Capitulo 11

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—¡Despierta! —Escuché como un trueno y, de inmediato, un dolor lacerante en la mejilla me hizo gemir.

—Dale más fuerte, a ver si te responde —dijo otra voz, más ronca, y un segundo golpe me azotó la cara.

Abrí los ojos a la fuerza, la visión borrosa. Vi dos siluetas brutales, dos hombres fornidos que me observaban desde la penumbra. Estaba atada de manos a un colchón sucio en un cuartucho frío.

—Qué bueno que despiertas. Pronto nos traerán el dinero, y espero que le digas a tu lindo amorcito lo bien que te tratamos.

La rabia me dio un último chute de adrenalina. Eran unos monstruos.

—¡Son unos cerdos! —les escupí en la cara al que estaba más cerca.

El tipo se limpió el rostro, con una expresión de odio puro, y me golpeó con una ferocidad que me hizo ver estrellas. El mundo se apagó de nuevo.

***

Un dolor ardiente me arrancó de la inconsciencia. Un dolor doble: en la cabeza por el golpe, y en la parte baja de mi vientre. Era una punzada intensa, rítmica, que me hizo jadear.

Traté de levantarme, o al menos de abrir los ojos, y tardé una eternidad. Mi cuerpo se sentía como plomo. ¿Dónde diablos estaba? No recordaba nada más allá del golpe. Reuní todas las fuerzas que pude y me senté sobre el colchón mugriento. El dolor en mi panza se hizo más fuerte, tirante. No, no puede ser...

Los dolores se estaban volviendo frecuentes. Había leído sobre esto. Eran las contracciones. El bebé venía en camino.

—¡No, no puedes nacer aquí! —susurré, sintiendo un terror helado.

Tenía que salir. Busqué desesperadamente mi bolso o algo que pudiera servirme. En la pequeña y húmeda habitación solo estaba el colchón y un bombillo que daba una luz débil y amarillenta. Me levanté como pude, aferrándome a la pared.

La puerta no tenía seguro. Estaba abierta. Al asomarme, vi un inmenso pasillo oscuro, lleno de cajas y escombros.

Con las pocas fuerzas que me quedaban, avancé por el pasillo, agarrando mi vientre con desesperación. Cada contracción me quitaba el aliento y la poca fuerza que tenía. Necesitaba salir lo más rápido posible.

Escuché unos pasos que se aproximaban. Me escondí temblando detrás de una pila de archivos polvorientos. Pasaron dos hombres, charlando. Seguramente venían a ver si ya había despertado. Cuando entraron al cuartucho, salí corriendo en la dirección opuesta. Estaba todo demasiado oscuro, casi ciego.

Al final del pasillo, divisé una pequeña luz. Me acerqué, era una puerta entreabierta. Intenté acelerar el paso, el dolor era insoportable, y escuché unas voces a mis espaldas:

—¡Se ha escapado! ¡Encuéntrenla!

Ya venían por mí. "Señor, ayúdame a salir", le rogué, mientras mis pies se arrastraban por el suelo. Llegué a la puerta. Era la salida.

Entré en una especie de cobertizo o almacén. Cuando pude respirar mejor, sentí un chorro cálido bajando por mis piernas. ¡Había roto fuente!

—¡No, bebé, ahora no! —grité en mi mente. Tenía que llamar a Ricardo.

Miré por una ventana sucia. Vi a unos hombres caminar hacia el cobertizo, sus linternas cortando la oscuridad. El pánico me hizo buscar otra salida.

—Debe estar por aquí —dijo uno.

—Sí, mira —comentó el otro—. Ya rompió fuente. No le falta tanto para parir.

—Beatriz no nos habló de esto... —dijo el primero. Beatriz.

—¿Aún no ha regresado?

—Debe estar de camino. Le damos quince minutos, y si no regresa, matamos a la muchacha —Justo entonces, un sonido lejano, pero inconfundible, se acercó: sirenas de policía.

—¡Vámonos, ahí viene la policía!

—¡Joder! —salieron corriendo.

Era mi momento. Corrí hacia la puerta principal donde las sirenas sonaban más fuertes. Sabía que Ricardo estaba cerca. Estaba buscándome. El dolor se hizo insoportable, la contracción me doblegó. Caí de rodillas.

—Bebé, por favor, ya vamos con papi —Logré levantarme. Caminé como pude. A lo lejos, a la luz de las sirenas, vi a Ricardo con unos cuantos policías. Él me divisó y empezó a correr hacia mí.

Caminé más rápido, estirando la mano, y de repente, escuché un "¡Noooo!" desgarrador que salió de su boca. Sentí un ardor punzante en el hombro izquierdo, y otro, aún más agudo, en la pierna. Caí. La oscuridad me envolvió de nuevo, esta vez con el eco de un disparo.

Nuestro {N.1}Donde viven las historias. Descúbrelo ahora