Capitulo Extra

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El ambiente en el departamento de Finanzas era inusualmente tranquilo esa tarde. Ana, a una semana de la fecha probable de parto y con una barriga que desafiaba la gravedad, trabajaba con una obstinación tranquila en su oficina. Ricardo había cedido a la presión de tenerla cerca (y a la debilidad que sentía por ella), siempre y cuando no levantara más que una calculadora.

Ricardo, por su parte, estaba en su oficina, lidiando con la fusión y con el persistente miedo a otra amenaza, aunque la vida había sido pacífica desde el incidente con Beatriz.

De pronto, un grito agudo resonó en el pasillo. No era de dolor, sino de sorpresa.

—¡Jefa! ¡Jefa! ¡El suelo! —gritó Scott, que ahora estaba pálido como el papel.

Ricardo salió disparado de su silla. Cuando llegó al departamento, el panorama era digno de una comedia de enredos. Ana, de pie junto a su escritorio, miraba con expresión de incredulidad un charco de líquido cristalino que se extendía por la alfombra.

—Ya veo que David no es el único que hace desastres —comentó Ana, totalmente serena, aunque con una sonrisa pícara.

—¡Ana, rompiste fuente! —exclamó Ricardo, cuya compostura de CEO se había evaporado. Empezó a buscar a su alrededor, sin saber si debía buscar una toalla, un taxi o un sacerdote.

Vianky, tomó el mando con eficiencia militar.

—¡Scott, llama a la ambulancia! ¡No, mejor no, el tráfico! ¡Ricardo, su auto! ¡María José, tráeme la manta de emergencia del botiquín! ¡Jorge, ve a Recursos Humanos por la silla de ruedas!

El departamento, se convirtió en una unidad de rescate de alta velocidad. Ricardo se acercó a Ana, visiblemente asustado.

—Mi amor, respira. Estoy aquí.

—Estoy bien, Ricardo. Son solo contracciones suaves —dijo Ana, agarrándose el vientre, pero riendo al ver la cara de pánico de su esposo—. Solo no quiero que me vean así.

Justo en ese momento, Jorge regresó con una silla de ruedas que parecía haber sido usada en la Segunda Guerra Mundial y gritó a todo pulmón: —¡Aquí está la silla de ruedas, Jefa! ¡Rápido, o el bebé nace en el pasillo!

Ricardo tomó a Ana en brazos, ignorando la silla de ruedas. La cargó como si pesara una pluma (cosa que a sus nueve meses era una proeza) y salió corriendo hacia el ascensor, con el equipo de Finanzas abriéndole paso.

—¡Vamos, vamos! ¡El jefe está en modo pánico! —gritó Vianky, mientras Scott intentaba llamar a la sala de partos para avisarles que la señora Roberts iba en camino.

Ricardo condujo su lujoso sedán con la desesperación de un conductor de Fórmula 1. Ana, sentada a su lado, lo miraba con los ojos brillantes.

—¡Ricardo, el semáforo está en rojo! ¡No estamos en una persecución! —protestó Ana, con una punzada.

—¡Lo siento, mi amor! ¡Pero el bebé está por nacer! ¡No puedo perderte en un embotellamiento! —respondió él, aferrándose al volante.

Llegaron a la entrada de emergencias del Hospital Central con las ruedas rechinando. Ricardo abrió la puerta, ya sin aliento, y empezó a gritar: "¡Mi esposa! ¡Mi esposa va a dar a luz! ¡Y no tenemos tiempo!"

Los médicos y enfermeras ya estaban advertidos por las llamadas frenéticas de Vianky. Llevaron a Ana en una camilla a la sala de partos.

Ricardo, aún vestido con su traje de tres piezas, intentó seguirla. Una enfermera lo detuvo con dulzura.

—Señor Roberts, primero debe cambiarse.

—¡No me importa! ¡Mi esposa me necesita!

—Necesita que esté sereno. Vístase, Señor. Le prometo que su esposa es una roca y el bebé estará bien.

Diez minutos después, Ricardo entró en la sala, con la bata azul, el gorro y los guantes, justo a tiempo para ver el esfuerzo de Ana.

Las horas siguientes fueron una mezcla de tensión, jadeos de dolor y las indicaciones firmes del médico. Ricardo se mantuvo firme junto a Ana, apretándole la mano con todas sus fuerzas.

—¡Eres la mujer más fuerte que conozco! ¡Puedes hacerlo, Ana! —le susurraba.

—¡Si vuelves a tocarme, Roberts, tendrás que responderle a mi hermano! —le siseó Ana en un momento de furia del parto, haciendo que Ricardo palideciera por un instante.

Finalmente, después de un último esfuerzo que llenó la sala con el grito de vida, el doctor anunció: "¡Es una niña!"

Una enfermera puso a la recién nacida en el pecho de Ana. David ya tenía una hermana.

Ricardo se acercó, la emoción lo inundó. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Vio los pequeños rasgos, la piel sonrosada.

—Es perfecta, Ana. Es tan hermosa.

—Tenía que serlo —respondió Ana, agotada pero radiante—. Se llamará Ana Esther. Por mí y por... la fe que me mantuvo de pie.

Ricardo tomó la mano de su esposa y la besó. La pequeña Ana Esther era la prueba palpable de que habían superado el caos, las amenazas y el miedo. Eran una familia, y su amor, nacido de la imprudencia, se había fortalecido en la adversidad.

—Bienvenida a la familia, pequeña jefa —murmuró Ricardo, sin soltar la mano de su esposa. Todo el dolor y el terror de su pasado ahora se sentían irrelevantes ante la inmensidad de esta nueva vida.

Nuestro {N.1}Donde viven las historias. Descúbrelo ahora