo seguía esperando, aunque me negara a admitirlo.
Pero el amor no siempre es suficiente.
Y la confianza, una vez rota, no se recompone con lágrimas.
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La mañana del tercer día, me levanté.
No fue algo épico ni cinematográfico. Solo abrí los ojos y sentí que ya no podía quedarme más en esa cama. Me dolía más no moverme que enfrentar lo que venía.
Caminé hasta la puerta. Dudé. Mi mano temblaba sobre la perilla.
Y cuando por fin la abrí, me encontré con Camilo sentado en el piso del pasillo, con la cabeza recargada contra la pared, como si hubiera estado ahí toda la noche.
Levantó la vista de golpe, como si no creyera que era real.
—¿andrea?
No dije nada. Solo lo miré. Y él se paró de inmediato.
—Perdón... por todo. Por no haber estado. Por no haber pensado. Por haberte fallado como hermano.
Lo observé por unos segundos eternos. Sus ojos estaban rojos, su voz temblaba. No era solo culpa. Era dolor real.
Lo abracé.
No porque lo perdonara por completo. Sino porque lo necesitaba. Porque él era parte de mi historia, y no quería perderlo también.
—No lo entiendes, Camilo —susurré, con voz apagada—. Me destruyeron. Todos.
Él no respondió. Me apretó contra él. Como si supiera que eso era todo lo que podía hacer por ahora.
Y justo en ese momento... tocaron el timbre.
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Álvaro's pov
Volví una vez más. No sabía si era valentía o estupidez, pero algo me decía que debía insistir. Que no debía rendirme, aunque no me quisiera ver.
Cuando la mamá de Andrea abrió la puerta esta vez, me miró diferente. Con más suavidad. O tal vez con resignación.
—Está despierta —me dijo—. No te prometo nada.
Asentí. Apenas podía hablar.
Subí. Y la vi. De pie. Fuera de su habitación. Abrazando a Camilo.
Se me rompió algo dentro. Porque ahí estaba ella, tan fuerte, tan rota, tan hermosa, tan diferente a todo.
—Andrea...
Ella levantó la mirada. Me miró directo a los ojos. Y yo sentí como si me deshiciera en el acto.
—¿Por qué viniste otra vez?
Su voz no era fría. Era... cansada.
—Porque todavía tengo cosas que decirte. Porque aún si no me perdonas, quiero que sepas que lo lamento. Que cada día desde esa noche ha sido una tortura y que no hay excusa, Andrea. No hay una sola palabra que justifique lo que hice. Solo... quería que lo supieras de mí.
Ella respiró hondo. Tenía lágrimas en los ojos, pero no caían. Era como si se negara a dejarlas salir de nuevo.
—¿Y tú crees que eso cambia algo?
—No —dije de inmediato—. No cambia nada. Solo... estoy aquí porque te amo. Porque me duele lo que te hice. Porque me duele lo que me volví.
—Creí que eras distinto —dijo, bajando la voz—. Creí que tú no eras como ellos. Y no sé qué es peor... que lo fueras o que yo no lo haya visto.
Yo no pude decir nada. Solo asentí. Porque tenía razón.
Y cuando pensé que ya no podía sentirse más denso el aire... sonó su voz.
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—Fui yo.
Todos voltearon al mismo tiempo.
Eva estaba en la escalera. Vestida con un suéter grande, el cabello recogido, las ojeras marcadas. Pero su mirada estaba firme.
—Fui yo quien los puso a prueba —dijo, bajando un escalón tras otro—. Quería que aprendieran algo. Que vieran lo fácil que es juzgar, lo rápido que se cae en lo mismo que juramos odiar.
Andrea la miraba fija. Yo sentí un nudo en el estómago.
—¿Por qué no me dijiste nada? —le preguntó Andrea, con la voz quebrada.
—Porque si te decía, no funcionaba. Porque tenía que pasar. Porque confiaba en ti, pero no en ellos. Y quería que vieras quiénes eran.
Andrea dio un paso hacia atrás.
—No necesitaba una lección, Eva. No necesitaba pruebas. Necesitaba amigos. Personas que no destruyeran lo que yo era para proteger su comodidad.
Eva tragó saliva. Por un momento parecía que iba a llorar.
—Tienes razón —dijo—. Y lo siento. Pero no lo hice para herirte a ti.
—Pero lo hiciste —respondió Andrea con frialdad—. Me quedé sola. Mirando cómo las personas que más quería se reían, participaban, creían sin pensar.
—Te juro que...
—No me jures nada.
Silencio.
—¿Sabes qué duele más? —Andrea los miró a los tres—. Que ahora vengan a pedirme perdón como si yo pudiera volver a ser la misma. Como si un "lo siento" pudiera recoger los pedazos. Yo no soy la misma. Ustedes se encargaron de eso.
Y con eso... se metió de nuevo en su cuarto. Cerró la puerta.