Esta de pensar en darle otra oportunidad me tiene harta. El simple hecho de pensar en todo aquello y que, de buenas a primeras, todo paso así... con pañito tibio me altera el sistema nervioso; pero Randy tiene razón en algo: mi hijo no tiene la culpa de lo que hagan sus padres. Vamos a ver cómo nos va este fin de semana. Según Ricardo, ya faltan solo un par de minutos para llegar a la casa de sus padres. En otra situación, estaría histérica por conocer a los suegros, pero como no soy su novia, no me interesa. No seré descortés, porque al final del día, son los abuelos de mi bebé.
Al llegar a la mansión en la playa, me sentí instantáneamente más relajada. Estaba cansada de estar sentada; la espalda me dolía. Quería sentir la arena en mis pies y un poquito de aire fresco. Últimamente he estado muy estresada, y es que trabajar con tres jefes diferentes, incluso desde casa, no es nada sencillo. He pensado mucho la propuesta de Ricardo de volver a su empresa, pero sé que le puede traer problemas, ya que no estamos casados. Me lo pensaré bien, porque es la salud del bebé la que está en peligro. El doctor me lo dijo claro: nada de estrés o emociones fuertes.
Mientras él guardaba el coche en el garaje, me puse a pensar en todo y nada a la vez. Será bueno, me repito una y otra vez para darme ánimos. Cuando regresó, me ofreció su mano. Bajamos y, tomados de la mano, me guio hasta el interior.
Piso de madera oscura, muebles en piel crema, lámparas cristalizadas que reflejaban la luz de la costa. Tan parecida a la casa de mis padres.
—¡Llegué! —gritó Ricardo a la nada.
—¿Crees que tus padres estén aquí? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Iré a buscarlos —comentó y se retiró.
Me quedé admirando la casa cuando escuché una voz familiar.
—¿Ana?
Me giré y mi corazón dio un vuelco.
—¡Elizabeth! ¡Qué gusto verla! —Nos saludamos con un fuerte abrazo.
—¿Cómo estás, mi niña? ¿Y tus padres? ¿Vienen contigo?
—Todo bien, no. Ellos están en el viñedo.
Elizabeth me escrutó, y luego abrió los ojos.
—¡Estás embarazada!
—Un poco, sí —Nos reímos. Ella me abrazó de nuevo—. Vamos con Roger, estoy segura que querrá verte —Asentí, y caminamos al patio trasero.
¡Qué sorpresa! Roger y Elizabeth Roberts eran los socios comerciales de mis padres y amigos de la familia.
—Roger, querido, ven a ver quién nos visita —Él, al escuchar a su mujer, dejó lo que hacía para acercarse.
—Anita, mi niña, ¡cuánto tiempo!
—Sí, bastante.
—Y hasta con regalito vienes. ¡Felicidades por tu embarazo!
—Gracias —Sonreí. Ellos eran tan gentiles, tan nuestra gente.
—¿Qué te trae por acá? ¿Tus padres vinieron?
—No, señor. Vine por el cumpleaños de Elizabeth.
—¡Qué maravilla! —comentó ella—. ¡Qué felicidad! Mi hijo viene de camino, seguro ya debe estar en la casa.
Y, como por arte de magia, apareció el afortunado, mi jefe.
—Ya conocieron a Ana —dijo Ricardo, confundido.
—Desde que tiene pañales, hijo —habló su padre.
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Nuestro {N.1}
Nouvelles1er libro de la Saga Conflictos Familiares. Ellos no se gustaban, ni siquiera se miraban, pero una mala jugada del destino, los unirá!!
