Capitulo 5

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Fue la decisión más difícil de mi vida. Me encantaba mi trabajo, me sentía tan bien en esa vorágine de números y organización, pero la vida, como siempre, tiene otros planes. Ricardo me había dejado claro mi lugar. Un desliz. Un secreto. Y yo no iba a ser la mujer que se aferraba a un hombre que dudaba de su paternidad.

Conduje hasta mi casa, sintiendo el vacío de la renuncia en el asiento del copiloto. Entré con mi caja, sintiéndome pequeña y agobiada, pero era un precio que estaba dispuesta a pagar. Todo pasaría. Tenía que ser fuerte por mi bebé.

Los días pasaron, y con ellos, las semanas y uno que otro mes. Ya tenía cinco meses de embarazo y se notaba mi chiquito creciendo dentro de mí. Una pequeña montañita de vida que era solo mía. No tenía un trabajo estable, pero llevaba la contabilidad de tres pequeñas empresas. Pagaban bien, y podía trabajar desde casa, sin tener que enfrentar a nadie.

Hoy, sin embargo, la necesidad era imperiosa. Un antojo brutal. Sentí la urgencia de ir por un helado. Preparé mi cartera y tomé las llaves del auto. Conduje hasta la plaza central. Me estacioné y caminé con lentitud, sintiendo el peso delicioso de mi barriga. Tenía un deseo por un mantecado de vainilla que me hacía la boca agua. Pedí el manjar y lo disfruté sentada en una de las mesas. ¡Qué delicia, mmm! El mundo se reducía a mí y a mi helado.

—¿Ana? —Escuché una voz detrás de mí. Una voz que reconocería en el fin del mundo.

Levanté la vista, sacando la cuchara de mi boca con una calma fingida.

—Señor Roberts, qué sorpresa.

—Estás más hermosa.

—Sí, la maternidad me está sentando bien —respondí con sequedad.

—Eso veo. ¿Puedo sentarme?

—Si quiere. Aunque veo que lleva prisa, quizás lo interrumpiría en su valioso trabajo.

Él ignoró mi sarcasmo y tomó asiento frente a mí.

—Solo ando buscando un regalo para mi madre. Mañana es su cumpleaños y tendremos una cena familiar.

—Qué bien —seguí comiendo mi helado, sin darle más importancia de la necesaria.

—¿Por qué cambiaste tu número?

—No quería ser molestada —contesté, alzando una ceja.

—Y también te mudaste.

Dejé la cuchara en el plato. La paz del helado se esfumó.

—¿Por qué le preocupa eso ahora?

—Porque te estuve buscando, Ana.

—No debería. No necesito su dinero como me lo hizo creer. Puedo con mi hijo. Además, ¿quién dice que es suyo? Me lo dejó bien claro en la cafetería.

Ricardo suspiró, frustrado.

—Ana, comprende, es extraño que, de buenas a primeras, aparezca una mujer diciendo que tiene un hijo mío. Un hombre que solo piensa en trabajo.

—Por eso mismo quise desaparecer —dije, sintiendo cómo la ira se asentaba en mi garganta—. Para que siguiera en su trabajo y no molestarlo con la prensa. Eso sería un escándalo.

—¡Por Dios, Ana! ¿Por qué actúas así?

—No soy de esas mujeres caza fortunas. Vengo de una familia adinerada, esos lujos no me llaman la atención. Aprendí a trabajar desde pequeña y a comprender el valor del esfuerzo. No vine a cobrarle.

—Déjame ayudarte con el bebé.

—¿Para qué cuando nazca le haga la prueba de paternidad? ¿A ver si es cierto para darle su apellido? Ya esas cosas me las sé, Señor Roberts.

—¡Joder, Ana! Permíteme estar contigo. Dame una oportunidad.

—¿Oportunidad para qué? ¿Pretende que formemos una familia? No quiero esa falsedad para mi chiquito. Él no tiene culpa de una noche de borracheras.

—Bien. Empecemos de cero, ¿qué dices?

—Lo voy a pensar —Me levanté abruptamente. Había terminado el helado y la conversación.

—Espera, déjame llevarte.

—Vine en mi auto.

—No puedes conducir así, ¿y si te pasa algo?

—¿Ahora está preocupado? Puedo conducir hasta los seis meses y medio. No se moleste.

—Ana, por el amor de Dios, baja tus defensas. Hablemos como personas civilizadas.

—Si quiere que hablemos como adultos, quedamos aquí mañana a las tres —asintió con la cabeza, resignado, y me retiré.

Subí a mi auto y me encaminé a casa. Mi deseo por el helado no fue como esperé, debí haberlo comprado para llevar. Al llegar, vi el auto de mi hermano. Randy me esperaba en la puerta.

—¿Dónde estabas, bolita de queso? —Río por el sobrenombre.

—Comprando helado. Le tengo amor a los mantecados.

—¿Y quién es el que te viene siguiendo? —Giró, y vi que era el imbécil de Ricardo, que aparcaba su coche.

—El padre del bebé —respondí, entrando a la casa.

—¿Ese es el idiota que te embarazó?

—Sí.

—¿Y qué quiere?

—Que le dé participación con el niño.

—¿Y entonces?

—No quiero. Quiero criarlo yo. Él no tiene por qué estar detrás de mí ahora; me dejó en claro que no cree que sea suyo.

—Pues, está en la puerta —dijo Randy, mirándome.

Escuché cómo tocaba la puerta y fui a abrir. La frustración me hervía.

—¿Por qué me seguiste?

—Quería ver dónde vas a cuidar a Nuestro hijo.

—¿Ahora es Nuestro?

—Escucha, Ana, quieras o no, soy el padre y tengo derecho a estar con él.

—¡Oh! Ahora tienes derecho. Ricardo, por favor, dejemos esto por la paz y vete.

—Ana, por favor, permíteme estar con ustedes. Es una oportunidad, solo una, y verás que no lo arruinaré.

Escuché a mi hermano detrás de mí.

—Dice que sí, que acepte las disculpas —intervino Randy.

—Bien, pero no quiero que pases el día metido en mi casa.

—De acuerdo. Quiero que vengas conmigo a la cena con mis padres.

—No.

—¡Ven, por favor! Así conoces a mis padres.

—No.

—Mujer, ¡qué terca eres!...

—Ella irá. Ven a buscarla mañana temprano —respondió Randy, a mi lado. Ricardo lo miró con confusión.

—Solo devuélvela temprano.

—¿Quién eres? —preguntó Ricardo.

—Soy su hermano —Estrecharon las manos, y pude notar cómo Ricardo se relajaba al verlo.

—Un placer, Ricardo.

—Randy. Solo espero que no metas la pata o, si no, te corto las pelotas —Ricardo rio, pero yo sabía que Randy hablaba en serio.

—Nos vemos mañana, entonces —Se despidió y subió a su auto.

—¡Esta me las vas a pagar! —amenacé a mi estúpido hermano.

—No te preocupes, hermanita. ¡Verás que no te vas a arrepentir!

Nuestro {N.1}Donde viven las historias. Descúbrelo ahora