🍰 OZELLE DE OZ , es una joven encantadora, hija del legendario Mago de Oz y Glinda, la Bruja Buena. Desde muy pequeña, ha mostrado un carácter dulce y amoroso, irradiando bondad y alegría allá donde va. Heredó la magia de ambos padres, aunque no su...
(Comenten así sigo escribiendo plis, además quiero saber que opinan de Ben)
Agua, burbujas, niebla y la sensación de caer lentamente sobre una nube. Ozelle no sintió del todo el golpe de la caída; sus manos tocaron algo seco, una cama blanca, mientras aquella voz —una voz que conocía mejor que ninguna otra— le acariciaba los oídos.
— Princesa, ¿piensas ir a clase?
Frunció el ceño y finalmente abrió los ojos. Una luz cegadora la envolvió, tan pura y brillante que parecía quemarle las retinas. La luz era tan brillante, tan cegadora, que por un momento creyó haber muerto. Pero lo supo de inmediato: estaba en el Olimpo.
— ¿Heros? — sus pupilas hicieron foco poco a poco hasta encontrarse con él. Musculoso, dorado, torso desnudo, como si hubiera sido tallado por los dioses.
El chico soltó una risa suave.
— ¿Duermes unas pocas horas y ya te olvidas de mí?
Ozelle lo miraba sin poder creerlo. Lo miraba como si el tiempo se hubiera detenido. No podía respirar bien. Era un deja vú que le atravesaba el pecho con fuerza: Ya había vivido ese momento, aunque no exactamente así... aquella mañana secreta en la que despertó a su lado, cuando aún podían verse a escondidas. Pero ahora... ahora dolía más, porque había aprendido a vivir sin él, y en ese instante su corazón gritaba que no quería olvidarlo nunca.
La sonrisa de Heros titubeó al ver su desconcierto.
— ¿Qué pasa? — preguntó bajando la voz, preocupado. Se sentó en la cama, tocó su frente, luego su mejilla con ternura. — ¿Te sientes bien?
Ozelle tragó saliva. El contacto le estremeció todo el cuerpo. Cerró los ojos por un segundo y luego los abrió con lentitud. Se incorporó despacio, aún envuelta apenas por la sábana blanca. Puso su mano sobre la de él, la sostuvo contra su rostro, y sonrió.
— Eres tú... estás aquí — susurró. Una mezcla de alivio y dolor atravesó su voz. — Merlín, te extrañé demasiado.
Un nudo se formó en su garganta. Su voz quebrada, como si las palabras fueran demasiado pequeñas para lo que sentía.
Se lanzó a sus brazos. Lo abrazó por el cuello con fuerza, casi como si temiera que se desvaneciera.
Heros soltó una risa baja, aliviado, y la rodeó con fuerza, rodeándola con la sábana en el proceso.
— Solo fui a darme una ducha, muñeca... — murmuró contra su piel, dejando besos dispersos en su cuello y hombro.
Ella levantó el rostro. Y ahí estaban sus ojos, tan cerca que apenas había aire entre ellos. El calor de su respiración le rozaba la boca, y cada segundo que pasaba era insoportable. El deseo, la nostalgia, la necesidad de recuperar lo perdido... todo chocaba dentro de ella.
Sus labios temblaban. La razón le pedía distancia, pero el corazón gritaba más fuerte. Y antes de detenerse a pensar, sus manos enmarcaron el rostro de él, con delicadeza, casi reverencia.
Lo besó.
No fue un beso suave, ni tímido. Fue un estallido contenido, un choque de labios que ardían de necesidad. Sus bocas se encontraron con hambre, con desesperación, con esa urgencia que nace cuando dos almas que se han amado demasiado tiempo en silencio vuelven a reconocerse. Sus lenguas se buscaron con naturalidad, como si hubieran estado esperando ese instante desde siempre.
El cuerpo de Ozelle se pegó al suyo, buscando calor, buscando seguridad, buscando a él. Heros la sostuvo con fuerza, como si temiera que se deshiciera entre sus brazos, y en ese instante todo tuvo sentido: el dolor, la espera, los recuerdos. Ahí estaban otra vez, juntos, donde siempre habían pertenecido.
Ozelle cerró los ojos con fuerza, entregándose por completo.
Y entonces... todo se quebró.
Un frío helado se deslizó sobre su piel. Voces extrañas comenzaron a colarse entre el beso. Los labios de Heros ya no eran los mismos. No sabían a él.
El Olimpo se esfumó.
Ozelle abrió los ojos jadeando. Frente a ella, en la oscuridad, estaba Ben.
— Cariño, ¿estás bien? — preguntó con voz entrecortada. Su rostro estaba empapado, igual que el de ella. Sus amigos los rodeaban, agitados.
Ozelle lo miró confundida. Sus labios temblaban. Y Ben juraría que ella lo miraba como si buscara a otra persona en su lugar.
— Ben... — su voz quebrada apenas salió — ¿qué pasó?
— Las sirenas te atraparon — explicó Audrey con seriedad — y Ben se lanzó tras de ti. ¿No lo recuerdas?
Ozelle se llevó la mano a la frente.
— No... — negó, aturdida. — No me acuerdo de nada...
Ben la ayudó a sentarse, con paciencia y delicadeza. La cubrió con su chaqueta, preocupado.
— Ven, deberías cambiarte — dijo con suavidad, sin soltarla — hace frío, y no quiero que te enfermes.
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Ben alargó la mano y con suavidad acarició la mejilla de Ozelle. Ella, que estaba perdida en sus pensamientos, dio un pequeño respingo y lo miró a los ojos.
— ¿Te sientes bien, cariño? — murmuró con ternura. Estaban sentados en la cama, ya secos, con ropa limpia. El ambiente era cálido, pero entre ellos flotaba un aire extraño, pesado.
— Sí... — forzó una sonrisa débil — sí, estoy bien. Solo pensaba...
Su voz se fue apagando. El silencio los envolvió unos segundos, apenas interrumpido por el golpeteo lejano del mar contra las rocas.
— En Heros. — completó Ben, en un susurro casi resignado.
Ozelle lo miró de golpe, con los labios entreabiertos, como si quisiera detenerlo, como si pudiera negar lo evidente. Pero antes de que pudiera decir nada, Ben continuó:
— Te oí... — sus ojos castaños brillaban con una mezcla de dolor y serenidad contenida — antes de lanzarte por la borda. Llamaste a Heros.
— No es lo que crees — se apresuró a decir ella, con el corazón en la garganta.
Ben sostuvo su mirada, sin apartarse, sin elevar la voz. Había algo firme en sus palabras, pero también roto.
— Lo es. — afirmó, y tragó con fuerza antes de continuar. — Porque cuando caí detrás de ti, cuando el agua me arrastró y sentí que iba a perderlo todo... fue a ti a quien vi en medio de la oscuridad. — Se inclinó un poco más hacia ella, su voz ahora temblaba. — No había nadie más. Solo tú.
Ozelle bajó la mirada, las palabras le pesaban más que cualquier tormenta. Porque en ese instante entendió la diferencia: ella había escuchado un eco del pasado... pero Ben había elegido verla a ella, incluso en el borde de la muerte.